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Delfina Entrecanales: «Si alguien no me gusta, no me gusta y punto»

Delfina Entrecanales / La «reina madre» del arte joven

Hija del fundador de Acciona, esta octogenaria es una auténtica mecenas. Descubridora de una generación de creadores, se trata de una de las mujeres más influyentes en el mundo del arte británico

  • Delfina Entrecanales, la «reina madre» del arte joven
    Delfina Entrecanales, la «reina madre» del arte joven / David Packard
Carmen Duerto - Bilbao. 

Tiempo de lectura 8 min.

01 de mayo de 2016. 05:13h

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Carmen Duerto - Bilbao.  30/4/2016

«Mi padre era vasco, yo también y además, soy Aries. Definitivamente mi carácter es muy Aries». Dicen de ellos que son de prontos fuertes, pero con un enorme corazón. De Delfina Entrecanales, sus amigos destacan el carácter, la generosidad y su altruismo. Gracias a la filantropía, que lleva a cabo con la Fundación Delfina, ha sido condecorada dos veces por la Familia Real inglesa. Es, además, Comandante del Imperio británico gracias a Su Graciosa Majestad, pero Delfina, por familia, ya tiene su propio «imperio», el de Acciona. Sin embargo, está tan educada en la austeridad que como vaya a su fundación y la encuentre sucia, se pone a fregar: «Friego muchísimo. Me pone mala entrar en la cocina y verla toda sucia; ellos me ven fregando porque son muy dejados. Mi padre siempre me decía ‘‘tienes que ser buena y limpia”». Su padre era el ingeniero vasco José Entrecanales, creador del imperio de infraestructuras puntero en el mundo y ella es su primogénita. Delfina tiene un año menos que Isabel II y reina en el mundo del arte con soltura, pero ni se prodiga en entrevistas, que escasamente concede, ni va «a cosas sociales porque me dan horror. Conozco a todo el mundo, pero no voy». Habla poco, es austera y ejerce el mecenazgo de artistas sin pedir nada a cambio. Se casó dos veces: con su primer marido tuvo cuatro hijos; y, al segundo, Delfina le sacaba veinticinco años. Algunos no daban un duro por esa relación aunque estuvieron juntos 30 años.

- «La abuela»

A sus 89, la filántropa prepara un viaje a Turquía y le complace ser «la abuela» de varios centenares de artistas. Delfina no es comparable ni a Tita Thyssen porque no colecciona, ni a Peggy Gugemheim, porque no es excéntrica. Hoy está en Bilbao ya que anoche le dieron el Alfiler de Oro de la asociación bilbaína Mujer siglo XXI, una distinción que también recibieron Margarita Salas y Rosalía Mera y que para Delfina es la primera que recibe en suelo español.

–¿Delfina, sus arranques de genio, los expresa en español o en inglés?

–Ahora ya en inglés, más que en español. He vivido más tiempo en Inglaterra que aquí. Mi padre me envió con 19 años a Oxford para aprender inglés y yo dije que ya no volvía. El pobre se quedó descompuesto y me venía a ver todo el tiempo. Yo era la mayor y la que me peleaba constantemente con él, que era lo que le divertía. Cuando me fui, ya no se peleaba con nadie.

–¿Qué le queda de sus orígenes?

–La naturalidad y el pronto son españoles. Mi padre era un hombre muy fuerte y yo lo he heredado. Me imprimió carácter.

–Habría sido una gran presidenta de Acciona...

–Sí –se ríe–. De los cinco que somos la más parecida a mi padre era yo. No echo de menos no haberlo sido porque no era tan hacha. Hacía lo que podía, aunque los chicos estaban mejor y más preparados que yo.

–Sin embargo, en las familias vascas las que mandan son las mujeres, que ejercen el matriarcado, ¿no?

–Si, yo siempre he mandado, pero en mi familia mandaba el abuelo, que es mucho más. En su casa vivían tres mujeres, mi abuela y dos tías. Yo no sentí que por ser mujer me apartasen. Además, me daba lo mismo. Mi camino era otro, me hicieron un favor.

–Empezó tutelando músicos y ahora es mecenas de pintores, ¿verdad?

–Yo tenía una finca y a un íntimo amigo músico se le derrumbó la casa. Le ofrecí alojo en una de las casitas de la finca. Allí conocí a Pink Floyd o Richard Branson porque trabajaban con mi amigo y comíamos todos juntos. Era divertidísimo. Me hubiera gustado apoyar a músicos, pero en aquella época era carísimo, por eso elegí pintores, sino hubiera ayudado a músicos. Estaba muy acostumbrada a los «taraos» he tenido tantos tarados siempre... y los artistas también lo están. Robert Ward de Soft Machine también pasaba mucho tiempo en mi casa del campo. Somos muy amigos.

–¿Y cómo llega su filantropía por el arte, usted pinta?

–De los músicos me pasé a los artistas que era mucho más fácil y menos caro. Cogí un piso de un indio que hacía vaqueros y lo llené de artistas, al quedarse pequeño, quise comprar el edificio pero no me lo vendían, así que compré uno que era una fábrica de chocolate. Allí tenemos 10 habitaciones y espacios de creación, por donde han pasado Txomin Badiola, Darío Urzay, Tacita Dean, Mark Wallinger e Ismael Iglesias, entre otros.

–¿Por qué lo hizo?

–Nunca he tenido cuadros, ni nada. La gente creía que lo hacía para que me regalaran uno, pero no colecciono nada. Lo he hecho porque me divertía mucho. Son interesantísimos. He tenido una vida plena; hemos apoyado a más de 500 artistas y ahora mi fundación sigue ayudando. Espero que uno de mis nietos continúe mi trabajo.

–Sin embargo, en su casa no tiene cuadros modernos...

–Tengo unos heredados de mi padre de Sorolla, de Pla y Berruguete, pero ninguno de arte moderno.

–¿Le hacen mucho la pelota?

–Sí, muchísimo, pero no estoy dispuesta. Ya puede ser importantísima la persona, que me da lo mismo. Si alguien no me gusta, no me gusta y punto. Yo he hecho lo que me ha dado la gana toda mi vida y a veces pagas por ello. El dinero me ha dado la libertad, pero sin él también habría sido así.

–Lo primero que hizo por los artistas fue darles de comer; eso es muy vasco.

–Sí, porque no quería que se me murieran de hambre y por una libra podían comer bien. Era una especie de restaurante. Estaba obsesionada porque comieran y escuchaba sus problemas. He sido como una madre.

–¿Qué aficiones tiene?

–Leo mucho. Y desde hace veinte años, soy de misa diaria porque me hace falta. Me da una paz interior fantástica. También ando bastante y voy a la fundación a ver a los artistas. Siempre estoy rodeada de ellos, pero nunca he tocado nada, ni he pintado. Robert Ward, mi amigo músico, me hizo un disco «The Manor», que era donde yo vivía.

–¿Sigue la política española?

–Sí y espero que se arregle. Todos los días leo un periódico español, el «Financial Times», «Le Monde» y el «Herald Tribune», y lo hago en papel. Yo de ordenadores no sé, sólo tengo un móvil para hablar y nada más.

–¿Dónde vota, en España o en Inglaterra?

–Yo no voto. Me interesa la política y sigo con interés la de aquí y la de allí, la inglesa y la española, pero no voto. Creo que al final todo se arregla.

–¿Cómo fue ese segundo marido con el que se llevaba 25 años?

–Eso da lo mismo porque todos los artistas son mucho más jóvenes que yo y no noto la diferencia. Soy mucho más moderna que muchos de cuarenta. A mi edad, en general, son aburridisimos. Los jóvenes me dan vida. Viví treinta años con mi segundo marido, no se notaba la diferencia de edad. Supongo que muchas mujeres me envidiarían. Tengo mucho éxito con los hombres los entiendo muy bien. Mi vida entera es una excentricidad. Soy demasiado impulsiva, hay veces que soy muy dura y no voy a cambiar ahora a mis 89 años.

–La veo tan discreta que me sorprende ¿nunca le han gustado, por ejemplo, las joyas?

–Sí, me gustan, tengo algunas cosas, pero todo lo empleo en mis artistas y en mi familia, que es muy grande. Soy muy matriarca, influyo mucho en todos. Mi nieto mayor tiene treinta años y conmigo vive uno que tiene veintiseis. Todos vienen con sus novias y sus amigos, con ellos tengo mucha vinculación.

–¿Qué planes tiene?

–¿A mi edad? Tengo claro que quiero viajar a Estambul y a donde he decidido que ya no vuelvo más es a Dubai. No me gustó en absoluto.

Delfina Entrecanales: «Si alguien no me gusta, no me gusta y punto»
«¿Ya está aquí otra vez?»

La familia real británica organiza cosas pero yo no voy. Ellos me han dado dos medallas, una la del príncipe Charles y otra la reina que me nombró Comandante del Imperio Británico, pero como no estaba el día que me la tenían que dar, cuando me vio el príncipe Charles me dijo «¿ya está usted aquí otra vez?. Pues sí, lo siento, aquí estoy otra vez, le respondí. Sí, si ya la he visto». Ha recibido la Orden del Imperio Británico, CBE en 2012 y la medalla del príncipe de Wales a la filantropía en las Artes en 2013. Y afirma que «la reina y yo no somos ni parecidas aunque nos llevemos un año de diferencia». El Alfiler de Oro es una distinción que le dan 120 mujeres bilbaínas y gracias a la gestión de Gustavo Egusquiza, ha sido posible que haya sido reconocida en su tierra.

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