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Del respeto a las víctimas

Maite Pagazaurtundúa. 

Tiempo de lectura 4 min.

20 de marzo de 2017. 22:27h

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Maite Pagazaurtundúa.  20/3/2017

El lobista oficial de ETA, Arnaldo Otegi dio una rueda de prensa con una «primera declaración de urgencia» sobre la información publicada por «Le Monde» y que ha abierto todas las portadas de la Prensa nacional. Ni hay comunicado de ETA, porque de lo que se trata es de generar un estado de frenesí detectivesco en la opinión pública para manipular a los periodistas y a los políticos.

La obligación de los Estados español y francés es no tolerar un carnaval, romería o gymkana manejada por y para los intereses de ETA. La obligación de nuestro Gobierno es no tolerar lo que interesa tanto al Gobierno vasco por otros motivos. Cuando Arnaldo Otegi exige a España y Francia que no pongan obstáculos, está diciendo que no eviten la gran campaña de sugestión y manipulación colectiva. Y si pide esto es porque los Estados pueden evitarlo, si lo desean.

Cuando Urkullu avisa con antelación a Mariano Rajoy de la bola, le está diciendo que no evite la operación mediática, porque los Estados pueden evitarla. Le está pidiendo que se haga el despistado, justo en lo que el presidente, para bien –incluso– o para mal, es un virtuoso.

Urkullu actúa como el mal director de un colegio donde ha habido un brutal acoso escolar por parte de un numerosísimo número de alumnos que pertenecen a familias muy influyentes en el entorno social. Es como si profesores y padres hubieran tolerado hechos terribles contra un puñado de alumnos desfavorecidos y una vez descubierta la situación, apoyaran a los acosadores en su brutalidad, indicando que los acosadores son menores y tienen derecho a rehacer su vida. Para ello, claro, es preciso obligar a la víctima a aceptar las migajas de reparación pactada con los agresores y autoridades escolares negligentes y con un imperativo claro: que las víctimas dejen de provocar incomodidad en el ambiente. El objetivo de Urkullu es pasar página y difuminar los trazos más crueles de la situación histórica real.

Los Estados deben cumplir y hacer cumplir la Ley y hacer frente a campañas de sugestión colectiva tan evidentes como ésta. Sólo habría algo peor que permitir el juego político de los nacionalistas que busca beneficios, más allá de la legalidad vigente, retorciendo las interpretaciones y exigencias de las normas para los presos de ETA que cumplen condena.

Lo peor sería retorcer las normas y hacerlo con palabras llenas de falso humanitarismo y de sensiblería, que no de sensibilidad. Hacer tragar cualquier dosis de impunidad añadida reventaría los estómagos de muchas víctimas del terrorismo. En una sociedad invadida por las redes sociales muy fácilmente podría volver a estigmatizarse a las víctimas que clamasen verdad y desenmascarasen las mentiras. El alcalde de Bilbao ya se ha atrevido a afear la conducta a COVITE por colocar unas placas que reconocen los asesinatos donde él mismo ha incumplido su palabra, pero no pasa nada con los recibimientos a los asesinos como héroes.

De microviolencia moral pueden hablar los disidentes al nacionalismo hegemónico en el País Vasco y Navarra. O los que no se dejaron doblegar durante los cambalaches con ETA.

El viernes enterramos a Fernando Altuna, hijo de Basilio Altuna, asesinado por ETA y uno de los casos de impunidad más vergonzosa de cuantos han ocurrido. Uno más de un cuarenta por ciento de los asesinatos impunes. Pues bien, esta operación mediática no va de dar justicia, y quien lo diga, más allá del voluntarismo de la primera reacción, miente y es un miserable. No lo olviden. Nunca más debe sufrir una víctima otra campaña intensiva de buenas palabras y malas intenciones.

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