Ciencia

La Tierra construyó su propio reactor nuclear antes de que existiera el ser humano, y es un cambio muy importante

La propia naturaleza fue capaz de activar diversos reactores nucleares en Gabón hace dos mil millones de años. Asimismo, aquel insólito fenómeno geológico, que regulaba la fisión mediante agua subterránea, resulta hoy imposible de repetir por el empobrecimiento del uranio

Errol Musk en el podcast Wide Awake
Imagen de archivo de una central nuclear

Mucho antes de que la humanidad siquiera soñara con dominar el átomo o construir infraestructuras complejas, el planeta ya había puesto en marcha su propia maquinaria energética. Resulta fascinante pensar que, hace dos mil millones de años en el actual Gabón, la Tierra operaba sus propios reactores nucleares de forma totalmente autónoma. Fue una lección de ingeniería geológica que ocurrió sin salas de control, sin personal cualificado y mucho antes de nuestra existencia. Estos fenómenos sucedieron en una etapa geológica crucial donde la corteza terrestre aún evolucionaba, un proceso complejo sobre el que ahora se plantea si el verdadero origen de los continentes podría estar vinculado a impactos externos en nuestra galaxia.

No obstante, este asombroso secreto permaneció oculto bajo la superficie hasta tiempos muy recientes. Fue concretamente en 1972 cuando unos análisis rutinarios de laboratorio hicieron saltar todas las alarmas al detectar algo imposible en una muestra de mineral. Los expertos se toparon con unas anomalías que desafiaban la lógica científica del momento, revelando evidencias claras de una actividad física que nadie esperaba encontrar en la naturaleza salvaje. Este tipo de hallazgos imprevistos sobre la radiación no son exclusivos del pasado remoto, ya que incluso hoy encuentran un avispero radiactivo en una central nuclear que demuestra cómo la naturaleza interactúa con materiales fisibles de formas sorprendentes.

En este sentido, la prueba irrefutable residía en la composición isotópica del material analizado en aquel momento. Mientras que la corteza terrestre mantiene una concentración extraordinariamente estable de uranio-235 del 0,720%, las muestras extraídas del yacimiento de Oklo apenas llegaban al 0,717%. Esta pequeña discrepancia numérica confirmaba, sin lugar a dudas, que parte del combustible nuclear ya se había consumido en una reacción en cadena ocurrida en un pasado remotísimo.

Por otra parte, para que se produjera este milagro de la física, tuvieron que alinearse factores extraordinarios en aquel periodo geológico. Tal como detalla el medio Newatlas al repasar este fenómeno, el uranio natural de aquella época era mucho más rico que el actual, conteniendo cerca de un 3% de uranio-235. Se trata de una proporción muy similar a la que emplean los reactores modernos enriquecidos artificialmente por nuestros ingenieros para asegurar su eficiencia energética. Además de estas diferencias químicas en el combustible, el planeta entero se comportaba de manera distinta, hasta el punto de que en aquella era remota un año no duraba 365 días debido a la diferente velocidad de rotación terrestre.

Un mecanismo cíclico de alta precisión

A su vez, el agua subterránea desempeñó un papel protagonista e indispensable en este escenario prehistórico. El líquido actuaba como un moderador natural de neutrones al filtrarse entre las rocas, evitando que las partículas se movieran a una velocidad excesiva. Sin la presencia de este elemento acuoso, la fisión no habría podido sostenerse y el proceso se habría extinguido casi al instante de comenzar por falta de reacciones continuas.

De igual forma, el sistema operaba mediante pulsos térmicos que se autorregulaban con una exactitud que hoy nos parece pasmosa. El inmenso calor generado por la fisión evaporaba el agua, lo que detenía la reacción temporalmente; al enfriarse el yacimiento, el fluido volvía a inundar las cavidades y el reactor se reiniciaba espontáneamente una y otra vez. Este ciclo de encendido y apagado se mantuvo activo durante cientos de miles de años.

Finalmente, aunque las investigaciones modernas han logrado identificar hasta quince zonas con estas características en la misma región africana, estamos ante un fenómeno irrepetible. La proporción actual de isótopos fisibles ha descendido por debajo del nivel crítico con el paso de los eones, por lo que la Tierra ha perdido para siempre su capacidad de encender centrales de manera involuntaria.