¡Tú verás!

Por aquí vas a leer y escuchar tanto lo que te gusta leer y escuchar, como lo que no. Tengo tendencia a decir lo que pienso y cada vez me cuesta más trabajo lo contrario. Lo mío, en estas líneas e imágenes, son pura opinión, de esa de la que todos tenemos una. Por eso, vas a leerme y escucharme sobre política, sobre ideas, sobre lo que pasa o sobre lo que puede o no llegar a pasar. Lo mismo, hasta coincidimos en algo.

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El verdadero camino del process

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Sobre el autor

Sergio López Vaquero

Soy Secretario de Estrategia Electoral del PP de Madrid, político en la oposición –por el momento- y presidente del PP de Fuenlabrada. Hablo muy claro y camino muy firme.

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Si a estas alturas de Democracia estamos hablando de la importancia de la unidad de este país; de lo necesario que es defender a quienes se esfuerzan por mantenerlo unido; de cómo un grupo de políticos obtusos utiliza la palabra independencia en beneficio propio para no ser fulminado de las instituciones; de todo un Estado (español) pendiente de que mi querida España no se rompa por un lado, si a estas alturas de Democracia, digo, estamos hablando de esto, es que poco hemos aprendido.

Yo, que he crecido con la máxima de que la unidad de España no se cuestiona y que las diferencias son parte de nuestra riqueza como país, veo un absurdo que no se entienda la gravedad de lo que está ocurriendo. De cómo esa declaración unilateral de independencia que amenaza Puigdemont el próximo 2 de octubre y que lleva fraguando desde que a Jordi Pujol y clan se les pilló con las manos manchadas del tres per cent –causalidad-, es, además de imposible, utópica, absurda, denostada, fuera de lugar y cansina, un delito tipificado y descrito en nuestra Constitución Española. Y aún así, los creadores del adoctrinamiento catalanista comenzado en las escuelas, impulsores de esos España nos roba, España es ajena, Cataluña no es España, España no nos quiere, que se consideran oprimidos por España pero viven de los sueldos que les pagamos todos los españoles gracias a la leyes que nos hemos dado, pretenden que hagamos pasar por libertad de expresión sus actos como delincuentes y nos quedemos quietos ante el intento vano de destruir un proyecto común. Se entiende que eso es imposible y de ahí que el Gobierno de España haya dicho hasta aquí y haya recurrido al Poder Judicial en nombre de todo un país.

A los de mi generación, a los nacidos en los 80, treinteañeros criados y crecidos a los pechos de la Democracia y la libertad, este quilombo nos revienta las tripas. Pienso en aquel amago de secesión de Ibarretxe en 2004 y me da la risa comparado con la violencia ilegal de Carles Puigdemont (PdCat), Oriol Junqueras (Esquerra Republicana), Carme Forcadell (Esquerra Republicana) y Ana Gabriel (Cup) de hoy. Violencia, sí. Porque están atacando el Estado de Derecho de todos los españoles, porque han inoculado en mucha gente el odio al que se siente también español, porque empujan para acabar con lo mejor que tenemos.

Y si ir contra la Ley, dar un golpe de Estado en el Parlament, permitir la quema de la Constitución en directo por TV3 o acosar a los cargos públicos opuestos al referéndum es motivo de prisión, aún más lo es el tratar de acabar con nuestra forma de vida basada en la seguridad, en la ley y en la convivencia, el tratar de cargarse el Estado del bienestar y el ir en contra de lo que nos permite ser españoles libres con todas nuestras peculiaridades. Al igual que Tejero y sus secuaces fueron juzgados, condenados y cumplieron penas, Puigdemont y los suyos también deberían seguir el mismo camino. Ese, la cárcel, es el que para mí debería ser el final del process.

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