sábado, 18 abril 2015
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La disputa entre Fran y Eugenia altera los planes de la Duquesa por Jesús Mariñas

  • Este verano no viajará a Marbella, por lo que se rompe una tradición

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La esperaban en Marbella, pero parece que este año romperá lo que para ella era ya una tradición. San Sebastián ha marcado su andadura veraniega. No desaprovechó una semanita costasoleña para concluir en Ibiza, aunque ya no baja a la Cala Salada, zona que reemplazó por Talabasa Beach, donde hace años la retrataron desnuda, un material inédito que «¡Hola!» guarda en sus archivos. Son como reliquias de tiempos mejores cuando todo permanecía en su sitio y no llegaba a las rodillas. Marbella pierde por lo tanto a uno de sus personajes emblemáticos, que en estos días no anda de humor con lo insólito de Francisco Rivera reclamando a Eugenia la custodia de su hija Cayetanita. Un lío inexplicable donde todos azuzan y aportan hasta descrédito; el torero era el ojito derecho de su suegra, que no se perdía ninguna de sus corridas que ya no hacen historia. Me dice, dolorida, que no entiende razones para tamaña reclamación. No admite disculpas. No le valen ni la querencia bética de su nieta más jaleada, la misma que, tras un año interna en Londres, juró no volver allá y le lloró a su padre, incordió a su madre y es responsable de esta nueva trifulca doméstica que bien puede evocar a los tercios de Flandes. Los tribunales resolverán tras oír la decisión de la niña, que ya tiene trece años y capacidad de elección. ¿Podrá ocuparse Francisco –Fran para quienes le vimos nacer y no crecer demasiado– siempre tras el toro o sus habituales corridas que ya no generan pasiones?

Ardua y espinosa cuestión a dirimir judicialmente en la que Francisco se arriesga a perder el favor de una Duquesa que se considera traicionada donde más le duele. Eugenia es la niña de sus ojos y durante muchos años ha sido familiarmente conocida como «la ratona». Me aseguran que Alfonso Díez no quiere intervenir en esta riña que aleja afectos, que la niña –futura condesa de Montoro– añora sus amistades sevillanas, la juerga, el palmoteo y hasta el patio palaciego donde madura el limonero. Alfonso ve venir esta nueva tormenta y, aunque esté curado de espantos, anda desorientado sin saber con qué carta quedarse, qué partido tomar y cómo salir del trance que produce tanta pena a su siempre animosa cónyuge. Cayetanita insiste en recuperar la Sevilla donde nació y que constantemente la jalea por ser «vos quien sois».
 

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