martes, 25 abril 2017
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«Brave»: La fierecilla indomable

  • Directores: Mark Andrews y Brenda Chapman.  Voces: Kelly Macdonald, Billy Connolly, Emma Thompson, Julie Walters.  EE UU, 2012. Duración: 100 minutos. Animación.

Que la gran novedad del decimotercer largometraje de la Pixar sea haberse decidido (¡por fin!) por una protagonista femenina, que además prefiere su libertad al matrimonio de conveniencia, debería hacernos replantear qué esperamos de la animación actual en cuestión de género. Es cierto que la princesa Mérida de «Brave» está bastante lejos de las heroínas clásicas de la Disney, cuyo único objetivo era derretirse en brazos de su príncipe azul, pero la película nunca llega a trascender el arquetipo de los cuentos clásicos, dado que lo confina en los dominios de un universo –el de la fábula mágica– que no le permite explorar su ansia de aventuras. Es una historia feminista, pero menos: habrá que seguir admirando al Miyazaki de «Nicky, la aprendiz de bruja» y «La princesa Mononoke», incluso al de «Ponyo y el acantilado», para hablar de la existencia de un feminismo animado.

No es un problema grave, porque «Brave» es, con o sin lecturas de género en su subtexto, una película absolutamente deliciosa. Poco más hay que pedir en el apartado visual: la hierba brilla como una esmeralda recién pulida, el diseño de personajes es precioso –empezando por la princesa, con su cabello incendiado y su alergia a los miriñaques, y acabando por la reina madre convertida en un oso que reproduce milagrosamente sus gestos humanos– y los secundarios son de oro puro –¡esos trillizos canallas!, ¡esa bruja que vive entre menhires!–.

El punto fuerte de este cuento medieval escocés es la exploración de las relaciones maternofiliales. Es la originalidad que aporta la Pixar a la supuesta disneyficación de su última producción (pregunta retórica: ¿qué hay de malo en que «Brave» nos recuerde a la Disney? ¿Hay quien pueda toser a clásicos incontestables como son «Blancanieves» o «Pinocho»?): Examinar el mo-do en que una madre y una hija parecen condenadas a entender el deseo de control y disciplina de la primera y el anhelo desesperado de desafiar los lazos de sangre de la segunda.

 

Todo comenzó con ellas
La animación en el cine tiene nombre propio: Walt Disney. Y, aunque el primer gran personaje de ficción fue Mickey Mouse, el primer gran largometraje de la historia de dibujos animados en lengua inglesa fue «Blancanieves y los siete enanitos» (para el que se invirtió un millón y medio de dólares de los años treinta y que recogió en taquilla casi ocho: un hito). En esta ocasión, el filme fue capitalizado por la presencia de Blancanieves y la madrastra –cuyo dibujo todavía representa una cumbre de la animación–, las dos mujeres que protagonizaban la película (los enanitos eran el contrapunto humorístico de la trama, y del príncipe, para qué hablar). Desde entonces, finales de los treinta, la presencia de chicas ha sido recurrente en los filmes de animación. Sólo en el caso de la factoría Disney hay que mencionar por ejemplo «Cenicienta»  –que cuenta con varias chicas en sus papeles principales–, «Alicia en el país de las maravillas» –que fue criticada por edulcorar la obra original– y  «La bella durmiente». En una época más reciente, hay que subrayar historias de gran éxito como «La sirenita», «La Bella y la Bestia» o «Pocahontas».


 

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