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El precio de la alianza con Putin en la guerra siria

Análisis

Sumida en un creciente autoritarismo, Turquía no ha cicatrizado las heridas de la intentonta golpista ni su papel en el avispero sirio

  • Recep Tayyip Erdogan en su último encuentro con el presidente ruso, Vladimir Putin, con el que ha forjado una alianza en el tablero sirio
    Recep Tayyip Erdogan en su último encuentro con el presidente ruso, Vladimir Putin, con el que ha forjado una alianza en el tablero sirio / Ap

Tiempo de lectura 4 min.

02 de enero de 2017. 03:18h

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Manuel Coma 2/1/2017

Todo son turbulencias en el interior y los alrededores de Turquía. El presidente Erdogan está pretendiendo cerrar en falso le herida del intento de golpe de estado militar de julio, atribuyéndoselo íntegro, como con muy dudosas pruebas hizo desde la hora cero, al otrora poderoso grupo religioso-político gulenista, ahora en vías de trituración político-judicial y antiguamente aliado preferente en el ascenso del partido de Erdogan, el AKP. Una puja más en la consolidación de su ya bien establecido autoritarismo.

El país ha sufrido más de 300 asesinatos terroristas en docenas de atentados en 2016, por obra del Estado Islámico –que anteriormente Ankara había más o menos tolerado por ser musulmanes suníes– y de independentistas kurdos, que Erdogan había casi llegado a pacificar, pero con los que finalmente rompió por conveniencias electorales, realumbrando un feroz conflicto con las Fuerzas de Seguridad, que desde julio del 2015 ha costado unas 2.500 vidas por ambas partes, tanto de combatientes como de civiles. Así pues, el atentado del fin de año en una discoteca de Estambul no es más que otro chorro de sangre en un enorme charco.

En el exterior, las cosas no son mucho más tranquilizadoras. Siria es, por supuesto, el epicentro de todas las conmociones. La política de cero problemas con los vecinos, el ideal exterior en los orígenes del poder del presidente, a comienzos del milenio, hace tiempo que fue pulverizada. Cuando se inició la desastrosa Primavera Árabe estaba en marcha un idilio con Bachar al Asad de Siria, que no sobrevivió a las primeras represiones de Damasco contra la mayoría suní que protestaba por la dureza con la que el régimen los sometía. Turquía, como todos los patrocinadores de las numerosas facciones en liza, ha pasado por diversas fases ante el conflicto. Su opción favorita, un área protegida, de exclusión aérea, en el lado sirio de la frontera, donde se pudiera ofrecer refugio seguro a los millones que abandonaban sus casas, nunca pudo materializarse, entre otros motivos porque Obama siempre ha querido abordar la guerra de perfil, con la mínima implicación posible. Por otro lado, la prioridad de Ankara ha sido siempre la cuestión kurda. Los de Siria son sólo entre 1,6 y 2,5 millones, concentrados en el ángulo noreste del país, colindando con sus hermanos de Turquía y de Irak, y en otros puntos a lo largo de la frontera turca. Su principal organización política es demasiado afín al terrorista PKK. Esta minoría ha proporcionado los mejores combatientes contra el régimen de Damasco y los mejores aliados de los americanos, que han tenido que hacer encajes de bolillos para apoyarlos, moderadamente, sin romper con Turquía. Los kurdos sirios se han encontrado con la posibilidad y la tentación de unir sus enclaves aislados a lo largo de la frontera, lo que saca de quicio a sus vecinos del norte que no sean parientes étnicos.

Recientemente, Erdogan ha dicho que el país pasaba por las circunstancias más difíciles desde la creación de la república. No le falta razón, y desde el punto de vista interior es su culpa, pero lo que estaba tratando es de crear expectativas de aprovechar el caos sirio para expandir las fronteras más allá de los límites que se impusieron tras la II Guerra Mundial. En agosto lanzó la «operación Escudo del Éufrates» para tratar de cortar el proyecto kurdo a lo largo de la frontera, en la pequeña localidad Al Bab, al noreste de Alepo. No le ha muy bien y denuncia la falta de ayuda occidental y, sobre todo, americana. En parte se trata de justificar un amago de inversión de alianzas que constituye el rebufo de iniciativas fallidas de Erdogan.

Después de una exhibición de musculatura derribando un avión ruso que violaba su espacio aéreo desde Siria, se ha visto obligado a entenderse con Rusia, el enemigo tradicional desde tiempos otomanos. Un golpe de mala suerte ha sido el asesinato del embajador ruso, lo que ha debilitados todavía más la posición turca ante Moscú. Putin lo ha aprovechado para ampliar con Turquía el duunvirato ruso-iraní, que ha fraguado un nuevo alto el fuego, inmediatamente violado por las fuerzas del régimen y tan poco creíble como todos los anteriores.

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