Siria

«Somos humanos. Sólo queremos una vida mejor»

Refugiados esperan en las estaciones de tren de Budapest
Refugiados esperan en las estaciones de tren de Budapestlarazon

Sentado en la plaza de la estación central de tren de Budapest ante una hilera policial que custodia la entrada, Kameran A., de tan sólo 16 años, anhela poder cerrar de una vez por todas el capítulo de una guerra que ya se ha cobrado la vida de 230.000 personas.

«Somos humanos. Sólo queremos una vida mejor». Esa es la síntesis de un joven sirio para explicar el sentimiento de los refugiados que se agolpan estos días en el corazón de Europa. Sentado en la plaza de la estación central de tren de Budapest ante una hilera policial que custodia la entrada, Kameran A., de tan sólo 16 años, anhela poder cerrar de una vez por todas el capítulo que nunca deseó haber conocido, el de una guerra que ya se ha cobrado la vida de 230.000 personas y el desplazamiento de más de siete millones. A su espalda, un centenar de refugiados presionan a los agentes húngaros con cánticos de «¡Germany, Germany!» en un ambiente casi festivo para que abran las puertas de la estación y les permitan subir al último tren de su travesía que se lleve a sus ansiados destinos: Alemania y, en menor medida, Suecia.

Familias sirias al completo se agolpan estos días en Budapest después de recorrer los Balcanes. Los puntos de salida que conectan la capital húngara con Europa occidental se han convertido en auténticos campos de refugiados. Aquellos que lograron entrar en Hungría antes de que el Gobierno presidido por el ultraconservador Viktor Orbán completase la valla de espino de 175 kilómetros en su frontera con Serbia no pueden seguir avanzando en su camino. En la estación de Keleti centenares de policías bloquean los accesos, permitiendo el paso exclusivamente a turistas y lugareños.

Cientos y cientos de almas se cobijan en cada recoveco de las inmediaciones de la estación. Algunos duermen en el suelo desde hace más de una semana y otros, los menos, se refugian en tiendas de campaña. No hay un recuento oficial de cuántas personas se están alojando en la estación pero los voluntarios que se han lanzado a ayudar en todo lo posible estiman que puede haber entre 2.000 y 3.000.

La incertidumbre encuentra reflejo en las caras de desaliento de los miles de refugiados. Entre las maletas de los turistas que van y vienen, una pareja de jóvenes sirios acompañados por un turco –todos ellos no superan la veintena– enseñan, a la par que sujetan sus cigarrillos, el billete que compraron para viajar el pasado lunes hasta Múnich. Pero ese tren arrancó sin ellos dentro ante el impedimento de los agentes húngaros. La conversación se corta de manera tosca. Una marabunta corre hacia la puerta central; piensan que los policías han reculado. Falsa alarma.

El desconcierto es tal que la compañía estatal de trenes se vio obligada el lunes a cerrar el tráfico durante algunos momentos. Desde entonces una barrera de un centenar de efectivos copa la entrada principal. Entre los refugiados que aguardan espera aparecen turistas con prisas que son relegados a una de las puertas laterales de Keleti. Allí una docena de guardias requiere la documentación a cada persona y se aseguran de que los refugiados no accedan a la estancia central donde se encuentran las vías. Los que llevan encima un pasaporte azul oscuro con el escudo de Siria no se molestan ni en sacarlo del bolsillo. En la parte inferior, que también da acceso a las vías, una verja de unos diez metros de largo deja a los refugiados al otro lado.

Kamera entró en Hungría hace ocho días y duerme desde hace tres en la planta baja de la estación. Como la gran mayoría de los llegados hasta aquí, este estudiante de ingeniería mecánica ha seguido la ruta de los Balcanes: de Turquía pasó a Grecia con una barcaza y luego se dirigió hacia el norte pasando por Macedonia y Serbia hasta llegar a Hungría. Pretende alcanzar territorio germano a través de Viena para terminar su formación y reunirse con dos de sus hermanos que emigraron allí antes del comienzo de la guerra. Kamera tampoco pudo coger el tren a pesar de tener los billetes en su mano. El joven sirio de origen kurdo asegura que en el resto de países de su periplo no había pasado más de tres días y que en Hungría ya lleva más del doble. Quiere abandonar Budapest cuanto antes porque, dice, es donde peor le han tratado. «Si de nuevo no me dejan coger ese tren volveré a Siria. Allí hay guerra pero es mejor que estar aquí. A pesar de todo, Siria es mi país», asevera bajo la atenta mirada de su compañero de viaje, su tío.

A pesar del trágico cuadro, Keleti rebosa acciones cotidianas. Se suceden los corros de conversaciones, la gente limpia sus zapatos en una fuente improvisada y los pasamanos hacen las veces de tendederos. Una cría se olvida del bullicio pintando con esmero un árbol de navidad. Al terminar, una voluntaria local le ofrece la mejor de sus sonrisas.

La única atención que reciben los refugiados la prestan un grupo de unos veinte voluntarios. Desde un local en la parte inferior de la estación reparten comida, agua y productos de higiene como cepillos de dientes. En cada nueva entrega decenas de manos se precipitan sobre los voluntarios. No dan a basto pero incluso han habilitado un segundo espacio que sirve de sanatorio. Es el primer día de reparto para Anna Bodoky, de 21 años. «Todo lo que estamos dando es de personas individuales. No hay ni apoyo gubernamental, ni de empresas», afirma. Los voluntarios se organizan como buenamente pueden. La gran mayoría son húngaros pero también hay austriacos, alemanes e incluso algún turista que dedica unas horas a echar una mano en su paso por la capital del Danubio.

Las cadenas de comida rápida que rodean la plaza se han convertido en un refugio recurrente. Media docena de refugiados están sentados en una mesa de Mcdonalds alrededor de una regleta donde cargan sus smartphones, un arma fundamental con el que se informan de su propia realidad y se comunican con familias y amigos. A su lado, un matrimonio sirio come un menú de dos hamburguesas. Alaa, de 32 años, y Huda, de 29, decidieron dar un paso adelante hace un mes y poner rumbo al Viejo Continente después de que dos de los hermanos de él peredieran en el conflicto y tras ver cómo se recrudecía la situación en su ciudad, Draa, al sur del país. Viajan con toda su familia: sus dos hijos, un sobrino y la madre de Alaa.

Se consideran afortunados porque se están alojando en un hotel aunque la habitación sólo tiene una única cama. Ya han invertido en esta travesía de vida alrededor de 9.000 euros y si llegan a su destino –Alemania– prevén gastar 2.000 más. Él, fotógrafo, ella, profesora, buscan «volver a tener una vida normal». Pero temen que si logran salir de Hungría les obliguen a volver porque dejaron sus huellas en la frontera con Serbia. Desconocen en qué se fundamenta el tratado de Dublín, que fija que los refugiados tienen que pedir asilo en el primer país de la Unión Europeo que pisen.

Pero aquí sólo llegan aquellos que han podido costearse un viaje que en el que como poco los refugiados invierten 2.000 euros. «Lamentablemente, los que se quedan en Siria, son los que no tienen dinero», asegura Kameran en un inglés más que aceptable. No obstante, los sirios no son los únicos que se han lanzado este verano a Europa. Hasta Hungría han llegado este verano también de manera masiva afganos, pakistaníes o incluso turcos. Éstos se resignan porque entienden que se trata a los sirios con cierta deferencia puesto que emigran por una cuestión de supervivencia y no tan económica como es el caso de muchos de ellos. Creen que serán los últimos a la hora de llevar a cabo cualquier trámite de salida y asilo. Los más desesperados incluso preguntan a los periodistas si pueden ayudarles a conseguir pasaportes ilegales.

En el interior de la estación de tren la vida transcurre con normalidad ajena a la crisis migratoria que golpea la puerta de Europa. Los residentes de Budapest miran atónitos cómo ha cambiado el centro de la ciudad con respecto a otros veranos, en los que sólo se avistaban turistas. Al ser preguntados sobre su opinión, la mayoría de personas locales permanecen calladas y luego balbucean unas leves palabras sin recorrido alguno. David, de 20 años, mirando a la gran cantidad de refugiados, se muestra escéptico con que éstos pudiesen integrarse en la sociedad europea. «El Gobierno húngaro no quiere que ellos estén aquí, ellos no desean estar aquí y Alemania ha aceptado a 800.000. ¿Qué sentido tiene que estén en la estación?», se pregunta. Sin camiseta tras finalizar su ejercicio de running, Erik, indica que, a su juicio, Hungría no puede hacerse cargo de los refugiados. «Estamos en la Unión Europea desde 2004. También tenemos nuestros propios problemas como tener un salario mínimo de 300 euros al mes». Cuando Erik termina su argumentación se escuchan de nuevo las protestas de los refugiados; como cada vez que parte un tren con destino a Alemania.