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Barcelona, ciudad de acogida a los Reyes y niños de Oriente

Colau pide a Sus Majestades que no «haya más guerras» para que «nadie tenga que huir de su país por miedo».

  • La alcaldesa recibió a Sus Majestades con los símbolos de la hospitalidad y también con las llaves de la ciudad para que repartieran ilusión.
    La alcaldesa recibió a Sus Majestades con los símbolos de la hospitalidad y también con las llaves de la ciudad para que repartieran ilusión. / Efe
Elena Genillo.  Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

06 de enero de 2017. 08:03h

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Elena Genillo.  Barcelona. 6/1/2017

«Ciudadanos de Barcelona, ¡ya estamos aquí!». Ante la mirada expectante de decenas de niños que los esperaban ansiosos, los Reyes Magos de Oriente desembarcaron ayer puntuales en el Moll de la Fusta a bordo del paquebote Santa Eulàlia «después de tantos días de viaje y de cruzar tantos países». Los recibió por segunda vez como alcaldesa Ada Colau, con el mismo nerviosismo de los más pequeños. Tras entregar a Sus Majestades el pan y la sal, símbolos de hospitalidad, y también la llave de la ciudad, Colau pidió a Melchor, Gaspar y a un cada vez más ancianito Baltasar convertir la capital catalana en «una ciudad más amable y humana», que «trate bien a los niños» para que ninguno se «quede sin casa y sin comida».

Aunque la alcaldesa sabe que es ilegal abrir y leer el correo ajeno, la ocasión lo merecía para resumir a los Reyes los deseos de los niños barceloneses: «Sé que no sólo han pedido regalos, sino también deseos para los niños del mundo». Porque, como recordó, muchos de ellos, que viven en países de Oriente, como Sus Majestades, «sufren guerras y situaciones horribles que les obligan a huir de sus hogares». «Por eso, desde Barcelona, pedimos que no haya más guerras ni violencia».

El rey Melchor, que por cierto guardaba un gran parecido con el segundo teniente de alcalde Jaume Collboni, trasladó a los pequeños en nombre también de Gaspar y Baltasar algunas de sus preocupaciones tras partir de sus lugares de origen y ver los horrores «de guerras sin sentido que obligan a los niños a marcharse junto con sus familias a otros lugares en búsqueda de asilo». Y como Sus Majestades saben que la Ciudad Condal ha abierto los brazos a todos aquellos que huyen de la violencia, pidieron a los barceloneses que los reciban «tan bien como lo hacéis con nosotros».

Tras el discurso de bienvenida se desató la locura, con el feliz griterío de los más pequeños que se desgañitaban para llamar a los Reyes y entregarles en mano la carta, especificando el regalo deseado y «también el que sus Majestades quieran». Por pedir que no falte, aunque los pequeños lo tenían claro: la Patrulla Canina ganó por goleada, seguida por los personajes de la saga Star Wars, las hermanas Elsa y Ana de la película Frozen y escalando posiciones los productos de la serie de televisión convertida en fenómeno infantil «Soy Luna», si bien los clásicos como Peppa Pig o Pokemon se resistieron a abandonar las misivas infantiles.

Tras el tradicional paseíllo de Sus Majestades en los coches de época, hacía las seis de la tarde se subieron a sus nuevas carrozas en la avenida del Marqués de Argentera para dar el pistoletazo de salida a una cabalgata, que por cierto y como dato curioso, es la más antigua de toda España.

Melchor recorrió las calles sobre unos jardines que recordaban a los de la Alhambra de Granada, con una fuente y decoración de estilo árabe. Por su parte, la carroza que presidió Gaspar estaba inspirada en la sobriedad de los jardines japoneses, un bosque de bonsáis gigantes del color de la madera. Baltasar, el preferido por los niños barceloneses, como siempre fue el primer Rey en aparecer, esta vez sobre un vehículo diseñado con elementos de la cultura iconográfica africana.

El desfile real estuvo guiado por otras nueve carrozas, como la del carbón, la del correo real, o la encargada de repartir regalos culturales como libros o entradas para el cine y el teatro. Y como no, también por el séquito compuesto de 80 carteros reales, encargados de atender las peticiones de última hora.

Como es tradición, la encargada de cerrar la comitiva fue la bailarina repartiendo instrucciones a los niños para dormir y soñar en una noche mágica. Para evitar accidentes, los caramelos, nada menos que siete toneladas, se lanzaron desde los últimos vehículos del desfile, como se viene haciendo en los últimos años.

Sin embargo, en esta edición la música no la puso la Guardia Urbana, enfadada con el equipo de gobierno de Colau porque le obligaba a ensayar fuera del horario laboral. La sección montada de la Urbana sí que abrió la comitiva pero sin sus instrumentos musicales, como lo venía haciendo desde el año 1954.

Este año y también de forma excepcional debido a la alerta terrorista decretada en toda Europa, el dispositivo policial se reforzó aunque no entorpeció ni un ápice el desarrolló de la cabalgata. Eso sí, durante el tiempo que transcurrió no se permitió la circulación de camiones por la ciudad para evitar atentados como el ocurrido en Niza o en el mercadillo navideño de Berlín. Afortunadamente, todo salió a la perfección y la llegada de los Reyes Magos a Barcelona se celebró con la alegría que merece la ocasión, sin lamentar ningún altercado.

Tras más de tres horas de espectáculo y cinco kilómetros de recorrido –los Reyes de Oriente pasaron por varios puntos de la ciudad: Pla de Palau, desde donde siguieron por el paseo de Isabel II hasta llegar a la altura de Via Laietana, después plaza Urquinaona y plaza Cataluña–, la cabalgata puso su punto final frente a la Fuente Mágica de Montjüic.

Tras haber soportado estoicamente el frío invernal para ver de cerca a sus adorados Reyes Magos, a los más de 100.000 barceloneses que asistieron al desfile sólo les quedaba dormir y desearles un feliz viaje de vuelta.

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