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El gran desafío catalán

Tiempo de lectura 4 min.

30 de agosto de 2017. 22:35h

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«Cataluña ha ejercido sus competencias exclusivas en educación durante las últimas décadas y por lo tanto está absolutamente preparada para el paso a la independencia. En enseñanza no necesitamos construir estructuras de estado, las tenemos listas. Evidentemente, el principal cambio inmediato de una proclamación de independencia será que nos liberemos de la interferencia en nuestras competencias que está ejerciendo, de forma totalmente injustificada y sin fundamento jurídico, el Ministerio de Educación en los últimos años». Son declaraciones de la flamante consejera de Educación de la Generalitat de Cataluña, Clara Ponsatí. El texto es letal para las más comunes afirmaciones nacionalistas, porque revela que la Generalitat de Cataluña ha estado todo menos aherrojada: ha sido completamente libre en educación, es más, ha hecho lo que le ha dado la gana. El discursito, además, revela el total desprecio al Estado de Derecho. El Ministerio de Educación no «interfiere sin fundamento jurídico», sino que actúa según la ley, la Constitución y los tribunales.

El alucinante parlamento sirve para detectar el principal desafío que el Estado y los catalanes van a tener que encarar en los próximos años. Se trata de desentrañar la profunda confusión en que la inacción del Estado y la impunidad nacionalista han sumido al grueso de la población catalana. A fecha de hoy, son muchas las personas que se sienten españolas y que creen que han de ir a un eventual referendo a decir «no» a la independencia. Creen que democracia es votar. Ignoran que durante el franquismo, por ejemplo, hubo tres referendos y que los tres los ganó Franco. Piensan que las votaciones callejeras pueden sustituir a las urnas de los comicios legales. A fuerza de repetirlo, los independentistas han convencido a la multitud de que en España se coarta la libertad por impedir que cada uno someta a votación la primera tontería que se le ocurra.

Asumen, también, que Cataluña es de los catalanes, uno de los principales venenos del chovinismo excluyente. Que el resto de los españoles amemos igual que ellos la Cerdaña, o el Cabo de Creus o Barcelona, les resulta extraño. Que consideremos que Madrid es de los catalanes o los andaluces o los gallegos, les resulta raro. Están enfermos de endemismo.

Ni siquiera entienden que el plurilingüismo es un bien. Hace dos meses he escuchado en Vic: «¡Es que no podemos estar ni una semana sin oír el castellano! ¡En Cataluña es imposible vivir plenamente en catalán!» Mi interlocutor era un comerciante. Yo no daba crédito a la afirmación de que el uso del español le resultase doloroso o que pudiese imaginar una Cataluña sin castellano. Lo que en otros lugares es un bien precioso, en este lugar contagiado de onanismo intelectual se ha convertido en detestable.

De verdad que no sé cómo se podría salvar todo esto. Cómo convencer a los independentistas de que los demás somos seres humanos que amamos Cataluña y la sentimos propia. Como enamorarlos de España entera como nosotros amamos Cataluña.

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