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El tobogán del Rey

Tiempo de lectura 4 min.

01 de marzo de 2017. 01:24h

Comentada
Julián Cabrera 1/3/2017

La experiencia no pudo ser más reveladora. El rey Felipe VI y el presidente Puigdemont haciendo acopio de agilidad y reflejos deslizándose con un patín sobre un sinuoso tobogán helado en un descenso vertiginoso entre cuyas posibilidades de punto final se encontraba la de partirse directamente la crisma. El «Mobile World Congress», que se celebra en Barcelona, con previsible récord de asistentes y un impacto económico cercano a los quinientos millones de euros, nos brindó la posibilidad de contemplar a ambos mandatarios practicando el «luge», ese deporte olímpico de invierno que consiste en el citado descenso sobre superficie resbaladiza. Todo gracias a la realidad virtual. Gafas «3-D» en ristre, cómodas butacas y a deslizarse, entendemos que a toda velocidad a tenor de sus muecas.

La anécdota no deja de ser significativa en un momento en el que la quimérica locura soberanista parece lanzar a Cataluña con un patín sin frenos y sobre una pista de constante aceleración hacia un destino incierto. Deriva que ha tenido en la primera visita oficial del Rey a esta comunidad en 2017 el mejor contrapunto por parte de quien, desde la más alta instancia del Estado, no parece dispuesto a abandonar a su suerte a una parte de la nación española por mucho que se encuentre en pleno descenso desbocado.

La presencia del Rey en Cataluña, aun formando tangencialmente parte de la llamada «operación diálogo» impulsada por el Gobierno y con la vicepresidenta Sáenz de Santamaría como «jefa de máquinas», hace tiempo que debería estar situada dentro de una deseable normalidad institucional. La recuperación de audiencias en el barcelonés palacete Albéniz debería dar paso a una menos excepcional presencia del monarca en un lugar que suma, junto con Madrid, el 38 por ciento del PIB de todo el país y donde no sólo gran parte del mundo empresarial, financiero, cultural o deportivo, sino una mayoría silenciosa que no está por aventuras han adolecido de un más permanente y caluroso aliento del Estado.

El gran acontecimiento del «MWC» no sólo ha sido excusa para situar codo con codo a Felipe VI y a Puigdemont en un vertiginoso tránsito virtual, este cónclave tecnológico viene a remarcar el nombre de Barcelona en el mapamundi, un hecho que, por mucho que se empeñen los redactores de discursos de la Generalitat en ligarlo a un mantra de exclusividad, dudosamente existiría –tampoco otros éxitos como los Juegos del 92– de no mediar la realidad de un gran país llamado España en el que se integra un gran pueblo como es el de Cataluña. El de hoy en Barcelona es un miércoles de contrastes para quienes quieran ver y oír. De un lado, el futuro global sin más fronteras que las redes «5-G», tal vez la cuarta revolución industrial a partir de este «Mobile World Congress». De otro, una calles más allá, el arranque del juicio por el caso Palau, paradigma del saqueo, latrocinio, depredación y pillaje de quienes hacían precisamente de las fronteras su libreto político. Ergo «Lux et veritas»...

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