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Fandiño, también atacado

Tiempo de lectura 2 min.

19 de junio de 2017. 08:11h

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Sandra Golpe 18/6/2017

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No entiendo de toros. Respeto, como sabes, la tauromaquia, aunque no comulgo con la estocada final en la plaza; reconozco su belleza, verdad y raigambre, pero me resulta intolerable el sufrimiento animal. Sabes también que crecí en el sur, rodeada de ejemplares bravos en la campiña y en las carreteras. Las icónicas vallas de la bodega gaditana Osborne, por cierto, acaban de cumplir 60 esplendorosos años y las entiendo como elemento inalterable del paisaje de mi país. Supongo que me parezco a otros tantos millones de españoles, pertenecientes a una generación postfranquista, más libre, más descreída, que dejó de ir masivamente los domingos a misa y a los ruedos, sin que ello nos empujara a odiar por sistema la Iglesia y la fiesta. La inmensa mayoría llevamos grabada a fuego la cogida desgarradora en la televisión, la mirada azul y las palabras de Francisco Rivera Paquirri, dramáticamente realista, pragmático, en la enfermería de Pozoblanco que le vio morir. Por aquella imagen no pudimos conciliar el sueño. Ni aquella noche, ni otras tantas. De nuevo este fin de semana, el malogrado Iván Fandiño nos ha pellizcado el alma en modo «déjà vu». Sobrecoge su lucidez, expresada en el trance final: «Que se den prisa en llevarme al hospital, me estoy muriendo», dijo el diestro vasco a los suyos, en certero presentimiento. No hubo tiempo ni suerte para él. La afición habla maravillas del maestro y yo, aunque nunca habría ido motu proprio a contemplarle frente al toro, comprendo el duelo y le reconozco esa vocación indudable que le llevó por las plazas del mundo. Su muerte está unida a la historia de un arte tan visceral como controvertido, tan genuino como las procesiones en Semana Santa, o como las romerías de todos los pueblos, o como el toro de Osborne.

No por tradicional tiene que gustarnos el mundo taurino, en efecto, pero de ahí al daño que le haces hay un abismo intolerable. Me dirijo a ti, que entrenas violencia y odio miserable en Twitter: podrías centrarte en combatir el maltrato animal con argumentos, pero lo que realmente te motiva es faltar al respeto. Lo hiciste con Víctor Barrio y hoy vuelves a llamar «asesino» a Fandiño, bendices al toro que le corneó. ¿En serio te consideras antitaurino? Generas el efecto contrario, y mira que es difícil. Pensándolo bien, ¿de qué me vale escribirte? Es como echar margaritas a los cerdos.

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