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Los que éramos aguafiestas

Tiempo de lectura 2 min.

29 de octubre de 2017. 22:23h

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Eduardo Inda 29/10/2017

No he olvidado ni olvidaré lo que decían de Mayor Oreja cuando era el «agorero» de una tregua etarra que tenía más trampas que una película de chinos. Las pullas llegaban mayormente de una izquierda que históricamente, salvo honrosas excepciones como Felipe, tendía a relativizar el fenómeno terrorista. Nada nuevo bajo el sol. Lo mismo ha ocurrido a cientos de prohombres en la historia por osar denunciar una perogrullesca realidad que otros, por cobardía, intereses bastardos o ceguera mental, se negaban a ver. Para muestra, otro botón: el de un Churchill que 60 años antes tuvo que soportar todo tipo de lindezas tras su premonitoria frase al patético Chamberlain: «Os han dado a elegir entre el deshonor y la guerra y habéis optado por el deshonor. Ahora tendréis el deshonor y la guerra».

Estos días me acuerdo de aquéllos a los que nos llamaban de todo por vaticinar que la barra libre autonómica acabaría como el rosario de la aurora. Empezando por Jiménez Losantos, continuando por Carlos Herrera o desde estas mismas páginas Marhuenda o el gran Ussía. A mí no me van a contar lo que es aguantar que te tachen de «fascista», «español», «retrógrado», «exagerado» y hasta «radical» por criticar los regalos en Educación, Política Lingüística, Policía o medios porque lo padecí siendo director de «El Mundo» en Baleares y lo padezco ahora. A los que me endilgan el epíteto de «radical» siempre se lo agradezco de todo corazón: «Como explicaba el profesor Tierno, radical es el que va a la raíz de los problemas».

Al delincuente Puigdemont nunca le agradeceremos lo suficiente que haya abierto los ojos de millones de españoles que hibernaban ante la brutal dictadura (en nombre de la democracia es más fácil perpetrar las mayores de las aberraciones) que se sufre en Cataluña. Ahora todos han salido de la madriguera. Al punto que el mensaje es unívoco en el centroizquierda, el centro y el centroderecha. De Podemos ni hablo porque tienen el mismo objetivo que sus fraternales colegas secesionistas: destruir España. Y los constitucionalistas de Cataluña, que viven como los ciudadanos de color durante el Apartheid, han perdido el miedo. Tres cuartos de lo mismo sucede con la mayoría natural de este país, que ya no se avergüenza de su himno, de su bandera y de su historia. El drama es que los memos de siempre continuarán diferenciando radicalismo y realismo. Y es lo mismo.

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