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Tiempo de lectura 2 min.

19 de mayo de 2017. 21:09h

Comentada
Ángela Vallvey 19/5/2017

No es verdad que siempre ha habido tanto acoso y violencia escolar, amenazas, peleas, persecuciones...; que hogaño no haya más que antaño. Los optimistas dicen que esa violencia de ruin intensidad es algo viejo, un clásico. Yo no lo creo. A mí me parece que nunca, en las últimas décadas, hubo tanta violencia entre la gente joven, especialmente niños y adolescentes, como ahora. Porque, además, el eco de esa brutalidad no cesa: su efecto retumba por el ciberespacio, donde se cronifica y copia, se multiplica, e incluso se hace eterna. Luego... sí hay más violencia ahora que nunca, aunque solo sea porque pervive de manera virtual, inagotable, como una serpiente que se devora a sí misma y resurge de sus cenizas; porque su huella no se extingue con el acto violento, sino que continúa incansable siendo retransmitida «ad nauseam» en el diferido filosófico de internet, que ha logrado hacernos dudar a la hora de nombrar al tiempo, que nos induce a confundir pasado y presente, de manera que tenemos la impresión de vivir perennemente en un híper presente exacerbado y tentador, idiotizante, narcótico. Resulta estremecedor oír las voces de un crío preadolescente, en un vídeo grabado con pulso firme mediante un teléfono móvil, dándole instrucciones a una chica enfurecida de su misma edad, como acaba de ocurrir hace poco: «¡Mátala, Saray, dale, mátala!». ¿Desde cuándo este tipo de alaridos son lo habitual? ¿Hay que tomar por normal, común y corriente, esa vesania rabiosa en el comportamiento...? No lo creo. Me parece que es algo nuevo, una actitud virulenta que se está extendiendo entre los más jóvenes y que trivializa la violencia, una postura vital excitada, de furor físico y verbal que ellos creen insustancial, y que lamentablemente crece con el tiempo. Los niños y adolescentes actuales han vivido en un medio que ha propiciado estas formas de crueldad, que las ha alimentado y cultivado. Entre otras razones, está el hecho de que han sufrido diez años de crisis terrible (para muchos, toda su vida). Son los hijos de una época disparatada, que aunó la recesión con la última revolución en telecomunicaciones. La escasez ha llevado a los hogares de millones de ciudadanos los problemas consiguientes: mala salud, conflictos domésticos, aparición de problemas mentales, desorden familiar, rupturas y divorcios, miedo cerval al futuro... Y la ausencia total de instituciones públicas capaces de transmitir y dar ejemplo de moralidad a sus ciudadanos.

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