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Playas de invierno

Tiempo de lectura 4 min.

17 de marzo de 2017. 21:45h

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Hoy, a primera hora de la mañana, me he llevado hasta la playa de Oyambre. Las playas del norte de España adquieren toda su dignidad y belleza en invierno, libres de homínidos, cestas de aperitivos, palas, sombrillas que vuelan, planchas de surf y cocodrilos hinchables. La grandeza de la soledad. Una playa en invierno es como una Misa con música de órgano y un coro bien dirigido. Cada ola que rompe, emociona. En verano la playa es una desdicha.

El ser humano comenzó a bañarse en las playas en el segundo tramo del siglo XIX. El baño de agua de sal de San Sebastián y los baños de ola de Santander. Alfonso XII, veraneante en Comillas, disfrutó tanto con los baños de ola del Sardinero, que ordenó llevar a Riofrío, el segoviano palacio de las melancolías y hoy Museo Real de Caza, un carro rebosado de barriletes con agua del mar de la bahía de Santander. Y ahí, entre gamos, venados y jabalíes, Alfonso XII con su «maillot» rayado, recibía los golpes de mar a barrilazo limpio. –¿Qué tal el baño de mar, Señor?–, le preguntaba un jardinero. –Hoy el agua estaba helada, Ambrosio, helada–.

Lo mismo que la velocidad de los primeros trenes –40 km a la hora–, no se recomienda en la primera edición de la Enciclopedia Espasa por su probable malignidad para la salud, el baño playero precisaba de una adaptación paulatina en los niños del interior que veraneaban en la costa. En el libro de «Memorias» de mi tía Rosario Muñoz-Seca, se lee textualmente: «La primera casa en San Sebastián estaba en el barrio de Gros, en el número 20 de la calle Zabaleta. Ya nada de eso existe. Nuestra casa daba sobre la playa, que estaba casi desierta. No había más de veinte toldos. Bajábamos con tres amas por lo menos, y mi madre se instalaba en el balcón del comedor con un pito, y cada vez que un niño se acercaba al agua o se alejaba del grupo, se ponía a silbar para alertar a las amas. Era cómico y ridículo. El primer día bajábamos a la playa con calcetines y sandalias; Aquello era una tortura. El segundo día, con sandalias sin calcetines. El tercero, se nos permitía descalzarnos por la mañana en la zona de arena seca. El cuarto día nos autorizaban a bajar hasta la arena mojada. El quinto día podíamos mojarnos los pies solamente por la mañana. El sexto día nos permitían descalzarnos y estar en la arena mojada por la mañana y por la tarde. Y el séptimo día, la gran fiesta. Baño hasta las rodillas por la mañana a partir del mediodía, después de tres horas de digestión. Y mi abuela en el balcón, con el pito.

En mi infancia se mantenían las cautelas horarias digestivas. Todos los que se ahogaban en Ondarreta –una media de siete ahogados por verano–, lo hacían «por no haber respetado las tres horas de digestión». Los trajes de baño –jamás «bañadores»–, eran completos, y las mujeres estaban obligadas a llevar una faldita complementaria. Cuando no se ponían la faldita, el municipal Erostarbe sancionaba con diez pesetas a la infractora de la moral y las buenas costumbres, y si ésta protestaba o mostraba extrañeza, Erostarbe, que carecía de dotes diplomáticas, le dejaba claro el motivo de la multa: «Por no llevar la falda, marranaza». Pero algo había evolucionado de la generación de mis padres a la mía. Al día siguiente de llegar a San Sebastián, siempre oída la sirena de la fábrica de Souchard a las doce en punto, el baño completo estaba permitido.

Pensaba en esas cosas y exageraciones mientras paseaba por la arena intermedia de la playa de Oyambre, que de punta a punta supera los tres kilómetros. Mañana gris y sin lluvia, el perfecto paisaje de la nostalgia. Al fondo, la figura amiga de Adolfo Herrera con su perro labrador, que entra y sale de la mar con la alegría de su estirpe y raza. Los labradores son nadadores excepcionales, y se ayudan de inteligencias de más fuste y hondura que muchos humanos. En invierno, las aves marinas, gaviotas, charranes, y cormoranes se agrupan en la orilla libre de invasores. Y eso es así porque así ha sido durante miles de años. Que las olas traen la mar y se la llevan. Que las huellas de los hombres desaparecen. Que el sonido rompiente del mar que alcanza la tierra estremece de fuerza y maravilla. Y que así seguirá todo, en su sitio, en la calma o la tempestad, en la brisa o en la galerna, mientras los que en Madrid vivimos creemos que lo hacemos, es decir, vivir, cuando la vida está en otras partes. Aquí, en las playas de invierno de La Montaña, en una mañana de panza cimarrona, cuando ya han aparecido las primeras yemas del renuevo de los árboles.

Si no yerro, en cuatro días, la primavera.

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