Columnistas

Sin embrague

Cuando en una organización política se encadena un error tras otro suele ocurrir que se encuentra a la deriva. Eso es lo que le sucede a Podemos desde la última asamblea celebrada en Vistalegre. Movidos más por su bajo vientre que por la cabeza, los podemitas han vuelto a generar una controversia mediática, provocadora, pero de muy poco calado político: “el Tramabús”.

En un sistema democrático, la denuncia de la corrupción es una de las obligaciones que tiene la oposición política, por tanto debe tomarse en serio la manera de cumplir con su responsabilidad, la peor de ellas es la banalización y la demagogia. Esto es lo que ha hecho el Sr. Pablo Iglesias con el polémico autobús.

Los podemitas han cargado contra el PSOE, colocando la fotografía del presidente Felipe González al lado de procesados por corrupción como el Sr. Luis Bárcenas o el Sr. Rodrigo Rato. El gesto, en sí mismo, es tan injusto como miserable.

La navegación a la deriva a la que somete el Sr. Iglesias a su formación política la está desgastando profunda y nuevamente, de ahí que intenten revivir el mensaje que tantos éxitos electorales les revirtió a partir del 15M: el de la “casta” y el de que PP y PSOE son lo mismo.

En realidad, más allá de recuperar su discurso político, la obsesión de Podemos por el PSOE es enfermiza. Sabedores de que no pudieron realizar el sorpasso ni con el Sr. Anguita, ni con el Sr. Iglesias, vuelven a recorrer la misma linde, intentando por enésima vez el desgaste.

En esta ocasión, el Sr. Iglesias parece haberse inspirado, en cuanto a la forma, en la campaña homófoba del autobús de la organización “Hazte oír”, cosa que no hace sino poner de manifiesto que las posiciones más radicales tienden a coincidir.

Cada día es más difícil de entender el derroche en el uso de los votos que hace Podemos con el apoyo que le dieron los ciudadanos. Más de 10 días sin aparecer por el Congreso de los Diputados es el resultado de la campaña Tramabús.

En un momento histórico, en el que el PP no tiene mayoría absoluta y, por tanto, la influencia del parlamento es determinante, también para investigar, fiscalizar y aprobar medidas que dificulten la comisión de actos de corrupción, uno de los partidos con mayor número de diputados está ausente, incapaces de desenvolverse en una institución democrática como es el Parlamento.

Y son malos gestores, el Ayuntamiento de Madrid o el de Cádiz son botones de muestra de lo que da de sí Podemos al frente de las instituciones. Madrid, por ejemplo, cada vez más sucio, más descuidado, con el tráfico más insoportable, asiste perplejo a las luchas intestinas y palaciegas de los que iban a mostrar en qué consistía la regeneración política, mientras se desentienden de cualquier proyecto emblemático de ciudad. Nada de nada, el conjunto vacío tiene más contenido.

Ante las dificultades en los tres ámbitos, discurso, gestión y acción parlamentaria, el Sr. Iglesias decidió volver a tomar las calles, pero lo ha hecho de la peor manera posible, porque la falta de rigor y la utilización retorcida y demagógica de la corrupción genera precisamente el efecto de diluir el lugar donde realmente deben ponerse los focos.

Desde que el Sr. Íñigo Errejón ha pasado a formar parte del grupo de “espectros”, que deambulan por los pasillos, pero que no se manifiestan en el mundo real, parece que Podemos piensa menos con la cabeza y más con otras partes.

El autobús ha perdido el embrague, la cuenta de twitter del Sr. Ramón Espinar ha perdido la mariscada de la que hacía alarde y el Sr. Iglesias su iniciativa e instinto político. Eso es todo lo que da de sí Podemos.

SIGUENOS EN LA RAZÓN