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Zapas celestes

Tiempo de lectura 4 min.

11 de septiembre de 2017. 23:32h

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Se llamaba o se llama Miren Epeldegui-Gaiztarro y era o es de San Sebastián. Una tarde de verano apareció por el malecón de Igueldo, donde hoy peinan los vientos las esculturas de Chillida, con unas zapatillas azules celestes. En aquellos tiempos no se veían zapatillas de ese tono en España. Nos informó que las había comprado en Biarritz, y a los pocos días todas las socias jóvenes del Real Club de Tenis de San Sebastián calzaban zapatillas similares. Colas para pasar a Francia por el Puente Internacional o la frontera de Behovia, superada la isla de los Faisanes, para proceder a la adquisición de zapas celestes. Se agotaron las existencias. A mí, y me permito reconocerlo con algunos decenios de retraso, no me gustaban nada de nada. Eran portadoras de una clamorosa cursilería. Miren Epeldegui-Gaiztarro, sin pretenderlo, hizo mucho daño a la estética tradicional que prevalecía en Ondarreta.

Siempre me ha llamado la atención que la mayor parte de las fotografías que se publican de formaciones de los Mozos de Escuadra sufran la mutilación de su franja inferior. Los Mozos de Escuadra fueron creados por orden de Felipe V, por si alguno no se ha enterado todavía. Y anteayer, víspera de la Diada, «ese día raro en el que el marxismo catalán le pone flores al monumento de un ilustre barcelonés defensor de una Casa Real en nombre de la república», el desmelenado Puigdemont pasó revista a un marcial zaguanete que le rendía honores. Y en esta ocasión, no se produjo, ni en la grabación del acto ni en las fotografías publicadas en los periódicos, el corte de la franja inferior. Y supe el motivo. Las zapatillas de los mozos de Escuadra, azules celestes, son iguales a las de Miren Epeldegui-Gaiztarro, y esa coincidencia no es seria. El uniforme de gala de los Mozos de Escuadra podrá gustar o no. El uniforme de gala de los Mozos de Escuadra, podrá imponer respeto o no. Pero hay que cambiarle las zapas. Un cuerpo policial, sea nacional, autonómico, foral, comarcal o local, no puede moverse de un lado a otro con zapatillas playeras de color azul celeste. No es crítica sino súplica. Considero que el respeto al uniforme es fundamental para desempeñar la función de mantener el orden público. Y como tengo entendido que los que abonamos las nóminas a los Mozos de Escuadra somos los contribuyentes españoles, ruego al ministerio del Interior que modifique la uniformidad en lo que respecta al calzado de gala de los Mozos, que resulta chocante y hasta ridícula. El resto, la levita, el sombrero de copa, el chaleco y los pantalones merecen mi aprobación medida. Pero las zapatillas celestes con la suela de goma blanca no son propias para perseguir a los malos. Sirven, como mucho, para bailar el «Je t’aime» de Adamo, o el «Ne me quittes pas» de Jacques Brel en los anocheceres agosteños de San Sebastián, como hacía Miren Epeldegui-Gaiztarro, de la que se me ha olvidado destacar su inconmensurable belleza y afición al baile agarrado, o enlazado o abrazado que tanto preocupaban al cardenal Segura y al padre Jorge Loring, que en su obra «Para Salvarte» recomendaba el paso del aire entre los cuerpos danzantes. Nada de apretones y contactos contra la castidad, que en aquellos tiempos ya principiaba a ser combatida y zarandeada.

Un policía con playeras azules celestes impone la misma autoridad que un general con chancletas o un coronel con pantalones pirata. En la forma se interpreta el fondo. La ética camina junto a la estética. Hay que calzar de manera más adecuada a los Mozos de Escuadra.

Y éste es el momento, porque les aguarda un arduo trabajo en las próximas semanas.

Nota: La infamia de un necio motivó –sin motivo–, que le soltara un injusto soplamocos a mi Director Francisco Marhuenda. Me disculpo y extiendo la disculpa a todos los redactores de LA RAZÓN. Hay que saber reconocer los errores. Lo que merecía el descanso de la papelera lo agiganté mediante una injusticia mayor que la sufrida por mí. Me pasé siete pueblos, Paco, y ruego que me perdones. Todo mi cariño y respeto.

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