

Existe una vieja premisa que asegura que la ignorancia otorga la felicidad, y el universo digital parece haber llegado para confirmar este dicho popular con rotundidad. Una reciente investigación académica ha puesto sobre la mesa una paradoja fascinante: cuanto mayor es la alfabetización tecnológica de un ciudadano, más altos son sus niveles de ansiedad respecto a los peligros de la red. Saber cómo funciona la maquinaria, al parecer, constituye el primer paso ineludible para temerla.
En este sentido, un estudio conjunto llevado a cabo por la University College de Londres y la Universidad de Columbia Británica ha arrojado luz sobre quiénes pierden realmente el sueño por cuestiones como la privacidad. Tras analizar los datos de casi 50.000 personas en 30 países, recopilados a través de la Encuesta Social Europea, el retrato robot del usuario preocupado resulta meridianamente claro ante los ojos de los expertos. De hecho, su inquietud se alimenta de noticias recientes sobre la gestión de datos, como cuando OpenAI admite que puede leer tus conversaciones de ChatGPT y avisar a las autoridades si fuera necesario.
Concretamente, el perfil que muestra mayor inquietud corresponde a los millennials, esa franja situada entre los 25 y los 44 años, especialmente aquellos con educación superior y residentes en Europa Occidental. Tal y como recoge el portal especializado TechXplore, son ellos quienes perciben con mayor agudeza las amenazas invisibles que conlleva la vida digital, precisamente porque comprenden mejor los complejos entresijos de la tecnología actual. Esta conciencia técnica les impulsa a buscar escudos activos frente al fraude, valorando herramientas como esta nueva función de Orange que ahorrará un sinfín de llamadas spam y posibles estafas telefónicas.
Por otro lado, si miramos el mapa del viejo continente, las diferencias son notables entre los distintos territorios analizados por los académicos. Los Países Bajos y el Reino Unido se sitúan en la cúspide de la preocupación, registrando puntuaciones muy elevadas en la escala. En el extremo opuesto de la balanza encontramos a Bulgaria, un dato que sugiere una visión mucho más relajada —o quizás menos informada— de estos riesgos cibernéticos.
Asimismo, los hallazgos rompen con ciertos estereotipos arraigados sobre la edad y la indefensión. Podría pensarse que los nativos digitales o nuestros mayores estarían en alerta máxima, pero el grupo de 15 a 24 años y los mayores de 75 muestran niveles de preocupación inferiores. Lo mismo ocurre con las personas migrantes y aquellas que se encuentran activamente empleadas en el mercado, quienes parecen tener otras prioridades vitales.
De igual manera, resulta curioso observar que factores que habitualmente marcan brechas sociales, como el género o el nivel de ingresos, no suponen una diferencia relevante en este caso. La verdadera línea divisoria la marca la educación: aquellos con estudios secundarios o universitarios ven gigantes donde las personas con educación básica apenas vislumbran molinos de viento, demostrando que el conocimiento alimenta la cautela. En este contexto, la formación continua se vuelve vital, por lo que iniciativas como la de la Comunidad de Madrid, que ofrece un curso gratuito de Inteligencia Artificial, son esenciales para reducir dicha brecha.
En definitiva, la investigación desvela una contradicción que invita a una profunda reflexión social sobre nuestra relación con la tecnología. Los grupos que teóricamente son más vulnerables a los abusos tecnológicos son precisamente los que viven más tranquilos. Mientras tanto, quienes poseen las herramientas intelectuales para defenderse son quienes cargan con el peso de la desconfianza hacia un entorno digital cada vez más omnipresente en nuestras vidas.

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