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Los miedos en los niños

Por el Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas. Neuropediatra de Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo - Grupo Quirónsalud

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Quirónsalud

Puedes encontrarme en @quironsalud

En este post vamos a tratar el tema del miedo en niños y adolescentes y sus causas, así como una serie de consejos para la familia para afrontarlos.

El miedo forma parte de las emociones básicas orientadas a promover la supervivencia, puesto que alerta sobre los posibles peligros. En el caso de los niños, además, a veces utilizan el miedo para verificar hasta qué punto están disponibles, a veces de forma inconsciente y, otras, conscientemente.

Otra función esencial es la de potenciar nuestra autonomía, permitirnos la adaptación a distintos contextos y, por consiguiente, la de reforzar nuestra autoestima, aumentar nuestra prudencia y desarrollar estrategias de solución de problemas, impulsando nuestro pensamiento abstracto.

Por consiguiente, el miedo es una emoción “normal”, que forman parte de la evolución. Es necesario hacerles ver que se trata de algo natural que también sentimos nosotros, los adultos, enseñándoles a afrontar sus temores y mostrándoles nuestra comprensión, haciéndoles sentir más seguros y fuertes.

De todas formas, los miedos van cambiando a la vez que las circunstancias sociales también cambian. Tener miedo no significa ser miedoso, va ligado a una determinada circunstancia o a un determinado factor desencadenante. El niño tiene que tomarse el tiempo necesario para encontrar su propia manera de encararlo: “no es más valiente el que no tiene miedo, sino el que, teniéndolo, se enfrenta a él”.

Miedos normativos infantiles en función de la edad

• 0/6 meses: Pérdida física de soporte (base de sustentación), ruidos fuertes.

• 7/12 meses: Miedo a personas extrañas, miedo a los objetos que surgen inesperadamente.

• 1 año: Separación de los padres, retrete, heridas, personas extrañas.

• 2 años: Multitud de situaciones que incluyen ruidos fuertes (aspiradoras, sirenas, tormentas...), animales (Ej. Perros grandes), una habitación oscura, separación de los padres, objetos o máquinas grandes y cambios en el entorno personal.

• 3 años: Máscaras, oscuridad, animales, separación de los padres.

• 4 años: Separación de los padres, animales, oscuridad, ruidos.

• 5 años: Animales, separación de los padres, oscuridad, gente “mala”, lesiones corporales.

• 6 años: Seres sobrenaturales (fantasmas, brujas, etc.), lesiones corporales, truenos y relámpagos, oscuridad, dormir o estar solos, que entre alguien en casa, separación de los padres.

• 7/8 años: Seres sobrenaturales, oscuridad, miedos basados en sucesos aparecidos en los medios de comunicación, estar solos, lesiones corporales.

• 9/12 años: Exámenes escolares, rendimiento académico, lesiones corporales, aspecto físico, miedos sociales, truenos y relámpagos, muerte, oscuridad (en porcentaje pequeño).

Sin embargo, cuando el miedo es excesivo, por su intensidad, frecuencia o duración, deja de ser una ventaja evolutiva para convertirse en una traba a la hora de adaptarnos a las distintas situaciones. En esos casos, suele acompañarse de síntomas intensos (sudoración, taquicardia, temblores, sensación de ahogo...), pensamientos negativos referentes a nuestra incapacidad para hacerle frente, de evitación y escape de aquellas circunstancias que tememos. En estas circunstancias, lo mejor es pedir ayuda de un profesional, el psicólogo, para evitar que el problema se cronifique.

¿Cómo actuar?

La familia es un entorno protector, que ayuda a resolver las situaciones angustiosas. Con su apoyo, los menores aprenden a encarar el miedo, experimentar lo que es y persuadirse de que nunca deja de ser pasajero.

Si un niño nos confiesa que tiene miedo, no lo trivialicemos. Averigüemos qué es lo que le da miedo, cómo se siente exactamente y animémosle diciendo que juntos pensaremos en cómo enfrentarlo. Es muy positivo que los niños sientan que les tomamos en serio, que captamos sus problemas como algo real, que no los consideramos tonterías. Es importante demostrarles nuestro cariño y aceptación cualesquiera que sean estos sentimientos, una caricia, una palabra u otro gesto de cariño les hacen saber que estamos presentes.

Miedo a la oscuridad: una lucecita en la habitación del pequeño, que proyecte una luz indirecta. Lo que no debemos de hacer es reforzar ese miedo. No conviene dejarle venir a nuestra cama, porque conseguiríamos que se prorrogase durante el tiempo y aumentase incluso su intensidad. Necesita esa seguridad para seguir independizándose.

Miedo a que pueda entrar alguien en casa: En estos casos, de nuevo, es necesario tranquilizar a nuestro hijo y convencerle de que no hay peligro. Así, si conseguimos que se ría, utilizando el sentido del humor, conseguiríamos tener un arma buenísima para desmontar las creencias que les llevan a temer por lo que pueda ocurrir.

Miedo a los sueños: Nos puede ayudar darles un poquito de agua, besitos, decirles que no van a volver a tener miedo, que no se preocupen, y dejarlos durmiendo en su cama. Recordemos que, si les pasamos a la nuestra, se puede generar un problema mayor. Muchas veces, más que tener miedo, el niño no ha aprendido a estar solo y la sensación de soledad en medio de la noche le produce inseguridad, así que llaman a papá o a mamá.

Miedo a los animales: Los más mayores suelen tener miedo a los perros y otros animales, aunque a veces es sólo prudencia. Sería diferente que el niño quedase totalmente bloqueado por ver a un perro, entonces, hablaríamos de un problema. Para el resto de casos, conviene que los niños se expongan, conociendo al animal de forma progresiva y pasando el suficiente tiempo a su lado como para acostumbrarse.

Miedo a los monstruos: propio del momento en que la imaginación del niño se dispara, es preciso buscar a estos seres con él, para que vea que no están. Podemos también ofrecerle un muñeco protector y contarle cuentos sobre esta temática.

Qué NO hacer:

• Mostrarse excesivamente preocupado o sin respuesta.

• Reírse de los miedos del niño; decirle que son tonterías y relativizar con el tema, sin darle importancia.

Amenazarle con castigos o forzarle a afrontar directamente la situación temida

• Lanzarle (nosotros o nuestro entorno) mensajes amenazadores, del tipo: “si no comes, llamaré al coco”.

No hacer caso a nuestro hijo, esperando que se le pase o que deje de prestarle atención. Podrían convertirse en fobias.

Obsesionarnos con los miedos, es mejor afrontarlos con paciencia y tranquilidad.

• Otras veces, a los niños les cuesta entender que una determinada situación sea demasiado peligrosa. En estos casos, en vez de promulgar una prohibición, es mejor comentar con ellos qué destrezas o facultades creen tener para superar el trance. Ser valiente está bien, pero es necesario, además, aprender a distinguir entre valentía y temeridad.

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