domingo, 20 agosto 2017
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Arte

Un pabellón apátrida en los juegos del arte

  • El artista Jordi Colomer y el comisario Manuel Segade representan a España en Venecia con una «instalación de instalaciones» con el nomadismo como lema.

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Entrada al Pabellón de España en los Giardini venecianos, en cuyo interior se levantan un conjunto de gradas
Entrada al Pabellón de España en los Giardini venecianos, en cuyo interior se levantan un conjunto de gradas

España ya ha desembarcado en la laguna de Venecia. Jordi Colomer es el representante español de la 57ª edición de la Bienal de arte, la torre de Babel de todas las artes, el evento internacional por antonomasia de este mundillo a nivel planetario. El creador polifacético ha desarrollado el proyecto «¡Únete! Join Us!», una idea que reivindica el nomadismo como una acción colectiva. «Errancia, trashumancia, viaje, extravío y ajetreo son las claves de un pabellón que toma como referencia las utopías de ciudades que han explorado el movimiento como una forma radical de pensar sobre el imaginario social», detallan los organizadores. Manuel Segade, una de las principales voces curatoriales de España, es el comisario del proyecto de Jordi Colomer en la Bienal de Venecia (que cuenta con la colaboracion deAC/E tanto en el pabellón como en la bienal), y explica a LA RAZÓN por qué al pabellón se le denomina «apátrida»: «El motivo radica en que estamos ante un movimiento de ciudadanía que defiende una forma de vivir nómada y en continuo movimiento. Las personas que visitan los pabellones de la Bienal de Venecia, de país en país, realizan el mismo ejercicio que nuestra comunidad utópica en los diferentes lugares del mundo». De hecho, la bandera de España está presente, proyectada en el interior de la exposición. En el proyecto existe un juego interesante en la relación entre lo local, lo nacional y lo internacional que Segade aclara: «Para realizar un pabellón nómada o apátrida necesitamos precisamente de uno nacional, ligado a un país, para dar la idea de un espacio en movimiento, para describir lo internacional». Y dentro de ese espacio, maquetas y proyecciones constantes apara sustentar esa idea, la de participación. ¿recuerdan aquel ya antiguo «No nos mires, únete»? Pues algo así en pleno siglo XXI.

Sin paternalismo

La novedad de esta edición de la Bienal es que su comisaria general, Christine Macel, no ha optado por un hilo conductor, temático, como en las anteriores citas. En esta ocasión el artista está en el centro como elemento de resistencia capaz de empoderarse. «Me parece algo muy positivo», opina Segade, quien ha sido elegido por Colomer –y no al contrario–, como suele ocurrir en el mundo del arte. «Normalmente suele haber un cierto “paternalismo comisarial” por el que el artista es tratado como un niño pequeño. ¿Por qué un creador no puede tomar sus propias decisiones y decidir con quién trabajar?», se pregunta Segade.

Algo muy llamativo es que de los 120 artistas presentes, 103 se estrenan por primera vez en la cita: «No me sorprende y me parece bastante interesante», aclara el comisario español. «Una Bienal es también un enorme escenario de mercado. Con la visibilidad que se genera todos van a venir igual aunque los artistas sean completamente desconocidos. Siempre es bueno ver nombres nuevos y ampliar las posibilidades de representación, y más aún si hablamos de jóvenes».

El tema central de la obra que presenta Colomer en Venecia es el nomadismo, pero, ¿hay algo de político en ello? ¿Remite en cierto modo a la actual cuestión migratoria que está viviendo el Mediterráneo? Segade lo aclara: «El proyecto en sí no se central literalmente en las migraciones, pero es el concepto de fondo, por supuesto. El público tiene que darse cuenta de que su movilidad es la misma que la de los migrantes y los refugiados. Esa movilidad pertenece a un marco más amplio que es común». Y añade: «Todo fenómeno artístico, en cuanto representación alternativa a la realidad que vivimos, es político por antonomasia, ya que habla de cómo vivir lo común. En cualquier caso, el trabajo de Jordi Colomer es abierto, no contiene rabia política: es una propuesta poética y generosa donde cabe todo el mundo. La política, aquí, se entiende en cuanto “polis” [del griego antiguo, “ciudad”] y no como partidos», explica para que no haya equívocos.

Y hablando de «polis», precisamente la «ciudad» es el escenario estrella de la propuesta del artista español para defender la tesis del movimiento: «Es lo que constituye realmente lo inmóvil, lo estable geográficamente, el paso de lo trashumante a lo urbano. Es ahí cuando nacen los grandes imperios, de modo que la ciudad se configura como germen de todo lo moderno», explica. Lo cual tiene un fuerte vínculo con lo artístico: «De hecho, el arte contemporáneo surge en los grandes centros de producción económica y cultural». En todo esto, señala el comisario, «Jordi da un paso más. No sólo considera la ciudad un lugar común, sino el escenario para una acción colectiva que da existencia a los propios grupos que participan en ella». Y aclara: «Ésta es la esencia de nuestra exposición».

La estructura del espacio expositivo del pabellón español se compone tanto de escultura precaria como de arquitectura transitoria con el objetivo de conformar un mismo espacio para el acontecimiento de su propio público. No falta el protagonismo de los relatos a través de las técnicas videográficas para contar cómo una comunidad afrontar el espacio urbano entendido como un emplazamiento de intercambio. Un autódromo abandonado o un refugio de caravanas remiten al imaginario del extrarradio: desde los bloques de viviendas de la periferia a los hoteles de playa fuera de temporada. La serie de vídeos que salpican las instalaciones son, así pues, microrrelatos que narran acciones que acontecen en diferentes lugares.

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