miércoles, 07 diciembre 2016
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Cine / Estreno

Luis Tosar: «Cada uno interpreta la patria a su manera»

  • Luis Tosar / Actor

  • Es el teniente Martín Cerezo en el filme dirigido por Salvador Calvo. Un militar que vive un infierno marcado por unas durísimas circunstancias personales

Tosar interpreta al teniente Martín Cerezo, un militar en permanente conflicto
Tosar interpreta al teniente Martín Cerezo, un militar en permanente conflicto

Gallego y con un acento suavísimo, Tosar habla despacio por teléfono. Es atentísimo y sonríe cuando le hablamos del esfuerzo de su trabajo, de que es un actor que sabe empuñar un arma estupendamente y roba como nadie: «Eso es todo un cumplido que hay que agradecer de corazón. Gracias, de verdad», responde. Está acostumbrado –y bien acostumbrado– a los papeles que poseen carga dramática, a los personajes de una sola pieza.Los selecciona concienzudamente y entre los que ha dejado a un lado figuran intervenciones en las exitosas series «Prison Break» y «Juego de Tronos». Tampoco se le caen los anillos si tiene que cambiarle los pañales a su bebé, León.

Cuando tuvo que enfrentarse al teniente Martín Cerezo, un personaje real, atormentado por diferentes circunstancias de la vida, durísimas, le modeló pero sin que este hombre robusto le comiera el terreno: «Estuvimos muy atentos a que no se nos perdiese en la solidez, en la rectitud que exhibe, en el patrón militar con que se conduce. El director y también yo, insistíamos en humanizarle, aunque fuera a través de pqueños matices. Es un militar del ejército que capitanea a medio centenar de soldados en «1898. Los últimos de Filipinas», ópera prima de Salvador Calvo.

–¿Trató de comprender a este hombre? Está marcado por dos pérdidas tremendas, la de su esposa y la de su hija, que en cierto modo le trastornan.

–Intenté entenderle. El reto al que nos enfrentábamos era transmitirle un atisbo de vulnerabilidad, un poco de corazón.

–La atmósfera en la que trabajaron durante el rodaje fue dura en el sentido de que las condiciones lo fueron.

–Así es, fue porque el entorno lo era. La gran apuesta era recrear el estado de paranoia y psicosis al que habían llegado estos hombres, mi personaje en particular. Esa sensación de sospecha permanente del que tenían al lado casi obsesiva, que creo está recreada con enorme acierto. Un escenario en el que nadie se fiaba de nadie y no se daba el brazo a torcer. Era un universo un poco extraño y sospechoso. Ahí reside en gran parte el acierto de la película.

–¿Y hasta qué punto es el personaje al que da vida a alguien cuyo comportamiento es comprensible o incluso excusable?

–No sé si sería más correcto decir que explicable. Martín Cerezo antes de perder el honor es capaz de hacer cualquier cosa, desea salir con honra de aquella iglesia que es una trampa mortal, en la que están todos sus hombres confinados y en la que los va viendo morir poco a poco. La idea del asedio y de la malnutrición y las enfermedades que padecen había que plasmarla claramente.

–Pero, ¿se le puede llegar a entender?

–Hay poderosas razones para comprenderlo. Las pérdidas de sus seres queridos, su mujer y su hija, le han dejado tocado. Él, como militar cree hacer lo que debe.

–A un personaje tan denso, ¿cuesta sacárselo de la piel?

–Uno, al final, hace su oficio. Yo he convivido con este teniente y vas bien mientras no afecte a tu vida. Tienes que aprender a llevar esa tensión a cuestas lo mismo que saber soltarla y relajarte. Además, el trabajo con los compañeros ha sido estupendo.

–Conviven veteranos de la interpretación, como usted, Eduard Fernández, Javier Gutiérrez y Carlos Hipólito, entre otros, con una generación más joven cuartida en el teatro y la televisión.

–Así es. Y nos ha ido fenomenal, porque es como recibir un regalo del cielo, son mágicos, poderoso y generosos.

–En algunas tomas aréas el filme puede recordar a «Apocalypse Now».

–Por supuesto que existen referencias que están muy presentes a la cinta de Coppola y yendo a la génesis no puedo por menos de nombrar a Joseph Conrad y su libro «El corazón de las tinieblas», que recuerde de manera permanente. El director ha tratado de recrear el infierno personal que viven los protagonistas. Los exteriores en Guinea se asemejaban a aquellos parajes de Filipinas, había algo que los hacía acercanos, con esa vegetación tan espesa. Te diré, como anécdota, que en la isla filipina de Baler, donde transcurrió el hecho histórico que se narra en la película, rodó Coppola algunas de las secuencias de «Apocalypse Now».

–¿Le impresionó la historia de este puñado de hombres que llegan a darlo todo por su patria?

–Es bastante representativa de lo que es España. Tenemos capacidad de hacer cosas grandes que se convierten en raras cuando nos dispersamos y otros nos comen el terreno. Recuerdo que en un viaje a Perú me enseñaron el Museo del chocolate, me contaron su historia, cómo era la receta del cacao, que llegó a España, que fue de un lado para otro y, sorpresa, el final era que la primera chocolatería la abrieron en Inglaterra. Y esta película tiene mucho de ese absurdo. A ellos les dejaron olvidados, luchando por algo que ya no existía.

–La idea de patria, tan en la boca de todos últimamente.

–La patria tiene que ser un pensamiento estrictamente personal, entre los que lo tienen claro y aquellos que no lo desean entender. Es un término peligroso porque cada uno lo interpreta a su manera. En la cinta se incide en la parte más humana, son hombres que la defenderán hasta sus últimas consecuencias. No es una película maniquea.

–He leído que su próximo trabajo será una comedia.

–Y es una alegría para mí, que me río cuando interpreto dramas. Será con Daniel Monzón, un tipo bastante divertido y empezaremos a rodar hacia marzo de 2017.

Una ópera prima a lo grande

La primera versión fue protagonizada por aquellos grandes del blanco y negro: Fernando Rey, José Nieto, Guillermo Marín... Ahora el debutante Salvador Calvo (Madrid, 1970, y que estudió dirección de actores con Pilar Miró) pone en pie una ambiciosa crónica de aquel hecho histórico. «No he querido diferenciarla de la película de 1945. Cuando nos embarcamos en el proyecto no la habíamos refrescado, simplemente la recordábamos de haberla visto de niños. Intentamos acercarnos a los hechos», comenta, y añade que «había un historia y a partir de ahí construimos la película. Nuestra idea no era convertirnos en rivales de la primera, en absoluto. Las épocas y los momentos históricos son absolutamente diferentes, con otros valores de por medio. Lo que sí queríamos contar es que las guerras no tienen sentido, que casi todas son económicas y que de ellas no se obtiene nada bueno y, sobre todo, para los que van a combatir», asegura. El elenco es impresionante, con una mezcla de veteranos y jóvenes que se están labrando una carrera en teatro y televisión: «Para una ópera prima no se puede medir más. Soy un director novel que no se podía imaginar un mejor reparto. El proyecto, la historia y el guión resultan bastante potentes. Te calan», señala. Para Calvo, es interesante saber de nuestra historia, pero además, «se trata de una cinta de aventuras que te hace reflexionar, y pensar en los personajes y sobre lo que has visto. Escuchas ecos de lo que hoy sucede».

Los 35 supervivientes

Cuando la guerra contra Estados Unidos y los independentistas de Cuba y Filipinas ya se había perdido y una delegación española negociaba la paz, en Baler, perdido villorrio de Filipinas, un destacamento español, atrincherado en la Iglesia, resistía desde julio los ataques filipinos y las peligrosas embestidas del beriberi. No hubo manera de convencer a los situados de que la guerra había acabado, de que Filipinas se había declarado independiente y de que se estaba negociando un tratado de paz. A finales de octubre, los asediados aún fanfarroneaban, comunicando a los filipinos que si deponían las armas serían tratados con benevolencia. En noviembre, la tropa del teniente Martín Cerezo había sido reducida a 38 hombres, la mayoría enfermos, pero seguía sin aceptar las evidencias de que la guerra había terminado. Y así, muertos de hambre y cubiertos de harapos, resistieron hasta que, en julio de 1899, al cabo de 337 días, los 35 supervivientes aceptaron que ya era hora de deponer las armas y regresar a España. Con ese asombroso episodio terminó la última resistencia. Para entonces, ya habían sido repatriados los soldados que defendieron las colonias y pudo calcularse el costo humano de la desgraciada guerra de tres años contra los independentistas y 16 semanas con Estados Unidos: entre 55.000 y 60.000 muertos (el 90% a causa de malaria, disentería, fiebre amarilla, beriberi...) y el 10 % en combate o a consecuencia de heridas o accidentes. La Conferencia de la paz, reunida en octubre en París, no fue una negociación. Los norteamericanos exigieron que se cumplieran íntegramente todas las condiciones firmadas en el protocolo de paz el 12 de agosto: evacuación de Cuba y Puerto Rico y cesión de Guam como indemnización de guerra; sólo aceptaron a pagar 20 millones de dólares en compensación por Filipinas. O se aceptaba todo o se reanudaba la guerra. Impotentes, los españoles no tuvieron más remedio que firmar el 10 de diciembre la liquidación del imperio. Los mínimos restos que aún quedarían en Oceanía, Marianas y Carolinas, los compraría Alemania a comienzos de 1899.

David SOLAR

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