viernes, 18 agosto 2017
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Cultura / Obituario

Martín Patino: Un rebelde detrás de la cámara

  • Pese a no haber recibido nunca un Goya, nadie duda de la aportación al cine, principalmente, documental, de un realizador que ayer, tras una enfermedad degenerativa, dijo adiós a los 86 años

 Fotografía de Archivo, tomada el 7-11-2005, del cineasta, productor y guionista Basilio Martín Patino
Fotografía de Archivo, tomada el 7-11-2005, del cineasta, productor y guionista Basilio Martín Patino

Fallecía ayer Basilio Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930-Madrid, 2017) a los 86 años –tras una «enfermedad degenerativa», comunicaron sus familiares– y los obituarios –dentro de esa norma universal no escrita de «siempre se van los mejores», sin decir que el castellano no mereciera tal honor– se llenaban de la «incomprensión» a la que había sido desterrado un autor que no paró de investigar con su «cine de autor»; y, probablemente, no le falte razón a ninguno de esos titulares. Sin embargo, fue él el primero en no aceptar premios de las instituciones y vetar la cesión de sus películas a Enrique Cerezo. Aun así, el legado de un hombre que firmó el acta fundacional de la Academia de Cine –de quien sí recibiría la Medalla de Oro en 2005– se va a las más de cuatro décadas de trabajo que le valieron para dirigir, producir y guionizar cerca de 40 cintas desde el compromiso y aportando un lenguaje y una técnica narrativa nunca antes imaginada por la Península.

Sin embargo, su «pecado» fue coincidir con una dictadura que se convirtió en un arma de doble filo e hizo que sus ideales –o a quienes salpicó con ellos– «secuestraran» su arte: le inspiró tanto como le castigó y silenció –incluso hasta hoy–. Con la Guerra Civil como uno de los leitmotiv de sustrabajos, en los 70, algo alejado de los circuitos comerciales y sin que la censura le mermase su ansia, levantaba una trilogía que no podría estrenar en España hasta la muerte de Franco: «Canciones para después de una guerra» (1971), donde a través de imágenes del «NO-DO» y música de entonces ofrece un recorrido por la posguerra española; «Queridísimos verdugos» (1973), en la que se valió de varios ejecutores y familiares de ajusticiados y a la que hizo referencia ayer Pablo Iglesias al conocer la muerte del autor: «Nos deja Basilio Martín Patino, otro grande de nuestro cine. Su brutal ‘‘Queridísimos verdugos’’ retrató un país», indicaba en Twitter; y «Caudillo» (1974), evidentemente, sobre Francisco Franco y donde llamó asesino al protagonista con la suficiente sutileza para que solo Carrero Blanco lo entendiera, suficiente para ser vetada con la pena de cárcel para quien las difundiera.

Ya entonces había presentado el gran hito de su filmografía, «Nueve cartas a Berta» (1965), Concha de Plata en San Sebastián, éxito y vía libre para asomarse a la cartelera pese a unas semanas flirteando con la censura. Era la primera película de Martín Patino – su inicial guión cinematográfico, «Amanecida», obtuvo el Premio Nacional de Guiones para TVE en 1961, y, tras ellos, vinieron los cortos «El noveno» y «Torerillos»– y el realizador se sumó a la corriente del «nuevo cine español»: «Esta es la historia de un español que quiere vivir, y a vivir empieza», parafraseaba la cinta en su comienzo a Antonio Machado. Para, a continuación, dejar el peso a un Emilio Gutiérrez Caba (Lorenzo) recién llegado de Inglaterra y enamorado de Berta, con quien entablaría un carteo en el que explicarla la realidad que vivieron sus padres (exiliados). Filme que comenzó a rodar en «su» Salamanca –el otro pilar de su filmografía– el 14 de abril del 65 con toda la intención.

Ése era el carácter rebelde y decidido de este intelectual nacido de profesores católicos y cuyo hermano menor, José María (1925-2015), fue secretario del cardenal Tarancón. Ya en sus años de estudiante de Filosofía y Letras en Salamanca, fundó, en los años cincuenta, el cine club universitario, que terminaría en la revista «Cinema Universitario» y foro de las primeras Conversaciones Cinematográficas de Salamanca, que tuvieron influencia decisiva en la evolución del cine español de posguerra.

Fue un espejo en el apartado documental para gente como José Luis Guerín y Lois Patiño, pero sin descuidar la ficción, como demostró «Nueve cartas a Berta». La censura de entonces le agotó tanto como para que después de su siguiente película, «El amor y otras soledades» (1969), decidiera colocarse en los márgenes de la industria. Continuaría con «Los paraísos perdidos» (1985), «Madrid» (1987) y «Octavia» (2002), Mejor Película del Tiburon International Film Festival de EE UU y cinta, estrenada durante la Capitalidad Cultural de Salamanca, con la que dijo que se jubilaba «para siempre del cine».

Martín Patino también fue un autor prolífico en el ámbito de los montajes videográficos, las colaboraciones con el medio televisivo e hizo promocionales como el de la candidatura de Sevilla a la Expo’92, «El nacimiento de un Nuevo Mundo», con el que se ganaría la convocatoria.

Sus últimos audiovisuales fueron «Homenaje a Madrid» (2004), con motivo de los atentados islamistas del 11-M y que se proyectó en PHotoEspaña; «Corredores de fondo» y «Fiesta» (ambos de 2005) y mostrados en los Pabellones de España de la Bienal de Arquitectura de Venecia y la Exposición Universal de Aichi (Japón), respectivamente. Y, por último, quedará su documentación del 15-M: «Libre te quiero» (2012), que rodó «desde dentro», dijo.

Una pérdida que el ministro de Educación, Cultura y Deporte y amigo personal de su hermano José María Martín Patino, Méndez de Vigo, lamentó ayer al mismo tiempo que anunció que «el año que viene [coincidiendo con la donación de los fondos personales del cineasta a la Filmoteca Española] se hará una retrospectiva de su obra para que todos los ciudadanos puedan conocer a este importante director».

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