martes, 22 agosto 2017
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España

La resurrección de Paesa: la picaresca del conseguidor

  • El enigmático Francisco Paesa vuelve a la actualidad tras años «desaparecido». El próximo estreno de la película del director Alberto Rodríguez, «El hombre de las mil caras», y una entrevista en «Vanity Fair» le devuelven a la primera línea de la actualidad.

La resurrección de Paesa: la picaresca del conseguidor

Francisco Paesa ha recibido la apresurada etiqueta periodística de espía, cuando no es más que un pícaro megalómano crecido a la sombra de las debilidades de nuestros servicios de inteligencia. Paesa no ha jugado su vida o su libertad espiando a nadie y, probablemente, no sabe hacerlo. Sí es un personaje singular, que combina una atmósfera cero sobre sí mismo y una necesidad recurrente de que se ocupen de él los medios de comunicación. Su biografía es inexistente: no hay rastro de sus estudios, si los tuviera, ni de actividades remuneradas por cuenta ajena; no puede afirmarse si es soltero o alguna vez contrajo matrimonio, o tiene hijos o quiénes fueron sus padres, o si tiene hermanos o existe alguna persona de su servicio doméstico que pueda ilustrar sobre sus costumbres. Sólo se tiene noticia de una «sobrina» que le hace de lanzadera financiera con Singapur. Ni propiedades ni negocios. Por ese costado nuestro hombre es una hoja en blanco.

Paesa «nace» en Ginebra o Lausana, dando el brazo a Devi Sukarno, viuda del padre de la patria indonesia. Una japonesita que sedujo al presidente vitalicio con 18 años y que destacó por la violencia de su carácter y por editar un libro con sus desnudos integrales. ¿Cómo había podido conectar un españolito completamente desconocido con la delicada flor de té adoptada por la nata social europea? A falta de una investigación seria, en los finales del franquismo creció una leyenda urbana. Paesa habría sido pasante de un notario conocido por sus actividades antifranquistas y republicanas. El notario había redactado la Constitución de nuestra Guinea independiente, mantenía estrechos lazos con su primer Presidente, Macías, y se había encargado de la emisión de los primeros sellos de correos. Mandó a su fámulo Paesa a Bata con la filatelia y a cobrar dos millones de dólares. Nuestro hombre aterrizó en Ginebra, montó un chiringuito financiero y logró exhibirse con la nipona, tan arribista como él. El notario me ha negado repetida veces que la historia fuera así, y le creo, pero puede que integre elementos dispersos de verdad que explicarían el paso de Paesa de la nada a una efímera notoriedad que siempre ha estado bajo toda sospecha.

Vuelve a hablarse de él, pero en prudente voz baja, en 1986 con ocasión de la «Operación SOKOA». El Mosad israelí y la CIA decidieron ayudarnos vendiendo a ETA dos misiles SAM 7, tierra-aire de disparo personal y guía infrarroja, adecuados para originar una tragedia desde las proximidades de una pista de vuelo. Los cohetes llevaban emisores de señales y propiciaron una de las más importantes caídas de la banda. Ante policías que le han tratado, Paesa presume de haber sido él quien vendió los cohetes marcados a los etarras. Si así fuera sería una temeridad contarlo, pero tampoco puede relacionarse al fabulador con el tráfico europeo de armas, ni parece lógico que el Mosad y la CIA conviertan a este hombre en eslabón de una operación tan compleja.

Tras la dimisión de José Luis Corcuera por la inconstitucionalidad de su Ley de «patada en la puerta», el Gobierno socialista estaba sumido en tal desorden que Felipe consideró nombrar ministro del Interior al director de la Guardia Civil, Luis Roldán. Advertido a tiempo, se decantó por el secretario de Estado de Instituciones Penitenciarias, Antonio Asunción, quien junto a su ministro Enrique Múgica, había diseñado la dispersión penitenciaria que evitaría una ETA-2 en las cárceles. Toni Asunción duraría cuatro meses en el cargo, y no dimitió por la huida de Roldán, sino porque el ministerio era un cajero automático y una casa de lenocinio donde cada cual hacía lo que le daba la gana, incluido negociar con Roldán y con ETA.

Su sustituto, Juan Alberto Belloch, juez, biministro de Interior y Justicia, tenía los encargos de apagar los escándalos de la corrupción y hacerle un cortafuegos judicial a Felipe González. Belloch sí que se entregó a Paesa para que trajera Roldán. Asunción dejó amigos en la casa que le relataban cosas. La relación Belloch-Paesa era extravagante y el último hacía dejar sobres en la recepción ministerial, no se sabe si con textos mecanografiados o autógrafos. El ministro, según secretarias, manejaba los mensajes con guantes y una pinza, puntilloso en dejar sus huellas dactilares.

En este enredo de pícaros nunca se sabrá si los 30 millones de dólares detraídos por Roldán pasaron a Paesa, como seguirá siendo materia reservada cuánto cobró Paesa por engañar a Roldán y al Estado español.

Publicar su necrológica denota una personalidad alterada, porque nadie le estaba buscando. Como cuando subía a la redacción de un periódico para vender sus intereses y lo hacía con un casco de motorista con la visera bajada, entre las risas de los redactores, que ya sabían quién era.

Una película sobre su vida es tan legítima como cualquier otro entretenimiento; se proyectan cosas peores, pero pretenderle al film una mínima base documental es metafísicamente imposible. Este pequeño conseguidor de opereta también busca relevancia en «Vanity Fair», pero sigue novelándose a sí mismo y no ha pulido en estos años su lenguaje de mercado de hortalizas. Como sentenció Rafael El Gallo cuando Ortega y Gasset se presentó como catedrático de Filosofía: «Hay gente pa to».

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