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Anna Netrebko pierde el glamour

Diva entre las divas, la soprano con más relumbrón del planeta se da a la vida bohemia en la aplaudida y hippie producción de «La Bohème» de Salzburgo. Incluso luce tatuaje en el cuello

  • MORIBUNDA. Mimí (Netrebko) junto a Rodolfo (Beczala) en los momentos finales del drama pucciniano
  • Netrebko luce un tatuaje en su cuello (su pareja, Erwin Schrott, también es aficionado). ¿Motivo? La red se hace eco de las teorías más variopintas
Gema Pajares. 

Tiempo de lectura 8 min.

12 de agosto de 2012. 22:19h

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Pregunta: ¿en qué se parecen Angela Merkel y Anna Netrebko, la soprano rusa más importante del siglo XXI? Aunque pueda parecer que compartir comparten poco, lo cierto es que las une algo: una ciudad austriaca y un festival de música que se celebra en ella. Las dos, con sus notables diferencias, no faltan a su cita anual en Salzburgo. La canciller alemana ha visitado esta edición, como tiene por costumbre, mientras que la soprano, ahora nacionalizada austriaca, ha dejado con la boca abierta y las palmas hirviendo de tanto aplauso al respetable que ocupaba en patio de butacas (como también es ya costumbre). Hace un par de años pudimos ver un documento gráfico que avalaba la disposición de la mandataria a este tipo de acontecimientos. En él se la veía departir con la artista nacida en Krasnódar (Rusia). Sin ir más lejos, cada mes de julio, Merkel, como mandan los cánones, repite modelo de noche y se deja caer por el elitista y centenario festival de Bayreuth (ojo, que este agobiante 2012 no ha sido el único en que ha repetido traje de gala, para ella es una costumbre), luego interés por la clásica, tiene.

Aunque el año pasado hubo rumores de que Netrebko podía dejar al festival salzburgués de lado, la realidad ha sido otra. Un año más se ha vuelto a coronar como la reina en una de las ediciones más populares (gracias a su nuevo intendente, Alexander Pererira, procedente de otra casa grande, la Ópera de Zurich, que quiere acercar al respetable los títulos más populares del repertorio) y que reúne a las mejores voces de la lírica. La culpa, bendita sea, la ha tenido Puccini (con permiso de Gerard Mortier, que dirigió el encuentro durante diez años) y uno de sus títulos más emblemáticos, «La Bohème», que el citado y listo Pereira ha recuperado. Y es que en los 90 años de historia del festival, Puccini había estado programado únicamente en dos ocasiones, con «Tosca» y «Turandot». ¿Quién mejor que la Netrebko para ponerle voz y presencia? En pleno siglo XXI, la puesta en escena se ha pasado a la bohemia y ha teñido Salzburgo de un aire hippie-chic, alejadísimo de aquella imborrable «Traviata» que la consagró en esta misma plaza en 2004 y en la que lucía sugerente lencería, medias de seda y bata del mismo tejido con grandes flores mientras Rolando Villazón la devoraba con los ojos.

Borsalino y bufanda
La escenografía de Michieletto  –alabada y contestada, aunque no a partes iguales– hizo lo demás (algunas de las imágenes, como las del vidrio mojado sobre el que se puede leer el nombre de «Mimi», son un hallazgo), pero la fuerza estaba en la presencia femenina, sobre todo en ella, la gran diva. Abrigos grandes, un borsalino fucsia con brillos,  una boina violeta, larguísimas bufandas, pulsera de pinchos, botines de media caña, Anna se ha convertido en la heroína perfecta en cada función, aunque tal y como es la producción, el «glamour» no existe. La tuberculosa y delicada Mimí (ella la interpretó en una versión cinematográfica en 2008, absolutamente fiel en espacio y tiempo al libreto) llama a la puerta de su vecino, aspirante a escritor, de nombre Rodolfo (que interpreta el tenor Piotr Beczala) en busca de fuego para encender su cigarrillo y se transmuta en musa folk a la manera de Marisa Berenson o Ali MacGraw allá por los 70, medias de rejilla incluidas. Todo esto sin perder de vista su bolso, uno tipo Desigual de buen tamaño y con bandolera. Si los pinchos van a convertirse en un «must» y en tendencia en este otoño-invierno próximo, Netrebko ya ha adelantado en Salzburgo cómo se debe llevar en su abrigo tres cuartos de cuero (que es otro de los tejidos que pegarán fuerte). Para corroborar, además, que la soprano está al tanto de lo que se lleva y lo que no, en el lado derecho de su cuello luce un pequeño tatuaje, un perrito, que sólo es apreciable con prismáticos (sobre todo, a la hora de saludar), pues la melana lo oculta durante la representación. En la red circulan varias teorías: 1/ le gustan los «tatoos», sencillamente, y ha decidido grabarse uno discreto y en un lugar poco visible; 2/complementa perfectamente el aire bohemio de esta Mimí, y 3/ha decidido solidarizarse con el baritono ruso Evgeni Nikitin, expulsado de la apertura (y siguientes funciones) del Festival de Bayreuth por lucir en su pecho un dibujo con connotaciones nazis. «No quiero mezclar lo que es mi vida privada con la interpretación de este personaje porque no tiene nada que ver», asegura la soprano, para quien su «partenaire» Beczala (a quien el aspecto «gafapasta» le hace un flaco flavor) es uno de sus tenores favoritos: «Nuestras voces encajan a la perfección. Además de esta ‘‘Bohème'' estamos dando vueltas a algún proyecto que nos vuelva a reunir en el futuro. Vivimos en el mismo edificio en Nueva York y mantengo una estupenda relación con su esposa».

Sus compañeros de reparto, en la misma línea, han gastado fulares y sombreros con igual soltura y gafas de pasta al más puro estilo bohemio, el cabello revuelto e incluso alguna prenda con dibujos de leopardo. No han faltado los complementos en forma de medallones con largas cadenas o camisetas con una calavera. Bohemia por encima de todo.

Un año más, Netrebko cantó y convenció. Su voz ha ganado en madurez y domina la escena. Para Antonio Mora, «es una cantante de raza que pisa sobre el escenario y posee personalidad. Canta con una naturalidad impresionante, como si estuviera hablando. Posee voz de lírico ligera y expresa muy bien», asegura el director del Centro Nacional de Difusión Musical. Además, se sabe querida por el público y respetada por cada uno de sus compañeros: el citado Beczala, Nino Machaidze, Carlo Colombara, Massimo Cavaletti y el pujante Alessio Arduini, a quienes en una de las funciones se unió otra de las vacas sagradas de la lírica actual, Jonas Kauffmann, en una función histórica. Pues bien, poco antes, diez minutos, no más, de que comenzara la representación, el intendente Pereira subió al escenario y comunicó que el tenor «titular» Piotr Beczala no podía cantar por un problema en sus cuerdas vocales. Silbidos, palmas y monumental enfado del público que se aplaca cuando el director enseña el as que guarda en la manga: ¿Les parece un buen sustituto Jonas  Kauffmann?. Los aplausos estallan. Poco importó que la representación se demorase 40 minutos para que el sustituto pisara el escenario (disfrutaba junto a su familia, mujer e hijos, de una jornada en los lagos salzburgueses y se le comunicó vía móvil). Pero ahí no acaba la singularidad de la representación pues esa noche Mimí-Netrebko estaría acompañada de dos Rodolfos: la voz la ponía Jonas, la presencia sobre el escenario era de Piotr. Nunca se halló una dama de tenores tan bien servida.


Al más puro estilo de Puccini
En 2008 el director Peter Dornhelm llevó a la pantalla la versión cinematográfica de «La Bohème». Ni pinchos ni largas bufandas ni bombonas de gas. Al más puro estilo pucciniano, la versión era absolutamente fiel al libreto. Volvía a reunirse la pareja Villazón-Netrebko, que siempre ha funcionado. Junto al momento estelar en el restaurante, lleno de color y movimiento, la muerte de Mimí volvía a llenar los ojos de lágrimas. Con lo que no contaba el realizador es con el embarazo de Netrebko: «Me quedé helado cuando me lo dijo porque su personaje ha de ir perdiendo peso a medida que avanza la historia», comenta. Y no fue así, claro está. La soprano luce al arrancar la película rebosante de salud y acaba demacrada por la tuberculosis. El maquillaje lo hizo todo y las costureras se encargaron de adaptar los vestidos al estado de la artista. Villazón dio rienda suelta a su capacidad interpretativa: «No quería evitar mis gestos operísticos ni negar que soy un actor de ópera», dijo.


¿A por el pastel de chocolate?
No lo niega, al contrario, es uno de sus vicios confesables: ir de tiendas y fundir la tarjeta de crédito (si se cruzan en el camino unos Louboutin, mejor que mejor), lo mismo que no esconde su aversión por los larguísimos viajes en avión que ha de realizar un mes sí y otro también. Por las joyas tampoco pierde la cabeza; sin embargo, la firma Chopard hizo gala de buen olfato y la fichó como modelo para lucir relojes y pulseras. Daba la sensación al ver las imágenes de que hubiera estado toda su vida frente a los focos. No fue la única marca que vio en ella un filón que explotar: su mirada, sus gestos sugerentes, su melena y su esbelta figura se convirtieron en un reclamo para el lujo. Y ella se mostraba feliz –lo confesaba– de lucir vestidos, complementos y zapatos con nombre propio. Todo eso sin dejar a un lado la ópera. El siguiente paso: ¿un pastel con nombre propio como lo tiene René Fleming, la diva del Met?

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