viernes, 20 enero 2017
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Afónicas

Nuestras intrépidas feministas no han dicho ni mú –y lo dicen muy bien– respecto a la propuesta del Partido Popular de prohibir el «burka» en los espacios públicos. Eso quiere decir que a nuestras intrépidas feministas les gusta el «burka», la humillación de la mujer, su indigno sometimiento y su falta de libertad. A este paso, nuestras intrépidas feministas van a terminar comprendiendo «culturalmente» la lapidación de las mujeres musulmanas que echan un quiqui al aire. Se vuelve a lo mismo de siempre. Las intrépidas feministas españolas, antes que feministas, son militantes de una retroprogresía desnortada por la estupidez. Ahí está Bibiana Aído, al mando de la tropa. De la tropa afónica.

Una sociedad desarrollada en los derechos humanos que recibe a quienes, en lo que a derechos humanos se refiere, aún no han alcanzado los albores de la Edad Media no puede permitirse el lujo de la comprensión y la tolerancia máximas. Más aún, cuando los Estados que nos proveen de estos inmigrantes no comprenden ni toleran las creencias o costumbres de los extraños. Pero aquí somos tontos. Bueno, no tanto. Una parte  de la sociedad se ha apercibido del peligro que la tolerancia imbécil representa. En Cataluña, gobernada por socialistas, ha nacido la iniciativa, y el Partido Popular ha tomado el relevo. No obstante, la ministra de la Igualdad –produce pasmo y risa la existencia de dicho Ministerio– nos ha dicho que prohibir el «burka» es reaccionario, porque significa castigar a la mujer ya castigada. Es decir, que reconoce que el «burka» es un castigo que merece su tolerancia. Y las feministas, afónicas, como es de esperar de toda reunión de militantes subvencionados.

Si a un espacio público no se puede acceder con casco ni con pasamontañas ni con antifaz, también el «burka» es inadmisible. No termino de entender que se hable de polémica. No hay tal polémica.  La polémica la han creado los tolerantes desnortados. España no quiere «burkas»,  ni mujeres humilladas, sometidas, vejadas y disminuidas por su condición de tales. Si su religión les obliga a ello, que se queden en su país y con su religión, pero no pueden pretender aquí la comprensión que allí niegan. Entre sus países de origen y Europa no median unos centenares o miles de kilómetros. Median diez siglos de diferencia, de transformación de la sociedad, de avances en los derechos humanos y de respeto –sí, señoras feministas afónicas–  a la mujer. El «burka», aunque no les disguste a Bibiana Aído y a una buena parte de las feministas militantes subvencionadas, es un despropósito insultante en una sociedad civilizada.

O responde, y con prontitud y sin complejos, el mundo occidental, o poco a poco vamos a vernos sometidos a la implacable Edad Media. El islamismo se siente a gusto en aquella época. Los socialistas, o al menos los que nos gobiernan, confunden demasiados conceptos elementales. Un «burka», al menos para quien escribe, además de un insulto, es una agresión. Significa el pleno dominio machista sobre un ser humano. Pero nuestras feministas están afónicas.  Tienen que hacer demasiados mapas de los clítoris como para perder el tiempo en tonterías. El día que se prohíba en España y en Europa el uso de las prendas que humillan a la mujer, las feministas militantes harían bien en disolver sus asociaciones. Por inútiles, por cínicas y por mudas.

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