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El futuro de Irak tras la reconquista de Mosul

El «califato» se sustenta en tres pilares: el califa (sucesor del profeta) como líder político religioso, un territorio y un sistema de gobierno basado en la sharia (ley islámica)

  • Imagen de la destrucción de Mosul a través de la ventana de una habitación de hotel también demolida
    Imagen de la destrucción de Mosul a través de la ventana de una habitación de hotel también demolida / AP
Miguel Ángel Ballesteros Martín. 

Tiempo de lectura 4 min.

16 de julio de 2017. 04:13h

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Miguel Ángel Ballesteros Martín.  16/7/2017

Con el anuncio de la reconquista de la ciudad, hecha por el primer ministro de Irak, el suní Haider al Abadi, el mal llamado Estado Islámico pierde la ciudad más importante del califato, todo un símbolo. Recordemos que el 29 de junio de 2014, su líder Abu Bakar al Bagdadi proclamó el califato desde el «mimbar» de la mezquita de Al Nuri. La idea de expandir el califato ha movilizado a muchos combatientes yihadistas en todo el mundo.

El «califato» se sustenta en tres pilares: el califa (sucesor del profeta) como líder político religioso, un territorio y un sistema de gobierno basado en la sharia (ley islámica), siguiendo el modelo que se implantó tras la muerte de Mahoma en el año 632.

Con la derrota militar en Mosul y la previsible de Raqa en Siria, unido a la más que probable muerte del carismático «califa» Ibrahim el pasado día 22, a causa de un bombardeo ruso, el califato queda gravemente dañado, aunque el Daesh buscará nuevos territorios donde lamerse sus heridas y un nuevo líder al que investir como califa. Ese territorio podría ser Libia o el Sahel, un territorio inmenso sin apenas control estatal.

Estamos ante una nueva etapa para la que conviene tener una estrategia con el objetivo de acabar con el terrorismo yihadista. Objetivo ambicioso y nada fácil de lograr.

El Daesh creció aprovechando el conflicto étnico religioso de Irak. El primer ministro Al Maliki, utilizó el apoyo mayoritario de los chiíes, el 62% de la población, para imponer una política que marginaba a la minoría suní (22%), lo que generó un gran malestar en las regiones suníes. Eso, echó a no pocos suníes y muy especialmente a antiguos militares del ejército de Sadam en los brazos de Al Qaeda en Irak, grupo que desde octubre de 2006 se autodenominaba Estado Islámico de Irak. La combinación de los antiguos militares con experiencia en la lucha por la conquista de territorios, adquirida en las guerras contra Irán y Kuwait, unido al empleo del terror que los grupos yihadistas como estrategia asimétrica, resultó ser una mezcla explosiva de gran potencia, capaz de conquistar rápidamente territorios y controlarlos.

Para no volver a caer en los mismos errores en los que cayó en 2012, el Gobierno de Bagdad debe ser un gobierno de concentración nacional, que anteponga la paz y la estabilidad del país a cualquier otra pretensión.

Con la conquista de Mosul podría afirmarse que la guerra ha terminado y, sin embargo, la experiencia dice que el periodo de postconflicto que se inicia ahora es mucho más complejo y difícil de abordar. Hasta ahora, toda la comunidad internacional tenía claro el objetivo a alcanzar: había que arrebatar el territorio al Daesh y debía ser el Ejército iraquí el que llevara el esfuerzo por tierra con el apoyo aéreo de la coalición internacional. Para eso había que formar al Ejército iraquí y que ese adiestramiento sirviera para inculcarle la moral de combate de la que carecían. Ese ha sido y sigue siendo el trabajo de nuestros militares en Besmayah, donde ya han formado a unos 25.000 efectivos iraquíes.

La estrategia cooperativa de apoyo a las tropas iraquíes que la comunidad internacional ha llevado a cabo mediante la operación «Inherent Resolve», en la que participan 60 países liderados por EE UU, da una idea de la unanimidad en el objetivo a alcanzar, pero una vez conquistada Mosul la tentación es dar por alcanzado el objetivo y retirarse de la operación y, sin embargo, la estabilización de Irak requerirá un gran apoyo internacional a un gobierno de concentración nacional, que evite los errores del pasado. En todo caso el liderazgo y la decisión de la estrategia a seguir le corresponde al Gobierno iraquí de Al Abadi.

El postconflicto en Irak será muy complicado si tenemos en cuenta, que según Acnur hay unos 3,2 millones de iraquíes desplazados, repartidos en 3.000 localizaciones distribuidas por todo el territorio iraquí. Gran parte de las ciudades donde se ha combatido presentan un alto grado de destrucción, que requerirá ayuda económica y tiempo para reconstruirlas, y posibilitar el retorno de los desplazados y el restablecimiento de la actividad económica.

El mayor reto será restablecer la convivencia entre suníes y chiíes, quebrada tras décadas de enfrentamientos y ataques recíprocos. La tentación podría ser la división del país en tres territorios para los chiíes, suníes y kurdos. Una solución que no resolvería el problema y provocaría un mayor enfrentamiento en las zonas de solape entre comunidades y operaciones de limpieza étnica en todo Irak.

La fuerte resistencia, que las milicias kurdas iraquíes, los pesmergas, opusieron al avance de los yihadistas, hizo que algunos países europeos y EE UU, optaran por proporcionarles apoyo mediante el suministro de armas. Esto les ha otorgado una mayor influencia en la zona, que podrían aprovechar para pedir la independencia de la región kurda iraquí, lo que a medio y largo plazo puede acabar desestabilizando todo el Kurdistán. Un vasto territorio repartido entre Turquía, Siria, Irak e Irán que se convertiría en un conflicto de consecuencias impredecibles.

Irán va a jugar un papel importante en el futuro de Irak, ya que tiene una gran influencia sobre los líderes chiíes iraquíes, pero también debe evitar la tentación de trasladar a Irak su enfrentamiento con Arabia Saudí por el liderazgo regional.

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