sábado, 19 agosto 2017
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Internacional

Paradojas de una mayoría de centro

La Asamblea Nacional recién elegida no se va a parecer en nada, ni por la personalidad de los diputados designados ni por su afiliación política, a las anteriores. Francia ha renovado casi por completo el personal político en unos pocos meses y de forma perfectamente democrática.

La República en Marcha, el partido de Emmanuel Macron, sólo lleva catorce meses existiendo. Está formado por profesionales jóvenes, muchos sin la menor experiencia política, provenientes de la «sociedad civil», como se ha dado en llamar a la gente normal. La amplitud de su triunfo es asombrosa. Aunque tenga muchas explicaciones que van del fracaso rotundo de los partidos tradicionales a las características de un sistema mayoritario que exagera los resultados electorales, la «gran limpieza» política que vive Francia plantea más preguntas que respuestas.

Hay una primera paradoja. Lo que está pasando, este espectacular pero ordenado «váyanse todos», es precisamente lo que querían conseguir los populistas, sean de extrema derecha o de extrema izquierda, los seguidores de Marine Le Pen y de Jean-Luc Mélenchon, cuyo fracaso ha sido casi tan estrepitoso como el de los partidos de gobierno. Los populismos ya no podrán hacerse los únicos promotores de la renovación política.

Luego está el «absolutismo» de una mayoría tan amplia. El sistema está hecho para garantizar la estabilidad tradicional de una confrontación derecha-izquierda. Las dos ofertas políticas se turnaban en el poder y cada una podía gozar de la gobernabilidad que otorga el sufragio mayoritario a dos vueltas. Así lo había querido el general De Gaulle al inventar la V República. Ahora que la dicotomía derecha-izquierda parece que ya no funciona, resulta que el partido que llega a conquistar el «centro» se encuentra en una posición invulnerable, porque puede contar con los votos de la derecha cuando está enfrentado a la izquierda y viceversa.

El resultado es que nos encontramos con una mayoría en la Asamblea que no tiene nada que ver con la verdadera relación de fuerzas en la opinión pública. Basta recordar que, en la primera vuelta y teniendo en cuenta una abstención masiva, sólo un 15,3 % del electorado fue a votar a favor de los candidatos de En Marcha. El nivel record de la abstención que se ha confirmado en la segunda vuelta es preocupante. No resta legitimidad al nuevo Parlamento, pero invita a la prudencia en cuanto al futuro.

Al tener una mayoría tan amplia, Macron puede llevar a cabo cualquier proyecto de ley que él quiera. Su libertad de maniobra es total. Pero también su propia responsabilidad. Cualquier fracaso se le imputará directamente. Es otra paradoja de la situación presente, que se consolidan las instituciones, tal y como se pretendía en los orígenes de la V República, con un poder presidencial más fuerte, frente a una Asamblea más débil.

Macron ha conseguido dinamitar la clase política y destrozar los partidos tradicionales. El Partido Socialista está moribundo aunque muchos de sus militantes hayan encontrado cobijo bajo En Marcha. Los Republicanos, la derecha clásica, está más dividida que nunca. Ambos partidos, que han gobernado Francia desde la posguerra, carecen de líder, de programa y hasta de ideología. En cuanto a los populistas, siguen ahí, dispuestos a aprovecharse del primer fallo, pero sin desconocer sus propios límites, puestos en evidencia por su fracaso ante el fenómeno Macron.

El hundimiento del orden anterior no es sólo negativo. Ha surgido una fuerte esperanza de cambio que sería peligroso defraudar. Ahora queda por demostrar que no se trata solamente de cambiar las caras y que existe realmente otra manera de hacer política. Esto no va a ser fácil, una vez que se trate de tomar decisiones que no pueden agradar a todos.

Las divisiones de la sociedad francesa no han desaparecido en unas pocas semanas. Si una mayoría está dispuesta a darle su oportunidad al nuevo presidente, este momento idílico no puede durar y los conflictos surgirán de una forma o de otra. El verdadero debate ya no tiene lugar en el Parlamento, sino en las redes sociales, en las tertulias de las televisiones y en la calle. Por ahora, los sindicatos han tomado nota del nuevo panorama político y se muestran prudentes, pero es sabido que las reformas laborales suelen dar resultados negativos antes de que aparezcan los beneficios. Por ahora, a Macron le está saliendo todo bien, hasta el punto de que la «Macronmanía» se ha puesto de moda. Está devolviendo a la presidencia de la República la autoridad y la dignidad que sus antecesores, el atemorizado Hollande y el agitado Sarkozy, habían dañado. En sus contactos con líderes extranjeros ha mostrado que puede llegar a ser un estadista ejemplar. Si logra reformar Francia y poner en marcha una renovación de la UE, habrá conseguido una verdadera hazaña.

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