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Vivir en la gran prisión de Raqa

Durante la ocupación yihadista de la ciudad siria, las minorías fueron obligadas a huir y abandonar sus viviendas, que fueron ocupadas por los combatientes del Estado Islámico. Aquellos vecinos que no juraban su lealtad al califato eran ajusticiados en la calle para extender el miedo entre la población

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    / Reuters
Ethel Bonet.  Beirut.

Tiempo de lectura 5 min.

23 de octubre de 2017. 01:13h

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Ethel Bonet.  Beirut. 23/10/2017

“Raqa es mi ciudad natal y dejarla era impensable”, dice a LA RAZÓN Abdulrahman (un nombre falso) en una entrevista vía Skype. Cuando comenzó la guerra civil en el país en 2011, “me quedé con mi familia y, a pesar de los bombardeos del régimen, mantuve mis dos trabajos”, explica este desplazado de Raqqa antes de agregar que cuando llegó el Estado Islámico (EI) a la urbe fue muy difícil continuar con la normalidad: “Las cosas se pusieron muy difíciles para nosotros y tuvimos que huir”.

“Cuando el Daesh (acrónimo en árabe de EI) capturó la ciudad (en enero de 2014) provocó un cambio demográfico en la ciudad, cómo no había visto nunca antes", exclama Abdulrahman, que como muchos compatriotas vive con sus familiares en los campamentos de refugiados de Ain Al Arab. “Combatientes extranjeros de todas partes acudieron a la ciudad, trayéndose a sus familias con ellos", indica.

Según este desplazado, aquellos que no eran musulmanes suníes fueron alentados a abandonar Raqqa. Y así, los nuevos “colonos” comenzaron a hacerse con las viviendas que habían quedado desiertas pertenecientes a oficiales del régimen, empleados del Gobierno, rebeldes o de grupos étnicos en minoría como kurdos o cristianos.

“Aquellos que aceptaban unirse al Daesh solicitaban permiso a sus líderes para hacerse cargo de las casas abandonadas de sus antiguos vecinos”, explica Abdulrahman.

Los yihadistas irrumpían en los apartamento vacíos y reclamaban todo lo que había dentro de ellos. Si el propietario no se presentaba personalmente para reclamar sus posesiones, todas las pertenencias se transferían al nuevo inquilino seleccionado por el EI.

Para aquellos que no se afiliaron al Daesh les resultó difícil encontrar un trabajo en Raqa. La mayoría de las edificios gubernamentales se cerraron, y los funcionarios tuvieron que recurrir a la agricultura o la construcción, señala Abdulrahman.

Debido a estas circunstancias extremas y la falta de oportunidades de trabajo, muchos tuvieron que recurrir al EI, aún no estando de acuerdo con la ideología radical del grupo. El reclamo de muchos jóvenes fue precisamente el dinero y las armas. Un combatiente yihadista empieza a ganar unos 200 dólares al mes en Raqa. Si se desplazan desde otros países, especialmente de Europa, reciben otros 400 dólares adicionales en concepto de pago por migración. Si deciden casarse, reciben una bonificación de 1.200 dólares y un apartamento amueblado, que generalmente lo obtendrá en unos dos meses.

Aparte de los incentivos financieros, el respeto y el miedo que conlleva ser un combatiente del EI atrae a algunos jóvenes. Sin embargo, ante la perdida de territorio y el alto número de bajas en la batalla, muchos combatientes decidieron desertar. Así, desde que el EI perdió Mosul y otras zonas de Irak y Siria este verano, “obligaron a todos los hombres mayores de 14 años a registrase para ir a combatir”, explica a LA RAZÓN Abu Muhamad, ex activista del grupo “Raqq está siendo sacrificado en silencio”.

“Los niños y adolescentes son más vulnerables que los adultos a la propaganda del grupo. A los menores se les adoctrinaba desde pequeños para garantizar su fidelidad a las ideas extremistas”, indica Abu Muhamad. El Estado Islámico creó un batallón de niños soldados a los que se les ha robado la infancia.

Los parques y otros espacios públicos de la ciudad de Raqa se convirtieron en patíbulos donde los yihadistan ejecutaban a todos aquellos que no obedecían las estrictas normas que implantó el grupo yihadista. Cabezas cortadas y cuerpos en descomposición cubrían las calles para recordar a los habitantes de Raqa cual seria su destino si no cumplían con la ley de la "Sharía".

Uno de los lugares más temidos fue la plaza del Reloj, en donde cada día se practicaban unas trece ejecuciones”, recuerda Abu Muhamad. A los que acusaban de espías, blasfemos o asesinos les cortaban el cuello como si fueran animales sacrificados. Otros eran decapitados por la espalda, y a las mujeres las fusilaban o morían lapidadas.

"Si una mujer hacía algo mal, el Daesh la apedreaba con piedras. Si alguien fumaba, le cortaban los dedos de la mano con que solía fumar. Y si alguien decía algo malo sobre el EI le cosían la boca”, explica el activista de Raqa.

Los menores han presenciado las ejecuciones y los bombardeos aéreos han formado parte de su rutina diaria. La mayoría de los niños que ahora están en los campos de refugiados viven traumatizados por la violencia que han vivido en Raqa.

Rashida, de 13 años, no puede dormir por las noches. “Vi como el EI decapitaba a personas y después dejó los cuerpos en el suelo. Cuando cierro los ojos veo esos cuerpos tirados en el suelo y me asusto mucho”, explicó la niña en una entrevista a Save The Children.

Mujeres extranjeras que llegaron a Raqa para ser esposas de los yihadistas están atrapadas ahora en los campamentos de refugiados, muchas de ellas viudas, sin poder regresar a sus países.

Muchos gobiernos occidentales son reacios al retorno de las esposas de los miembros del EI, pero legalmente no pueden rechazar su regreso, ya que siguen siendo ciudadanas europeas, explica a LA RAZÓN un representante de la Delegación de la Unión Europea en Beirut

“Es una situación muy complicada y un tema sensible para las familias de las chicas que se fueron a Raqa para casarse con yihadistas. “Si no hay suficientes evidencias para enjuiciarlas son deportadas a su país de origen, pero eso no significa que queden libres. A su llegada a Europa van a ser acusadas ​​y procesadas ​​por unirse a una organización terrorista”, puntualiza.

“En el caso de los niños es diferente, dependerá de la situación familiar, y del estado mental en el que se encuentren. Muchos son llevados a centros de menores para después poder devolverlos a la familia”, señala el representante de la UE.

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