Manuel Díaz «El Cordobés»: «Prefiero ponerme delante de un toro que hacer “puenting”»

A sus 49 años sigue aceptando retos aunque asumiendo que algunos «no volveré a hacerlos», como saltar desde el puente Albalat que atraviesa el Tajo. A su padre únicamente le pide cinco minutos a solas, sin nadie cerca: «Creo que él descansaría mucho si me conociese»

  • Manuel Díaz «El Cordobés»
    Manuel Díaz «El Cordobés»

Tiempo de lectura 8 min.

22 de agosto de 2017. 02:51h

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l hijo de María Dolores Díaz podía haber sido un limpiacoches anónimo toda su vida, pero la obligación de echarse a la espalda, con tan solo 14 años, la responsabilidad de sacar a su familia adelante, unida al deseo de comerse el mundo y demostrar que un hijo puede superar al padre como hombre, hacen que Manuel Díaz adopte el apelativo de «El Cordobés» y se lance al ruedo. A los 49, sigue aceptando retos. Entre los últimos, aprender a cocinar en «MasterChef» y participar en la Land Rover Discovery Challenge por segunda vez. Precisamente le entrevistamos cuando acababa de tirarse por el puente Albalat que atraviesa el río Tajo, por tierras extremeñas. Una experiencia que no repetirá: «Nunca había hecho “puenting” y no lo volveré hacer más en mi vida, antes prefiero ponerme delante de un toro».

–¿Tiene algo que no sea fibra en el cuerpo?

–Nada, todo es fibra porque todo es querer. Querer es poder. Yo trabajo todos los días en el gimnasio. Tengo que estar al cien por cien físicamente porque el toreo es un desgaste físico y requiere una concentración que exige estar perfecto. A mi cuerpo le doy mucha caña, solo hay que ver las pruebas de la Land Rover Discovery Challenge que me acabo de hacer. Nunca creí que me tiraría por un puente y lo he hecho por ganar el reto.

–¿De qué está hecho?

–De ilusión, porque de ilusión nunca se muere.

–¿Y su cuerpo?

–De aguante. Mi cuerpo hace lo que yo le digo y me tiene que obedecer porque para eso es mío. Siempre le digo a mi cuerpo: «Te he tocado yo y si no haberte ido con un banquero para estar todo el día sentado». Si mi cuerpo quería otra vida, que se hubiera ido con otro que no se moviera tanto como yo, que hubiera escogido a uno con un trabajo más de cabeza. Mi cuerpo se vino conmigo y así está.

–¿Qué le gusta a su mujer, Virginia Troconis, más de su cuerpo?

–Pues quizá que yo siempre estoy activo y sobreponiéndome a las cosas, a tensiones, a problemas.

–¿Qué tal marido es?

–Pues no lo sé porque aún estoy en prácticas, aprendiendo. Dentro de unos años igual soy buen marido, ahora estoy en evolución constante. Pienso que, con mis fallos, en una balanza gana lo bueno. Virginia y yo somos un equipo.

–¿Dónde tiene el umbral del dolor?

–Yo creo que lo tengo muy alto, aguanto mucho el dolor y lo soporto sin quejarme. No me parece bien ser victimista porque hay gente que tiene más derecho que yo a quejarse y no lo hace, así que por respeto a esas personas no lo hago nunca.

–¿Qué ha sido por ahora lo mejor de 2017?

–La satisfacción de ver a mi madre oyendo lo que escuchó públicamente por boca de Manuel Benítez, reconociendo que yo era su hijo, y el reencuentro con mi hija mayor, Alba, después de haber estado estudiando un año fuera de España. Ha sido muy duro estar nueve meses sin verla, volver a reencontrarme con ella fue como volver a verla nacer y así se lo dije: «Es la segunda vez que paso nueve meses para verte la cara».

–Qué diferencia de la pequeña Triana a la mayor, ¿verdad?

–La edad ahora mismo es un salto muy grande porque Triana tiene 10 años y Alba, 17, pero en el fondo poseen algo muy similar las dos y es que son muy «padreras» y eso para mí es un regalo.

–Tiene hijos de dos mujeres. ¿Qué relación tienen entre ellos?

–Los pequeños admiran un poco a la mayor. A mí siempre me hubiese gustado ser el pequeño porque tienes hermanos por delante que te van abriendo camino. Mi hija pequeña le hace mucho caso a la mayor. Se fija en ella, la ve cómo se peina, cómo se viste, y quiere imitarla. Es bueno tener un referente.

–¿En qué cree?

–En uno mismo y en lo divino, que hace que uno exista, pero no puedo aferrarme a lo divino porque no lo puedo tocar, solo lo puedo sentir. Aunque al ser humano sí lo podemos palpar y hay que tener mucha fe en las personas. Todo es posible y todo lo que hace un hombre lo puede hacer otro.

–¿Por qué se echó a su familia a la espalda tan joven?

–Porque a alguien le tenía que tocar y fue a mí. Alguien tenía que dar ese paso y lo di yo. Tomé esa responsabilidad. No es agradable porque hay momentos en los que te supera, pero era mi única salida y eso fue el principio de lo que he llegado a ser. Esa responsabilidad tan joven me hizo madurar pero también me llevó a pensar a veces de forma egoísta, porque cuando uno siente que es la salvación de su familia se cree imprescindible y eso es mentira porque mis hermanos, mi madre y mi gente me han ayudado mucho. Lo que pasa es que he llevado la voz cantante cuando había que decidir tirar para un lado o para otro.

–Menudo cambio debió ser pasar de ganar 30.000 pesetas al mes a 11 millones en un día, ¿no?

–Yo vivía con unas treinta mil pesetas al mes lavando coches. Con eso tenía que pagar la habitación en la que estaba de alquiler y la escuela en la que me preparaba para ser torero. Fue un cambio vivir sin apreturas, pero el dinero para mí no tiene el valor que muchos le dan. Es necesario pero no te llena la vida. Es mentira que de la felicidad, no es cierto, hay quien tiene mucho y no es feliz porque no cuenta con las bases bien estructuradas. La vida es tu familia, tu gente, los amigos y ser feliz. Es cierto que si tienes un hijo malito puedes tratarle mejor, pero no compra el tiempo, algo que yo sí puedo hacer, yo puedo elegir dónde gasto mi tiempo.

–¿Con ese tiempo compraría un abrazo de su padre?

–Creo que, en este caso, el que tiene que comprar un abrazo es él porque más falta le hace a él que a mí por ley de vida. Pienso que voy a estar un ratito más en el mundo que él, así que es un padre el que tiene un poco más de prisa que yo por reivindicar ese abrazo. Creo que él descansaría mucho si me conociese y pudiese estar un rato conmigo, a lo mejor comprendía muchas cosas que no ha podido entender.

–¿El problema son los que le rodean?

–A lo mejor los que tiene a su alrededor no son capaces de decirle que lo que tiene que hacer es tomarse un café con Manuel. Igual no está bien aconsejado. Antes de nada lo que quiero es estar cinco minutos a solas con él, sin nadie cerca. Solos mi padre y yo. Con cinco minutos tengo suficiente.

–¿Igual le tiene miedo?

–No pienso que sea miedo, aunque a veces los hombres valientes ante las cosas más sencillas de la vida somos muy cobardes. A lo mejor es capaz de ganar una batalla contra el mundo y no lo es para tenderle la mano a una persona que simplemente lo que quiere es conocerte y pasar a solas cinco minutos. Quizá, si hubiese sido más guerrero habría llamado más su atención.

–No ha ganado un padre pero sí un hermano...

–Es verdad, ahora la relación con Julio es muy buena. Tenemos un vínculo de amistad bonito entre los dos y esperamos que vaya creciendo. De momento solo conozco a Julio, con los demás hermanos aún no hay esa unión. Ha sido un acercamiento maravilloso.

–¿A qué le tiene miedo?

–A cómo le vamos a dejar el futuro a la gente que queremos. Le tengo miedo a no ser capaces de tomar las riendas de este mundo y no dejarles las cosas más fáciles a los que vienen detrás. Tengo miedo a la incertidumbre de que a lo mejor estamos siendo injustos agotando recursos que nuestros hijos van a necesitar.

–¿Es torero porque más cornadas da el hambre o por demostrarle algo a su padre?

–Primero por vocación y luego, por aguante, por tesón, por demostrar y porque era mi salida. Al final, el toro ha sido el que me ha ayudado a reivindicar mi vida. Sin él no hubiese sido capaz. Siempre digo que el animal al que más amo es al toro y hay gente que no entiende que me enfrente a él si lo amo y lo hago porque era mi único camino para llegar a donde estoy. Fue mi única salida.

–¿Cómo reacciona ante los ataques antitaurinos que sufren los toreros que mueren en las plazas de toros?

–Ojalá que los seres queridos de esas personas con tan poca sensibilidad no lean en las redes sociales lo que escriben para que no se avergüecen de ellos, porque si alguna vez un ser querido mío escribiese con esa frivolidad sobre la muerte de una persona, ese día me arrepentiría de haber tenido a una persona así a mi lado.

–¿Con la vida tan dura que ha tenido por qué no guarda rencor?

–Porque aprendí a ser feliz. Creo que uno puede elegir si quiere ser bueno o malo, no está en lo que te haga la gente, sino en tu actitud. Lo único que podemos hacer es cambiar las cosas y ver el vaso medio lleno o medio vacío. Si uno toma una actitud positiva en la vida tendrá los mismos problemas y trabas, pero verá más luz para afrontarlos. Cada mañana que me levanto pongo el pie derecho en el suelo, me santiguo y doy gracias a Dios por haberme dado un día más de vida.

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