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«Sacar una buena nota en Selectividad es absurdo si no sabes quién eres»

Xavier Aragay tiene una idea para hacer un mundo mejor: Invita a todos a reinventar la educación para formar a personas más humanas y creativas que nunca, porque los niños de hoy, competirán con robots

  • Aragay es autor de «Reimaginando la educación» (Editorial Paidós)
    Aragay es autor de «Reimaginando la educación» (Editorial Paidós) / Miquel González/Shhoting
Montse Espanyol.  Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

09 de noviembre de 2017. 08:14h

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Montse Espanyol.  Barcelona. 9/11/2017

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¿Tiene sentido aprender de memoria el significado de «montaña» o la lista de los Reyes Godos cuando en un «click» encuentras la respuesta –siempre y cuando haya cobertura, claro–? La primavera pedagógica ya está aquí y plantea dudas como esta. Las aulas viven un alud de proyectos innovadores donde profesores y alumnos desaprenden y aprenden para no verse sepultados por un sinfín de novedades. Xavier Aragay, que hace 20 años revolucionó el panorama educativo catalán con la primera universidad a distancia, la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), puso en marcha hace ya más de ocho años uno de estos proyectos: el Horitzó 2020, que ha reinventado la docencia en los colegios de los Jesuitas.

En el aprendizaje por proyectos, los alumnos ya no se sientan en el pupitre a ver qué le echa el profesor. «Ahora, vienen a clase a trabajar y a resolver problemas», cuenta Aragay. En cada súper aula, hay tres profesores de distintas disciplinas para 50-70 alumnos que trabajan en grupos de siete. «A las 9.00 de la mañana, se les plantea un enigma, por ejemplo, en un poblado de África, las mujeres deben andar cada día 3 km para ir a buscar agua. Y se les pregunta si puede resolverse de otra manera. Los alumnos han de buscar información, dónde está el poblado, calcular distancias, la profundidad de los pozos, desniveles... hacen Matemáticas, pero también Geografía, Sociología o Artes Plásticas», expone. El móvil es una herramienta más y Aragay asegura que los chavales no se conectan a «Instagram» porque están más interesados en resolver el reto.

El sistema tradicional trabajaba dos inteligencias, la lógico-matemática y la lingüística. Con estas pedagogías activas, se trabajan todas. El resultado es que se reduce el fracaso escolar, no sólo porque los niños se divierten más, también porque todos encuentran alguna habilidad, cosa que antes no pasaba.

Cambiar marcos mentales

Como es un soñador incorregible, Aragay ahora lidera un nuevo reto, ha puesto en marcha el «Reimagine Edutacion Lab», que ayuda a escuelas y universidades a dar el salto hacia la educación del siglo XXI y echa una mano a los profesores que se han animado a cambiar pero no saben cómo seguir. En el libro que acaba de publicar con Paidós, «Reimaginando la educación», ofrece «21 claves para cambiar la escuela», pero también el marco mental de padres, abuelos y demás educadores para enviar a los libros de Historia la educación tal y como la conocemos. La misma con la que se lleva aprendiendo desde hace cien años. El modelo educativo actual nació a finales del siglo XIX, en la era de la industralización, el enciclopedismo y la obsesión por aprender disciplinas diferenciadas. Las escuelas funcionaban como las fábricas, a golpe de timbre con clases magistrales, que «de magistrales tienen poco si todas son iguales», reflexiona Aragay. «Pretender que ese modelo pensado para la minoría que entonces podía estudiar sobreviva 150 años después es un sinsentido», concluye. Este modelo ha tocado techo aquí y en Finlandia. En todo el mundo se enseñaba igual y en todo el mundo se vive una primavera pedagógica.

«Hay que desaprender para aprender a enseñar de otra manera», cuenta Aragay y para eso invita a parar, diagnosticar, visualizar y soñar. Le encanta una cita del autor de «El Principito»: «Si quieres construir un barcio, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho». Esto pide a los educadores, pero también a los alumnos cuando llegan a las nuevas clases donde aprenden por proyectos. «Si no somos capaces de soñar una escuela diferente no la construiremos» insiste. Y para esto hay que cambiar marcos mentales. No es fácil. Cuenta Aragay que en una reunión con padres interesados en entrar en una escuela, un papá preguntó por los resultados del centro en los exámenes de selectividad. Pensó en levantarse e irse, pero optó por responderle con esta reflexión. «Su hijo tiene tres años, pasará 15 años en las escuela, hasta 2032, luego otros cuatro o cinco años en la universidad, estudiando un FP y formándose. Pongamos que se pone a trabajar entre 2037 y 2040. ¿Cómo cree que será el mundo? ¿Importará la nota que haya sacada en la Selectividad, que ya le digo yo ahora que desaparecerá antes de que su hijo pueda examinarse, o que sepa qué quiere en la vida?».

Educación emocional

La escuela ha estado demasiado pendiente del currículum y ha descuidado el lado humano, lamenta Aragay. «Tenemos a gente que sabe mucho de matemáticas, pero no tiene inteligencia emocional. ¿De qué sirve tener una buena nota en Selectividad, si no sabes quién eres? Hoy hay muchos jóvenes que acaban la universidad y no saben qué hacer con su vida. ¡Cambiémoslo!».

No sabemos cómo será el mundo en 2040, pero es probable que los niños de hoy compitan con la inteligencia artificial. Por eso necesitamos formar a personas más humanas y creativas que nunca. También en la universidad. A la universidad le viene un tsunami. «Tendrá que reinventarse porque es más atractivo estudiar a distancia en Harvard que escuchar rollos en la Diagonal», advierte Aragay.

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