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«Escola d’ Esmorzar», cuestión de familia

El encuentro se convierte en un atlas comestible donde los niños realizan un viaje sabroso y didáctico. El buen gusto se despereza

Tino CARRANAVA.  Valencia.

Tiempo de lectura 4 min.

16 de septiembre de 2017. 21:04h

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Por más que el refrán insista en lo contrario, sobre gustos hay mucho escrito. Cuenta la leyenda cotidiana que la cultura del almuerzo alcanza la meta que se propone, como una forma de entender nuestro entorno culinario. Fortalece la personalidad gourmet y crea doctrina hostelera. Somos lo que comemos.

Hacen falta varias idas y venidas matutinas a los restaurantes favoritos, durante los fines de semana, para ponerse, definitivamente, al día de ciertas tendencias. La imagen de padres, hijos, abuelos y nietos almorzando nos envía un mensaje escrito. Pensemos sobre ello. Estos son los secretos que nos han revelado.

Lo cierto es que no estoy nada puesto en asuntos de paternidad, así que lo de hoy cárguenmelo a título de simple observador. El papel del almuerzo es despertar la curiosidad gastrónoma de los niños y que ellos mismos decidan su camino gourmet.

Lo que para unos suena lejano para otros se convierte en un objeto de deseo. El saber gastrónomo no ocupa demasiado lugar. El paladar es una despensa donde almacenamos los recuerdos gustativos y hasta los olvidos. Un día sin darnos cuenta llega el primer «esmorzar» y su existencia gastrónoma lo convierte en una maravillosa costumbre. El buen gusto se despereza. Los jóvenes paladares parlotean, interminablemente, mientras los padres y abuelos desgranan argumentos hosteleros y contestan a las inquietudes de los menores. El encuentro se convierte en un atlas comestible donde los niños realizan un viaje sabroso y didáctico.

Lo cierto es que la gastronomía está presente abrumadoramente en nuestras vidas. El modelaje del paladar nos afecta desde la infancia. No debemos desdibujar la importancia letal del papel de la familia en el traspaso de ciertas costumbres. Los gustos, inicialmente, no llegan del espacio exterior, sino que son parte y reflejo de adolescentes experiencias.

Los jóvenes viven el momento con intensidad y se saben depositarios del protagonismo. Contemplar estas imágenes nos alimenta y reconforta. El almuerzo familiar tiene la propiedad de condensar una vivificante experiencia gastrónoma. Su fuerza emocional se impone sobre la casuística gourmet que nos interpela en estos tiempos.

Los amagos de simples desayunos infantiles ceden paso a una magnífica experiencia. El clásico almuerzo se convierte en una vacuna frente al «fast food» uniformizado. No pretenden la (im)posible abolición de modas hosteleras creadas al amparo de maltrechas propuestas impersonales y monótonas que saquean el gusto de inocentes paladares. Sólo buscan ofrecer una oportunidad para dar a conocer el disfrute del almuerzo entre los jóvenes.

Algunos padres muestran su hartazgo ante el obligado clientelismo y la concepción patrimonialista de ciertas franquicias de comida rápida que influyen de manera determinante. Esta semana un viejo amigo me trasladaba una confidencia en voz alta. A ciertos jóvenes hay que protegerlos de la voracidad fanática de la comida basura que, no degustan, tragan con cierto automatismo preocupante. Dixit.

Tras lo visto, fiel a su inquebrantable compromiso, la enseñanza gastronómica encuentra su interlocutor ideal en la figura paterna. El almuerzo se convierte en un recreo gustativo que contribuye a facilitar y acelerar el proceso del conocimiento culinario de los niños. Siempre conviene acertar en las palabras, pero más al elegir un lema. Ahora más que nunca. Escola d’ esmorzar, cuestión de familia.

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