Restringido

A quemarropa

La Razón
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La batalla dialéctica ha transformado la campaña en un campo de minas en EE UU. Los candidatos viajan por los platós con el cuchillo en la boca. Huele a napalm en cuanto alguien enciende las cámaras. La penúltima andanada la recibió en plena jeta el muñeco nenuco del «establishment», Marco Rubio; la última fue para Bernie Sanders, al que anteayer degolló sin piedad Bill Clinton. En ambos casos puede afirmarse que a mayor repunte en los sondeos, mayor la lluvia de hostias. Al cocodrilo electoral le van los mariachis sangrientos. Agradece la audiencia que desplumen al favorito. Primero lo colocamos en la peana. Una vez consagrado, el pelotón abre fuego. Tanto Rubio como Sanders, el tercero en discordia en las filas republicanas y el bucanero socialista infiltrado en las huestes demócratas, tendrán que demostrar cintura, paciencia y cuajo.

A Rubio, 44 años, uno de los tres latinos en el Senado, junto a Bob Menendez y Ted Cruz, lo acusan de practicar una política de gestos, ni chicha, ni limoná, desvinculada de los problemas reales del país. Penúltimo de una saga de senadores hispanos que arranca con Charles Dominique Joseph Bouligny, aquel hijo de francés y española nacionalizado estadounidense cuando Napoleón vendió Luisiana, en 1803, por 15 millones de dólares, Rubio sufrió su peor noche el pasado sábado, cuando el resto de los candidatos republicanos resolvió que se trata del enemigo a cobrar. Durante el debate televisado el hombre que logró un meritorio tercer puesto en las primarias de Iowa, gran esperanza para quienes contemplan con espanto el ascenso de monstruos como Trump y Cruz, fue sometido al tercer grado por otro rival que contaría con el beneplácito del partido, el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie: «Marco, Marco, verás, cuando seas presidente de EE UU, o cuando gobiernas un Estado, tus discursos memorizados de 30 segundos, en los que hablas de cómo la grandeza de América está amenazada, ni resuelven problemas ni ayudan a nadie». Rubio balbuceo y tosió. Rubio quiso arreglar el desaguisado. Rubio, pobre, buscó en su gramola cerebral, espigó los rollos que ha empollado, pulsó play y escupió otro spot de 20 segundos. Como si fuera HAL en «2001: Una odisea en el espacio», respondió a Christie con un ataque a Obama y, sin querer, corroboró su caricatura. La de un ventrílocuo que gimotea y podría cortocircuitarse si alguien lo mueve más allá de las lindes que establece el guión.

Si Rubio, en trance de postularse como el hombre razonable en un partido republicano con la mandíbula de cristal, mastica sus primeras raciones de tralla, a Sanders, que le saca a Hillary casi 13 puntos en los sondeos de New Hampshire, le ha tocado probar la ira de Bill Clinton. El ex presidente ha sacado a pasear el mazo tras comprobar que Sanders podría capitalizar políticamente el hartazgo del votante demócrata con la sinergias entre su esposa y Wall Street, su esposa y los «lobbies», su esposa y cuanta criatura con poder bulle, vuela, planea, repta, nada o serpea por los restaurantes de Madison Avenue y los salones de Washington. Acusa a Sanders de enturbiar la campaña y a sus acólitos de difamar en las redes sociales. Esto es la guerra. Vamos a divertirnos.