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Las vacaciones no vividas

Tiempo de lectura 2 min.

03 de septiembre de 2017. 19:05h

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Conforme pasan los años, a las personas les sucede con los lugares como les ocurre con los libros, que puede hablar de ellos sin haberlos leído. Por eso hay gente que, sin haber puesto jamás un ojo en el «Ulises» de Joyce, se resuelve con elocuencia a la hora de explicar que se trata del monólogo interior de un personaje en su particular devenir de 24 horas por las calles de Dublín, un trasunto paródico de la gesta del héroe clásico. Tengo un camarada que, sin saber nada en absoluto de la obra del irlandés, es capaz además de describir con todo género de detalle el paladar de un menú de riñones con cerveza, así como de recitar el «Sí, yo dije, quiero sí» de la medio gibraltareña Molly Bloom en el último capítulo, mientras su amado Ulises ronca como un tronco y eructa como un cerdo al otro lado de la cama. Con las vacaciones de verano pasa lo mismo. Sin haber estado jamás en una tomatina de Buñol, todo el mundo sabe que se trata de una batalla que usa como munición la roja hortaliza a base de miles de kilos; o que el festival de Sziget, en Budapest, convoca a otros tantos miles en las arenas del Danubio frente a las estrellas del pop, del rock y toda la retahíla más en boga; o que el festival internacional de la cerveza de Berlín congrega a cerca de un millón de visitantes para degustar el producto casi único de más de 300 tipos del brebaje. Con el paso de los años uno no sólo es capaz de hablar de lo que no ha visto sino que puede incluso negarse a experimentar, porque no, lo no vivido. Ya a mi edad he de confesar, con no poco pesar, que jamás haré uso de las citadas vacaciones ni que tampoco leeré el «Ulises».

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