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28 de septiembre de 2017. 23:07h

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El Sr. Iglesias ha acusado al gobierno de España de “estar alentando escenarios prebélicos y situaciones que pueden llevar a la desgracia”. Lo que busca el líder podemita, con frases subidas de tono como esta, es la ruptura entre los partidos que defienden el orden constitucional.

Cualquier partido con vocación de gobierno debe actuar en la oposición como lo haría al frente del ejecutivo y lo que le va a exigir la mayoría de ciudadanos es la defensa del orden constitucional. El problema de fondo radica en que el Sr. Iglesias no es partidario de esta constitución, no está claro cuál es su modelo, pero desde luego este no lo es.

Los que le conocen bien saben que su ideología está empapada de ese viejo centralismo comunista y que hace un esfuerzo cotidiano por mantener las alianzas con las Mareas o con la Sra. Colau. La pregunta que surge es: ¿cómo es posible que alguien con un sentido tan antiperiférico del Estado pueda coincidir con el independentismo?

Hay un frente político común a los independentistas y a Podemos: la erosión de las instituciones del Estado. Las razones son bien diferentes, pero unos u otros saben que solo desgastando el orden constitucional actual pueden alcanzar sus metas.

Sin embargo, la operación política de Podemos es deficitaria a largo plazo, cuando pasen los años sin alcanzar el poder político solo quedará el intento de convivencia entre facciones con orígenes y horizontes diferentes.

Eso lo sabe el Sr. Iglesias, si no hay poder vienen las crisis internas, por eso jugará todos sus esfuerzos a una carta: intentará convencer al Sr. Sánchez de que es posible echar al Sr. Rajoy de Moncloa.

Jugará con los egos, que es una de las mayores debilidades en política y le animará a presentar una moción de censura después de comprometerle apoyo inquebrantable. Para aderezar la operación necesita dibujar un gobierno autoritario en el asunto catalán, eso es lo que aliña todos los días con intentos de pactos excluyentes, frases gruesas y cuestionando el Estado de Derecho.

La realidad es que el Sr. Iglesias se equivoca en varias cosas. En primer lugar, frivolizar con el asunto de Estado más importante desde el intento de golpe de 1981 es abrir la puerta a convertirse, más pronto que tarde, en un outsider de la política española.

Si la gestión de la cuestión catalana se hace adecuadamente no es sinónimo de que al Partido Popular le vaya a ir bien en las próximas elecciones. Las elecciones dependen de muchos factores, pero hay algo peor, un líder que se sitúa en esa reflexión, no merece ni un voto.

En tercer lugar, el PSOE no se va equivocar, hay cosas que están grabadas en el ideario de la socialdemocracia. En 1995, François Mitterrand en el Parlamento Europeo pronunció su último discurso, una elocuente exhortación hacia la consecución de la paz permanente, el progreso y la construcción europea, en contraposición a los nacionalismos.

Concluyó su alocución con una frase que no solo rezumaba un denso poso político, sino que representaba una conclusión propia vital: “el nacionalismo es la guerra”.

Muchos se preguntan qué ocurrirá después del 1-O. Probablemente nada, pero todos deberíamos hacer un esfuerzo por enseñar la razón frente a enseñar el sentimiento. Lo necesario para un conflicto es la acción emocionada del otro.

Lo que toca después es romper la coalición independentista y recuperar, de nuevo, la lealtad de los federalistas catalanes. Los que se dediquen a romper la unidad en torno al Estado de Derecho o a la democracia, comprobarán cómo los medios sí contaminan el fin.

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