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Autoflagelaciones españolas

Tiempo de lectura 4 min.

08 de julio de 2017. 22:02h

Comentada
José Jiménez Lozano 8/7/2017

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Los españoles parece que tenemos o gustamos mostrar fundamentalmente dos temperamentos o caracteres: el del orgullo fanfarrón que los franceses llaman «rodontade» y otro carácter que es el de flageladores de nosotros mismos y del país entero, que es una exclusiva internacional a la que ninguna leyenda negra sobre España ha igualado.

Y ciertamente, cuando teníamos un imperio y éramos los amos del mundo, siendo nosotros solamente ocho millones de habitantes, y no todos millonarios ni poderosos precisamente, casi era lógico que pisáramos un poco fuerte y habláramos con voz un poco alta, pero parece que ese orgullo duró un tiempo, pero no ha dejado un profundo rastro, y nosotros ya no le hemos conocido. Y fue un orgullo de casta de sangre goda, e hidalga y limpia y, por lo tanto cristiana, y por aquí desangramos nuestra grandeza, aunque, pese a todo, fuimos alguien y más que alguien en el mundo.

Más tarde, con los señores de la peluca y, cuando nuestro poder iba de capa caída, no sólo cualquier mequetrefe se subió a las barbas de España, sino que el deporte preferido de los españoles modernos fue hacer almoneda barata de todo lo que fuimos y tuvimos y de muchas otras realidades que seguíamos teniendo. Porque lo curioso entre nosotros es que, mientras en otros países se dan los mismos cambios históricos que entre nosotros y éstos son más o menos asumidos, en nuestra España desde un determinado momento se decidió que había que tirar el niño con el librillo. Es decir, destrozar nuestro pasado como basura y tirarlo, y tan insistentemente y con tanto éxito, que, según se dice, el asunto mismo de lo que es España o de lo que somos los españoles no está todavía, incluso en este siglo XXI, nada claro, ni es un concepto ni un sentimiento pacífico o admitido, o está hasta por inventar, pese a que parece que durante más de quinientos años España y los españoles han sido una sólida realidad, han pesado lo suyo en el mundo y han sido atacados por sus enemigos exteriores y sus autoflageladores de dentro.

Pero es que ahora no se está dispuesto a admitir que la historia haya sido como ha sido, ni se reconoce España en España ni españoles en los españoles, y nos encontramos no sólo ante una especie de delirio, sino ante lo que los griegos antiguos llamaban, aterrados, «una desmesura». Es decir, toda una «hybris», o conciencia de situarse por encima mismo de los dioses y con un poder sobre la realidad de la historia, que es el pasado, para que no haya sido ni pasado, y hacer que sea otra, conforme a lo que decidamos.

Parece que Fernando VII dijo lo de «los mal llamados tres años», refiriéndose a aquellos en los que se le impuso la Constitución. Y no podía soportar, ciertamente, que hubieran existido esos años, pero es más problemático que creyera que los había borrado, incluso si trató de hacerlo creer a golpe de violencias, miméticas de las de sus enemigos como siempre ocurre cuando los hombres tienen esos sueños delirantes y demiúrgicos, que nuestros abuelos, y desde luego nuestros enemigos, alucinados y al acecho, achacaron a que echábamos mucho culantrillo en el cocido y éste se nos subía a la cabeza, haciendo que nos creyéramos un pueblo de emperadores, luego de filósofos y más tarde de buscadores de lo que es una nación y hasta de andar buscando y eligiendo entre una república sinalagmática y otra no sinalagmática, y entre federaciones y confederaciones, y constituciones a la carta y cada dos por tres porque aquí, entre nosotros, los aires hispánicos las desgastan enseguida, y se pasan de moda en muy poco tiempo.

Don Pío Baroja renunció a seguir novelando historias españolas cuando se percató de que los sueños de los españoles no eran sólo sueños de gente pintoresca, sino delirios bastante irracionales y peligrosos, autoflagelaciones o locuras. ¿Por qué no acertamos alguna vez a reírnos juntos e irónicamente de nosotros mismos?

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