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El científico que puede acabar con la ceguera hereditaria

Juan Carlos Izpisúa ha desarrollado una novedosa técnica que podría devolver la vista a los pacientes que sufren retinosis pigmentaria, la primera causa genética de la invidencia.

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Belén V. Conquero. 

Tiempo de lectura 8 min.

02 de noviembre de 2016. 21:03h

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Belén V. Conquero.  1/11/2016

Juan Carlos Izpisúa no es un biólogo y bioquímico al uso. Él no sólo estudia el comportamiento de los organismos y su relación con el entorno. Quiere ir un paso más allá y desafiar al propio Darwin, cuyas leyes son la Biblia de cualquier científico que investigue en el campo de la Biología. Sin embargo, él lo tiene claro. Todo lo que ha ocurrido en este planeta en sus 4.000 millones de años está sometido a dos reglas básicas de Darwin: la mutación al azar y la selección natural de esas mutaciones. Izpisúa asevera que «el ser humano es capaz de cambiar el curso de la evolución. Estamos en un momento de la historia de la humanidad clave», un momento en el que la tecnología puede terminar con esas dos normas. Y es que este científico español lo ha vuelto a hacer.

Como afirma a LA RAZÓN, «hemos creado una nueva herramienta» que es capaz de revertir la mutación causante de la retinosis pigmentaria, la primera causa de ceguera hereditaria. Sólo en España afecta a unas 25.000 personas. Para corregir esta enfermedad es necesario modificar el gen responsable de que la retina del paciente cada vez responda peor a la luz y que, por lo tanto, al cabo de unos años, pierda la visión. Como explica el investigador del Instituto Salk de Estudios Biológicos (La Jolla, California), «hasta ahora no teníamos herramientas que pudieran entrar y reparar el gen mientras está trabajando. Para comprobar la eficiencia de la nueva herramienta que hemos creado nos hemos centrado en los conos de la visión que no se dividen, y hemos podido hacer un experimento por el que un animal que no ve, vea». ¿Cómo? «Engañamos a la maquinaria de reparación del genoma», añade.

En el artículo que se va a publicar describe una nueva herramienta que ha creado junto a su equipo llamada HITI (Homologus Independent Target Integration, en sus siglas en inglés) que «permite introducir fragmentos de ADN a nuestra voluntad dentro del genoma humano». Esta técnica ha demostrado ser efectiva en el tratamiento de retinosis pigmentaria, ya que han sido capaces de modificar la mutación que se produce en el epitelio de la retina. «Esas células no se dividen en estadio adulto, por lo que, con técnicas actuales, somos incapaces de revertir ese problema». Sin embargo, utilizando esta maquinaria de reparación, la proteína que la rata dejaba de producir como consecuencia de la enfermedad vuelve a aparecer y, así, recobra la vista perdida. «La rata puede ver de nuevo», explica Izpisúa. Tratar esta enfermedad no fue una decisión al azar. Como explica el investigador, «nos decantamos por esta mutación porque los científicos siempre tenemos que usar modelos que puedan demostrar lo que queremos de manera fácil. La visión es un ejemplo caro. Para una persona que no ve, si ve un poquito ya es un éxito. Además, el ojo es un órgano externo, inmunoprivilegiado por lo que presenta menos rechazo que si se hiciera en el riñón. Es la prueba de concepto de que podemos porque aún tenemos que aumentar la eficiencia de corrección al mayor número de células posibles».

Con este primer avance, este experto que trabaja a caballo entre Estados Unidos, Madrid y Murcia no quiere sólo dar esperanza a las miles de personas cuya ceguera está causada por un mal funcionamiento de su genoma, si no que considera que «esta tecnología se puede extender a todas las enfermedades relacionadas con células que no se dividen». Uno de los órganos más desconocidos para los científicos es el cerebro. «HITI abre la puerta tanto a la biología fundamental del desarrollo del cerebro como a la posibilidad de tratar ciertas enfermedades neuronales». En otro pequeño experimento también ha demostrado que es «capaz de curar el gen afectado que afecta a ciertas neuronas». A la visión y al cerebro se suman otras posibilidades de tratamiento, como el órgano auditivo, el corazón, el riñón, el cartílago y el sistema músculo esquelético. Todas estas nuevas vías se abren gracias a la ayuda de la Universidad Católica de Murcia (UCAM) que financia estos proyectos.

Devolver la vista al ciego o el oído a un sordo son, sin duda, dos grandes aportaciones que Izpisúa espera que den sus frutos pronto. Sin embargo, su gran reto sigue centrado en conseguir que los animales-quimera se conviertan en las mejores incubadoras para crear órganos humanos que se puedan trasplantar y ser igual de funcionales. «A pesar de los miles de millones que hemos gastado y de las horas invertidas, las células que hemos creado los científicos en el laboratorio no son las mismas que el embrión produce y que dan lugar al órgano adulto. Desconocemos cómo hacerlas bien. Nadie puede decir que ha creado una célula funcional», explica a LA RAZÓN. Al final, «debemos reconocer nuestra incapacidad y permitir que el proceso lo haga el animal, pero aún queda».

Así, han sido capaces de crear células humanas en el interior de un cerdo. Sólo falta saber si son capaces de recibir las señales del animal, «y en un par de meses lo vamos a poder ver», adelanta. Y es que, a pesar de las dificultades que plantea este tipo de técnica, Izpisúa está muy esperanzado con este abordaje, sobre todo a medida que va realizando experimentos que salen bien. Con el último ha sido capaz de crear un órgano inexistente en un animal. «La rata no tiene vesícula biliar –explica–. Si ponemos células de ratón en un nicho adecuado, dan lugar a una vesícula biliar, un órgano del que el animal receptor carecía». Este experimento le ha demostrado «la importancia del ambiente en el que se desarrolla». En este punto, el científico vuelve a citar a Darwin. «Con este experimento demostramos otra de sus teorías: que las especies distintas pueden hablar entre sí y generar órganos. Aunque aún nos falta tiempo, estas conclusiones nos dan muchas esperanzas». Y es que, tras lograr esa vesícula, en la que «no tenía mucha esperanza, ahora estoy muy ilusionado, aunque prefiero no poner fechas».

El problema a la hora de trasladar los éxitos que ha conseguido creando órganos de rata en ratón o viceversa a los humanos es que los tiempos son muy diferentes. Por una cuestión de similitudes en el inicio del desarrollo embrionario, Izpisúa y su equipo vieron en el cerdo el mejor nicho para intentar desarrollar embriones humanos. Y los resultados, aunque preliminares, son prometedores. «Escogemos una célula y en el blastocisto (fase de desarrollo del embrión) eliminamos un determinado gen (como el del páncreas) e introducimos las humanas. Esperamos un tiempo y vimos que daban lugar a la creación de entre tres o cuatro células humanas en el blastocisto de cerdo tras unas cuatro semanas. Poco a poco vimos que esas células estaban presentes en la espalda del embrión. Esas células, poco a poco se iban diferenciando y convirtiéndose en tipos celulares muy distintos (hepáticas, pancreáticas...). La conclusión más fácil es que estamos muy cerca, que con ponerlas en un cerdo ya generamos órganos. Ni mucho menos». Su equipo se ha dado cuenta de la complejidad del problema porque, como ejemplifica el biólogo, «sólo para poner el cerdo en una mesa de operaciones necesitamos a siete investigadores postdoctorales y convencer a un señor de que nos deje sus cerdos lleva mucho tiempo». A estos dos obstáculos técnicos se suman los éticos y morales de mezclar células humanas y animales. ¿Qué pasaría si una de esas neuronas humanas colonizara el cerebro del cerdo? Es por ello que aún es necesario ajustar el protocolo y, además, a pesar de haber realizado más de 1.200 experimentos, «el resultado es que la eficiencia es baja. Aún nos falta tiempo para que tenga éxito». Y es que, como describe el investigador, «es como si quisiéramos entrar en una autopista e introducimos una célula distinta que busca incorporarse. Para ello debe entrar en el momento y a la velocidad determinada». Nadie le ha enseñado esas reglas. «Tenemos que educarla, pero estoy esperanzado porque quiero que este conocimiento llegue a la clínica», añade.

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