Conectar el cerebro a internet... ¿una buena idea?

Por primera vez un grupo de científicos ha conseguido algo que parecía ciencia ficción: enlazar la mente a la red.

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Juan Scaliter. 

Tiempo de lectura 4 min.

20 de septiembre de 2017. 02:39h

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El proyecto se ha denominado Brainternet, un juego de palabras que da a entender que el cerebro forma parte de la red de redes y ha sido desarrollado por el equipo liderado por Adam Pantanowitz de la Universidad Wits, en Suráfrica. Y es el primero que logra conectar un cerebro a internet en tiempo real. Brainternet funciona del siguiente modo: las ondas cerebrales de un voluntario se analizan mediante un electroencefalograma, más precisamente el Emotiv EEG, luego se transmiten a un pequeño ordenador Raspberry Pi (un ordenador del tamaño de una tarjeta de crédito) que envía por streaming los datos a una página web donde cualquiera las pueda ver.

«Brainternet – confesaba Pantanowitz en una reciente entrevista – es una nueva frontera en los sistemas de interfaz cerebro-ordenador. Hay una importante falta de datos comprensibles sobre cómo un cerebro humano trabaja y procesa información. Brainternet busca simplificar la comprensión del cerebro de una persona y lo hace a través de la supervisión continua de la actividad cerebral».

¿Para qué querríamos conectar nuestro cerebro a la red? ¿De verdad necesitamos una tecnología que nos capacite para pensar en una búsqueda en una página web y encontrar lo que queremos? No. Esta tecnología va mucho más allá. Y la primera clave de ellos es que utilizan el dispositivo Emotiv. Se trata de un EEG portátil, hasta ahí nada extraordinario, pero que tiene casi 10 años de experiencia en el mercado y cuenta con una comunidad de desarrolladores que llega a los 70.000 expertos a nivel mundial. Son ellos los que aportan el ingrediente extra para que la conexión cerebro máquina (BMI por sus siglas en inglés) vaya más allá de conectarse a la red con el pensamiento. Un ejemplo claro es, si este dispositivo se utilizara mientras dormimos, los médicos tendrían acceso directo a lo que ocurre en el cerebro de personas con Parkinson, epilepsia, depresión o esquizofrenia.

Así lo señala la iniciativa Horizonte 2020, de la Unión Europea, cuyo objetivo es crear una hoja de ruta para las tecnologías BMI del futuro. De acuerdo con un informe reciente de este organismo, estos avances permitirán recuperar funciones perdidas (ya sea por accidentes, dolencias o envejecimiento), reemplazar algunas funciones (como la del movimiento, al poder controlar una silla de ruedas o estimular músculos) o aumentar algunas de nuestras capacidades, como la lectura rápida, la traducción a otros idiomas, la detección de estrés o cambios súbitos en el entorno, etc.

Estamos hablando de una tecnología con un enorme potencial médico, tanto en lo que respecta a la salud, como a la investigación. Además la unión de la realidad aumentada (RA)y la tecnología propuesta por Pantanowitz, puede contribuir a una revolución en el área de rehabilitación médica, permitiendo ver al paciente qué conducta exacta contribuye a un movimiento y cómo recuperarlo.

También se destaca la aplicación de esta tecnología en la educación. Los estudiantes cada vez con mayor frecuencia, utilizan internet para hacer su tarea. Si la página del instituto recibe las ondas cerebrales del alumno, sabe cuándo este ha llegado a un momento de frustración tal que no va a comprender la lección y puede cambiar de estrategia. Puede deducir en qué momento ha logrado una comprensión plena de esa parte de la asignatura y cuándo se está divirtiendo mientras aprende y así adaptar el contenido a este tipo de enseñanza. ¿Ciencia ficción? No, esto es lo que propone Horizonte 2020 bajo el nombre de Neurontutor.

La ciberseguridad también será un campo muy permeable a Brainternet, pues nuestras ondas cerebrales pueden convertirse directamente en los códigos secretos y las claves de nuestros ordenadores. Algo que ahora mismo puede parecer muy lejano, pero es que el propio Pantanowitz asume que estamos hablando del cerebro como uno de los futuros componentes de la Internet de las Cosas (IoT). Nuestro cerebro sería un nodo, en cierto sentido, que enviaría información para que la procesen los científicos, pero también nuestro coche (mayor seguridad y control en prevención fundamentalmente), los electrodomésticos (¿tienes antojo de helado? ¿Lo pido por teléfono?, ¿te has dejado una puerta abierta o una llave de gas encendida?) y hasta nuestra familia...

«En última instancia – añade Pantanowitz –, estamos tratando de permitir la interactividad entre el usuario y su cerebro para que el usuario pueda proporcionar un estímulo y ver la respuesta. Brainternet se puede mejorar aún más para clasificar las grabaciones a través de una aplicación de smartphone que proporcionará datos. En el futuro, podría haber información transferida en ambas direcciones: entradas y salidas al cerebro».

Es decir, por ahora el cerebro solo es capaz de enviar señales hacia la red, pero no puede recibirlas. ¿Qué ocurrirá cuando esto sea posible? Por un lado habrá que generar un mayor control de la información, para que nuestros pensamientos, por llamarlos de algún modo, sigan siendo nuestros y no sean susceptibles de una apropiación ajena. Y al mismo tiempo habrá que poner un límite a esta conectividad, mucho más compleja y profunda que la actual. El experto en adicción a Internet, Phil Reed, de la Universidad Swansea (Reino Unidos), ha detectado importantes cambios en la configuración del cerebro de aquellos que pasan más tiempo conectados (principalmente en áreas de la memoria, el lenguaje o la capacidad de concentración). Estar conectado, directamente con la mente, puede no ser exactamente lo mejor.

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