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El buen bajío de Ginés Marín

Tarde cumbre del extremeño que corta tres orejas, y Ponce otra, en el cierre de la Feria de Santiago

  • Ginés Marín sale a hombros, ayer, por la Puerta Grande de Santander
    Ginés Marín sale a hombros, ayer, por la Puerta Grande de Santander

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30 de julio de 2017. 00:13h

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Madrid da y quita. Que se lo pregunten a Ginés Marín. La Puerta Grande y el faenón sin tizona de la Corrida de la Cultura le han puesto en órbita. Velocidad de crucero estelar que no para de recorrer una constelación de triunfos. Santander, ayer, fue el penúltimo destello estelar. Tres orejas para convertirse en el triunfador numérico y artístico de esta Feria de Santiago que ayer vivió su ocaso. Primero desorejó a un «Solterón» de buen pitón derecho. Fue el toro de la corrida. En realidad, el único de un encierro de de feas hechuras e irregular de Luis Algarra. Lo paró a la verónica de rodillas, preludio de un buen quite por saltilleras en el que cambió el pitón por dos veces. Luego, volvió a aprovechar las inercias en un comienzo de faena en redondo en los medios, donde supo enganchar la movilidad del toro. Faena de cante grande en la que el público entró enseguida. Corrió la mano con ese buen trazo que atesora en redondo y, luego, estuvo inteligente para regresar a la derecha, tras ver que por la zurda el castaño tenía muchos menos kilates. Variedad en los remates, con torería toda la puesta en escena. El epílogo por bernadinas para dejar incandescente el trasteo. Se volcó sobre el morrillo y hundió la hoja entera. La estocada de la feria, de premios. Hasta los gavilanes. Lluvia de pañuelos y dos orejas incontestables. Cumbre, Ginés. Quiso más en el sexto tris, después de reventarse el pitón izquierdo sexto y primer sobrero de la misma forma. Nada más salir en el primer remate contra un burladero. De cámara oculta pareció. Despejado de mente, el joven torero, que dejó un quite por chicuelinas, entendió que el animal no tenía recorrido ni duración y se metió un arrimón de quitar el hipo. De hambrienta ambición, con la Puerta Grande ya atada. Loable ese esfuerzo. Muy cómodo en esas angostas cercanías. Convirtió medias arrancadas en muletazos que calaron en el tendido. Destacados los naturales a pies juntos citando de frente. Otra estocada hasta la yema y tercera oreja.

Enrique Ponce es puro carisma en Santander. Se le adora en Cuatro Caminos. Aún en la memoria su faenón del pasado año con los acordes de la banda sonora de «La misión» en la retina de todos. Intentó repetirlo con un cuarto que barbeó lo suyo de salida y estuvo a punto de saltar. El valenciano supo retenerlo en su muleta, dejándosela muy puesta, para aprovechar sus inercias, porque el toro no paró quieto en toda su lidia. Sobre los talones, sin perderle pasos, figura hierática, Ponce fue hilvanando las series una tras otra. Sin apretar de verdad al toro, pero con ligazón y transmitiendo toro y torero. Mención aparte para el tramo final en el que dejó trincheras caras, doblones torerísimos y poncinas marca de la casa. Solo el pinchazo inicial evitó que fuera de una lo que debieron ser dos. Oreja. Antes había saludado una ovación, que hubiera tenido mayor premio en otro orden de lidia, con el altísimo y ensillado, «Lubinito» que rompió plaza.

Cayetano, por su parte, saludó sendas ovaciones como recompensa a sendas labores enfibradas con un lote soso y sin empuje en el que el torero dinástico puso toda la casta que le faltó a sus adversarios. El momento es de Ginés. El suyo y el de nosotros, toca disfrutarlo.

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