domingo, 28 mayo 2017
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Toros

Adiós a Ángela, la gran defensora de los derechos de la mujer

  • La torera fallece a los 71 años en un hospital de Madrid tras someterse a una operación de hombro

Ángela Hernández probándose un vestido de torear
Ángela Hernández probándose un vestido de torear
Efe

Se ha ido un torero de época, no en el sentido tradicional de una gran figura del toreo, sino porque gracias a Ángela Hernández las mujeres consiguieron el derecho a torear en España.

Nació en el cuartel de la Guardia Civil de Alicante el 2 de agosto de 1944, muy cerca de la plaza de toros, hecho que tal vez explique su temprana afición. Tuvo una vida difícil, quedándose huérfana a los 13 años, por lo que tuvo que trabajar duro para salir adelante, desde recoger tomates en el campo y vender patatas hasta hacer de repartidora. Recibió sus primeras lecciones del toreo en la escuela taurina Los Ángeles, de Paquito Esplá, el padre de Luis Francisco y Juan Antonio.

Debido a la prohibición contra las toreras que data de la época de la posguerra, tuvo que hacer sus primeros pinitos en el mundo del toro montada a caballo, formando pareja con la rejoneadora Amalia Gabor. Con 16 años viajó a Madrid y encontró trabajo como especialista en el cine, donde conoció a Manuel Vidrié, que hizo lo mismo hasta consolidar su carrera como gran rejoneador.

Ángela se sentía frustrada porque siempre quiso torear a pie: «Como en España no podía hacerlo, me refugié en el rejoneo, pero no era lo mío. Por eso, iba mucho a Francia y a América, donde sí me dejaban torear». Una grave cornada en el estómago sufrida en México la trajo de regreso a España, y poco después decidió emprender su «cruzada» personal para conseguir igualdad de derechos en los ruedos españoles para la mujer.

En el año 1972, el abogado José Briones, hermano del entonces director del semanario taurino El Ruedo, Carlos Briones, inició la batalla legal en nombre de Ángela para derogar el artículo 49 párrafo C del Reglamento Taurino que prohibía torear a las mujeres. Los principales «campos de batalla» eran el Ministerio de la Gobernación, el de Trabajo y el Sindicato Nacional del Espectáculo.

Esa lucha duró tres largos años y llegó hasta el Tribunal Supremo. Briones argumentaba que la prohibición representaba una discriminación laboral contra la mujer y que los derechos de Ángela fueron infringidos según la Ley Sindical, artículo 43 del Código Civil, y el Fuero de los Españoles. Ella reclamaba no sólo que le dejaran torear, sino los derechos de toda mujer para ejercer cualquier trabajo.

Hizo circular una petición entre sus compañeros dirigida al Sindicato Nacional del Espectáculo en la que solicitaba el debido reconocimiento y permiso para torear a pie. Más de 100 compañeros de profesión firmaron la petición, incluyendo a Paco Camino, entonces presidente de la Asociación Sindical de Matadores. La batalla legal de Ángela costó cuatro millones de pesetas, pagadas en parte por ella con su trabajo, mientras que su letrado le perdonaba sus honorarios. «Eso fue un regalo que él me hizo y saldé la cuenta brindándole un toro de todo corazón».

Paco Ruiz, antiguo banderillero de confianza y después apoderado de Manuel Benítez «El Cordobés», se convirtió en su representante artístico, pero aún así le costó ver su sueño cumplido porque cada vez que la anunciaba en un cartel se suspendía el espectáculo. Hasta la revista norteamericana «Time» se hizo eco de esa violación de los derechos de la mujer en octubre de 1973, en un artículo titulado «Ángela, vestida para matar»: «¿Qué piensan que están haciendo los españoles? Las mujeres pilotan aviones, van a la guerra y a los safaris.

¿Qué diferencia existe en ponerse delante de un toro?». Por fin, el Ministerio de la Gobernación emitió una orden levantando la prohibición contra las toreras el 10 de agosto de 1974; Ángela se salió con la suya pero perdió tres valiosos años de su vida profesional en el empeño.

Hizo su debut en España como torera finalmente el 15 de septiembre de 1974 en un festival en Jerez de los Caballeros, con Antonio Lebrija, Pepe Cámara, Antonio Medina y el malogrado torero José Cubero Yiyo, y se presentó con picadores el 25 de mayo de 1975 en Palma de Mallorca. Calculó que había toreado unos 300 festejos en su larga pero accidentada carrera, sufriendo un total de 17 percances, siendo el peor el de Huesca el 14 de agosto de 1975 que le dejó paralítica. Se operó con éxito pero tuvo que someterse a una larga recuperación antes de que pudiera volver a torear.

En esa ocasión afirmó: « Hay toreros a los que les coge aparatosamente y les destroza la ropa pero luego no les pasa nada, pero lo mío ha sido un caso de repetida mala suerte... o tal vez buena, ya que todavía lo puedo contar».

Dedicó su vida enteramente a los toros y cuando ya no pudo seguir, se colocó como representante de la ganadería de María Palma y Coronel y ejerció de apoderada. Reconoció que le habría gustado llegar a torear en Madrid y tomar la alternativa.

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