Ciencia

Científicos de la Universiad de Stanford advierten que el “combustible del futuro” podría estar calentando el planeta hoy

Por mucho tiempo, el hidrógeno ha sido presentado como una de las grandes promesas de la transición energética, hasta que un nuevo estudio ha sugerido que esta molécula aparentemente inocente podría tener un efecto climático inesperado

Errol Musk en el podcast Wide Awake
Hidrógeno y medioambiente

Durante décadas, la dependencia casi absoluta de los combustibles fósiles ha sustentado el crecimiento económico global, pero también ha dejado una huella profunda en el clima y en la salud humana. Entre ellos, la quema de carbón, petróleo y gas natural ha sido la principal fuente de emisiones de dióxido de carbono y otros contaminantes atmosféricos, responsables del calentamiento global, la degradación de los ecosistemas y millones de muertes prematuras por mala calidad del aire.

Desde luego, a medida que estas consecuencias se han vuelto imposibles de ignorar, gobiernos, empresas y comunidades científicas han intensificado la búsqueda de alternativas energéticas menos contaminantes, impulsando el desarrollo de fuentes renovables y vectores energéticos como el hidrógeno, concebidos para reducir emisiones y desacoplar el progreso económico del daño ambiental.

En este sentido, y presentado como uno de los pilares de la transición energética, el hidrógeno corresponde con una molécula ligera, versátil y, en teoría, libre de emisiones. Gobiernos y empresas lo han situado en el centro de sus planes para descarbonizar la industria pesada, el transporte marítimo y la aviación. Sin embargo, un nuevo estudio internacional introduce un matiz inquietante en ese relato optimista: el hidrógeno podría estar contribuyendo al calentamiento global de forma silenciosa.

Ahora, la investigación de la Universidad de Stanford, liderada por el Proyecto Global de Carbono, un consorcio que reúne a científicos de todo el mundo, ofrece por primera vez un balance global y detallado de las fuentes y sumideros de hidrógeno en la atmósfera. Sus conclusiones muestran que las concentraciones de este gas han aumentado de forma sostenida durante las últimas décadas, impulsadas en gran medida por la actividad humana.

Adicionalmente, y si bien el hidrógeno no es un gas de efecto invernadero en el sentido clásico, su acumulación está alterando la química atmosférica de maneras que los científicos solo ahora empiezan a comprender con claridad. De hecho, el estudio estima que, desde la era preindustrial, los niveles de hidrógeno han crecido alrededor de un 70%, con un nuevo repunte a partir de 2010.

El aliado invisible del metano

A diferencia del dióxido de carbono o el metano, el hidrógeno no atrapa calor directamente, por lo que su impacto climático es indirecto, pero no por ello trivial ya que, según explican los autores, el hidrógeno interfiere con los llamados “detergentes” de la atmósfera, radicales químicos que ayudan a descomponer gases como el metano.

Antes bien, al reducir la disponibilidad de estos compuestos, el metano permanece más tiempo en el aire, prolongando su potente efecto de calentamiento. “Más hidrógeno significa menos capacidad de la atmósfera para eliminar metano”, explica Zutao Ouyang, profesor asistente de la Universidad de Auburn y uno de los colaboradores del estudio. El resultado es un efecto amplificador: el hidrógeno no calienta por sí solo, pero refuerza el impacto de uno de los gases de efecto invernadero más dañinos.

De acuerdo con lo publicado por Interesting Engineering, este mecanismo se suma a otros procesos químicos, puesto que las reacciones del hidrógeno en la atmósfera también favorecen la formación de ozono y vapor de agua en la estratosfera, ambos con efectos de calentamiento, e incluso pueden influir en la formación de nubes. En conjunto, estos efectos empujan el balance climático en una dirección preocupante.

Y es que los datos muestran que entre 1990 y 2020 las emisiones de hidrógeno crecieron de forma notable donde el principal motor fue la oxidación del metano atmosférico, un proceso que convierte parte de ese metano en hidrógeno y crea un ciclo de retroalimentación difícil de romper. Solo este mecanismo aporta hoy unos 27 millones de toneladas anuales de hidrógeno a la atmósfera.

A ello se suman las fugas procedentes de la producción industrial de hidrógeno y de actividades agrícolas intensivas, como el cultivo de leguminosas. Las fuentes naturales, como incendios forestales, por ejemplo, fluctúan año a año, pero no explican la tendencia a largo plazo.

El estudio llega en un momento clave, ya que más del 90% del hidrógeno que se produce hoy en el mundo sigue dependiendo de procesos intensivos en carbono, como el reformado de metano con vapor. Incluso en escenarios de hidrógeno “verde”, generado con energías renovables, la facilidad con la que esta molécula se escapa de tuberías, depósitos e instalaciones representa un desafío técnico considerable.

“El hidrógeno es la molécula más pequeña que existe, y eso lo hace especialmente difícil de contener”, advierte Rob Jackson, científico de la Universidad de Stanford y autor principal del trabajo. Para él, la prioridad es doble: reducir las fugas de hidrógeno y, al mismo tiempo, recortar de forma drástica las emisiones de metano.