Abejas, últimas víctimas de los robos

A pesar de la ausencia de datos oficiales, el sector afirma que los hurtos se están multiplicando debido, entre otras cosas, a una mayor mortandad en las colmenas. Los ladrones han comenzado a robar animales sueltos para evitar los GPS que se instalan en las cajas, lo que hace sospechar que es gente del propio sector quien está detrás

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09 de mayo de 2017. 17:29h

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Siempre roban pero este año más. Cada vez hay más demanda de colmena y se encuentran menos abejas», afirma Rafael Blanc, presidente de la Asociación de Veterinarios Especialistas en Sanidad y Producción Apícola (Avespa). Y es que las abejas se han convertido en el nuevo blanco de los ladrones del campo. Ángel Díaz, responsable apícola de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), ha sufrido los robos en primera persona, aunque se considera afortunado porque en su caso resulta anecdótico perder una o dos colmenas. El problema, como él explica, es cuando roban 80 o 100 colmenas de una explotación. Es lo que le ha sucedido a más de un compañero suyo y ahí, los daños económicos son incalculables. El coste de una colmena en el mercado es de entre 100 y 150 euros (sólo los animales son unos 60, mientras que las estructura de madera son unos 40), en función de lo que contiene: si va incluida la reina, si las abejas son jóvenes, si hay cría y cuánta. Este es el coste fácil de cuantificar, aunque «ya no es lo que roban, sino la pérdida de cosecha y de enjambres y su capacidad reproductiva. Eso es incalculable», dice Díaz.

Primer productor

España es el primer país en Europa por número de colmenas, en torno a los 2.500.000 y el más importante en cuanto a producción apícola, con un 17% del censo total comunitario. Según datos del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente (Mapama), «el número de apicultores en España es de más de 24.755, de los que el 19,1% son profesionales. Éstos explotan más del 80% del censo total de colmenas. La producción de miel se sitúa en torno a las 34.000 toneladas. Sin embargo, cuando se trate de robos, no hay números que cuantifiquen las pérdidas en España, aunque, en otros países donde están sufriendo hurtos, se han llegado a cuantificar hasta de 150 millones de euros de pérdidas anuales. «Desgraciadamente los casos que se resuelven son pocos», explican desde la Fundación Amigos de las Abejas. Seprona confirma que no hay estadísticas oficiales sobre número de robos, aunque sólo en Valencia se han llevado a cabo cuatro grandes operaciones en los últimos tres años. Por otro lado, la sensación del sector es que están aumentado y que los ladrones se están profesionalización y cambiando la estrategia.

Por comunidades autónomas, las que más sufren estos hurtos (legalmente, las sustracciones en el campo) son Valencia, Murcia y Andalucía, es decir, las regiones que concentran una mayor actividad y donde además sigue creciendo el número de apicultores, con la incorporación al campo y al primer sector de personas que sufren las consecuencias del paro.

Y es que la apicultura es el sector ganadero que necesita menos inversión. «Los robos se producen simplemente porque aumenta la demanda y el número de personas que llegan al campo. También países como Francia o Inglaterra demandan cada vez más abejas españolas para la polinización», explica Marcos Negrete, presidente de la Asociación Española de Apicultores. La tesis del sector se confirma con los datos del Mapama, que advierten un incremento constante del censo, «en el periodo 2006/20012 ha aumentado en un 12%».

La segunda razón a la que alude el sector es la necesidad de polinizadores en campo abierto, para los almendros y otros cultivos frutales de exterior. «La agricultura es posiblemente una fuente de conflicto», explica Negrete. Y la última, la recuperación de colmenas. «En primavera, a partir de febrero, marzo y abril, es cuando empiezan los robos tanto para polinización como para recuperar colmenas perdidas durante el invierno», afirma Díaz. «Hay subvenciones, como la PAC, que están sujetas al número de colmenas que se poseen. Al acabar el invierno se ve el número de bajas que hay en la colmena y entonces es cuando hay que autorreponer lo que falta para completar los números o comprarlas, legal o ilegalmente. Todos los apicultores reservan un 10-15% de colmenas para autoreposición de las pérdidas, con unas adultas y unas crías. El problema es que está aumentando la cifra de muertes cada año, así que si en vez del 10% encuentras que tienes que reponer el 30% no te queda más remedio que comprar. Los robos son mucha culpa del apicultor que compra robado», afirma Blanc. Según el veterinario es siempre peor económicamente que te pillen con menos colmenas y arriesgarte a que te penalicen en la PAC. «Hay un principio que es la de la condicionalidad. Si en la misma explotación se detecta una irregularidad, se retira un 3% de toda la ayuda. Por ejemplo, si el apicultor, además tiene cultivos y una explotación porcina, perdería un porcentaje para el total de ayuda. Encima si te vuelven a pillar, la penalización llega al 20%, por lo que siempre sale más barato reponer», matiza Blanc.

Profesionales

«En 2014 vimos que había mucho robo de abejas, así que nos reunimos con gente del sector para ver qué pasaba y actuar, evitando ya de paso las picaduras. En estos años ha habido operaciones donde se han recuperado hasta 80 colmenas, lo que supone una pérdida económica de 8.000 euros, y detenido a los ladrones. Algunos robos son por encargo pero la mayoría los realiza gente del sector, sobre todo por las subvenciones. Como se mueven por las polinizaciones, los que roban aprovechan que se desplazan a otra región para llevarse colmenas ajenas», explica el cabo Vicente, del equipo Roca de la Guardia Civil de Requena, Valencia, (los Roca se crearon en 2013 cuando se detectó que los robos en el campo estaban aumentado).

Investigar este tipo de delitos es cada vez más complejo y no sólo porque el campo no tenga puertas, es también porque los ladrones están cambiando de táctica. Si antes cogían las colmenas o los cuadros, es decir, cada uno de los bastidores en los que se dividen las colmenas, ahora son los propios animales las nuevas víctimas de los robos. Los ladrones cepillan los bastidores de forma concienzuda para llevarse su preciado botín sin dejar rastro. Y eso, a pesar de la falta de estadísticas oficiales, hace sospechar al sector que los robos los realiza su propia gente, quienes conocen la abeja y acuden al campo con furgonetas equipadas y con sacos, además de con trajes especiales para protegerse. «El que roba tiene que conocer el campo», afirma Negrete.

Tecnología segura

Cada vez son más los GPS que se instalan en el campo, más concretamente en las colmenas para localizarlas en caso de sustracción. Los aparatos empiezan a emitir en el momento en el que detectan movimiento. El problema es que ahora los ladrones han variado de técnica y roban directamente los animales, haciendo imposible cualquier seguimiento.

Sin embargo, hasta para esto se ha ideado una solución. La empresa española Centinela ha diseñado una alarma capaz de detectar la presencia de algún amigo de lo ajeno que pretende llevarse los animales de algún propietario. Una alarma que les ha valido el premio de la Asociación de Apicultores y que «se coloca en la colmena para detectar cualquier movimiento, simplemente con que se levante la tapa se activa la alerta para que el propietario sepa que le están robando y se evite la sustracción. Hay que tener en cuenta que robar una colmena puede suponer entre media hora y una hora de trabajo. Si encima lo que se pretende es sacudir los cuadros, la operación puede llevar horas. El GPS no evita el robo y las cámaras sólo sirven para ver lo que ha pasado y ni siquiera permiten hacer seguimiento de los panales. En los últimos años se está disparando la demanda y el robo de colmenas. A pesar de que las cajas van con las matrículas de los dueños, los ladrones van con sus cajas nuevas matriculadas y roban a bien los bastidores o cuadros interiores o directamente la abeja», explica Diego Nieto, fundador de la empresa.

Toda esta situación no mejora debido a que la mortandad de las abejas es cada vez mayor. El 10% de las abejas silvestres europeas ya está en peligro de extinción y un 40% de ellas sufren mortandad a nivel mundial. Una situación que no es sólo crítica para los apicultores, porque no hay que olvidar que son responsables de polinizar el 75% de los cultivos destinados a alimentación. La principal causa del fin de las abejas es el ácaro Varroa, un parásito diminuto que se alimenta de la hemolinfa de la abeja y llega a exterminar las colonias en menos de tres años. Un destructor que está extendido en todo el territorio español. A él se suma otra enfermedad, la nosemosis. Otro parásito que está extendido en el 80% de las colmenas. Y es que la trashumancia, la necesidad de las colmeneros de ir buscando flores que se puedan polonizar, ayudan a estas patologías a extenderse. Siguiendo el orden de importancia aparecen otros factores que agravan la delicada situación de las abejas: entre ellos los fitosanitarios, el cambio climático, las sequías, el abejaruco y la fatídica avispa asiática, que ya está extendida en prácticamente toda la cornisa cantábrica, Portugal y Cataluña.

Un año decisivo

«Cada año hay más problemas para sacar adelante las colmenas y más pruebas científicas de que los neonicotinoides afectan a la mortalidad de las abejas. No las mata pero las desorienta, y una abeja que no encuentra su colmena es un animal muerto», afirma Díaz. Y es que estos insecticidas actúan contra el sistema nervioso de los insectos considerados plagas para acabar con ellos, aunque afectan también a las abejas. Este año Europa tiene que decidir si prohibirá totalmente o no el uso de estas sustancias. «En 2013 una serie de descubrimientos científicos llevaron a que se pusiera en marcha en Europa una prohibición parcial de cuatro de los peores insecticidas que dañan a las abejas (tres neonicotinoides: clotianidina, imidacloprid, tiametoxam y el fipronil de otra familia). Esta prohibición se aplica sólo a los cultivos que atraen a las abejas melíferas y para determinados períodos de la vida de estos cultivos», explica Greenpeace en su web.

ETIQUETAS CONFUSAS

La normativa europea permite no especificar de dónde procede la miel que se compra. Por eso, el sector afirma que prácticamente el 100% del producto que se vende en las grandes superficies contiene un alto porcentaje de miel de origen chino. Además, está luchando para se especifique en el origen del producto el porcentaje de miel que viene de cada país. A pesar de ser los primeros productores de miel de Europa, gran parte de nuestro producto termina en Francia o Alemania, mientras en España se suple la necesidad de miel con productos de fuera de la UE. Según datos de Avespa, «el total de miel importada en los tres últimos meses ha sido mayor que el del trimestre anterior. China sigue siendo nuestro mayor proveedor de miel, pero ahora parece ser que una gran parte de ella entra por nuevas rutas: Ucrania, Argentina o China directamente. Para el mismo periodo el total de miel exportada ha sido de 6.868.862 kg, casi lo mismo que en el trimestre anterior. El principal país destino sigue siendo Francia».

Una de las primeras medidas, si lo que quiere es asegurarse de que compra miel española y la etiqueta es poco clara, es el precio. Una buena miel puede rondar los ocho euros el kg.

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