domingo, 19 abril 2015
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Selección natural por Ángela Vallvey

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Charles Darwin fue un auténtico «whig», un liberal inglés de los pies a la cabeza que, como tal, tenía sólidos principios. Eso significaba, en la primera mitad del siglo XIX, odiar la esclavitud y a los «tories», y seguir los dictados de Adam Smith; además de luchar por la tolerancia, la prosperidad, la emancipación y la felicidad que –suponía la nobleza progresista–, crecían bajo la bandera inglesa allá donde ésta desplegara su manto protector tejido de civilización y legislaciones reformistas. Darwin fracasó en su intento de ser médico y clérigo, y se embarcó en una expedición a Suramérica. Lo demás es historia, claro. El «H. M. S. Beagle», el barco que llevó al joven Charles a la Patagonia, las islas Falkland, las Galápagos, la Tierra del Fuego... aquel legendario navío que transportó al aprendiz de teólogo a exóticos parajes repletos de huesos de animales prehistóricos, de mylodontes y toxodontes, de caracoles, ratas y pinzones, cambió también el lugar que el ser humano ocupaba regiamente hasta entonces en el centro del universo. En octubre de 1836, el «Beagle» retornó a Inglaterra y durante los siguientes veinte años, Darwin le fue dando vueltas a ideas tan peculiares como «la lucha por la vida», o «la selección natural». En 1859, apareció «El origen de las especies», que se agotó en el mismo día y supuso tanto una herejía como una revolución copernicana para la época: ¡se rechazaba la bonita historia de la creación, emparentándonos nada menos que con los monos…!

Hoy día, ni siquiera habríamos necesitado a Darwin. Viendo dónde estamos, y la cantidad de burradas que perpetra el ser humano, a nadie le quedan dudas, no sólo de que procedemos del mono, sino de que volvemos a él.

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