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Elogio de la rutina

Tiempo de lectura 2 min.

30 de agosto de 2017. 20:21h

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Hoy se termina agosto pero tampoco mañana se solazará el lector con las consideraciones sobre el golpe de Estado a cámara lenta en Cataluña (Alfonso Guerra) o el golpe de mano, nótese la sutil diferencia, de Ángeles Muñoz en Marbella, donde ha recuperado la alcaldía que le arrebató la aritmética con la cooperación necesaria de una de esas voraces agrupaciones de electores ante las que conviene tentarse la ropa. Opción Sampedreña, ejem, cuidado con las carteras. Juan Marín sabe mucho de eso, pues el músculo financiero de su partidito sanluqueño lo aupó en su momento al liderazgo regional de Ciudadanos en detrimento de Luis Salvador. El caso es que la suspensión de la realidad a la que obliga el verano proscribe los artículos políticos hasta el 4 de septiembre, cuando queden solemnemente inaugurados el curso y su consiguiente, bendita, rutina. Todavía hay un fin de semana por delante para dejar entreabiertas las neveras del piso en la playa, desenchufadas previo consumo de los víveres que se acopiaron hace varias semanas. No apetecen aquellos polos de limón echados al carro en un momento de enajenación mental transitoria pero tampoco vamos a tirarlos, ¿o sí? Y aunque nadie lo reconozca, casi todo el mundo echa de menos los hábitos otoñales, esos placeres pequeños, casi imperceptibles, como desayunar solo en una esquina del bar o volver a casa en la madrugada del lunes por las calles desiertas. Las vacaciones sirven para descansar y para estar con la familia, sí, pero ni este trabajo agota ni la parentela resulta tan interesante en el trato prolongado. También la holganza es recomendable en su justa dosis.

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