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La casa

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07 de septiembre de 2017. 22:11h

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He dudado, pero, al fin, he decidido dejar hoy de lado a Cataluña. La saturación y la estupidez humana producen hastío. Me vuelvo a lo doméstico. Vengo de Sarnago. He vuelto al pueblo. Sarnago se ha convertido en ejemplo de los pueblos que se resisten a morir. Sus hacenderas, esa labor «autogestionaria» que viene de antiguo, están despertando la curiosidad de los medios de comunicación españoles y de medio mundo. Confieso que nunca había sentido por dentro un cruce de emociones tan enfrentadas como esta vez. Era la fiesta. Las calles y la plaza estaban llenas de gente y eso choca en un pueblo oficialmente deshabitado. Sonaba la música. Subían las móndidas y el mozo del ramo, calle arriba, en procesión hasta el pórtico de la iglesia derruida, donde «Toño», el cura, decía la misa de San Bartolomé. En las esquinas de la plaza remozada había mesitas hospitalarias con rosquillos y moscatel para los visitantes. Llovía ligeramente. Ocurría justo el día en que la gente del pueblo, por iniciativa del presidente de la Asociación, me homenajeaba colocando una placa con mi nombre y la reseña de mis libros en la vieja casa donde nací. Lo agradecí de veras, pero no pude evitar pensar que este tipo de homenajes se hace siempre al final del trayecto.

Mis viejos compañeros de la infancia se me acercaban para felicitarme en voz baja y, a la vez, darme el pésame por la reciente muerte de mi hermano. Todo se juntaba dentro mientras fuera la gente estaba alegre, abundaban los forasteros –«soy el hijo del Mario de San Pedro», «mira, el Dioni de Fuentes»...–, seguían sonando el tambor y las dulzainas y arreciaba la lluvia. En momentos así la ausencia del hermano y las demás ausencias pesan abrumadoramente. Uno nota que se van perdiendo las referencias. Ni siquiera tuve el valor de llevar la llave en el bolsillo y entrar en la casa atravesando la maleza que se ha ido apoderando de la entrada, con el portalón caído. Y, sin embargo, de entre esas referencias imperecederas, casi sólo queda ya la casa. A ver cuánto resiste en pie. Soy el último nacido en ella. Cuando me acerqué, acompañado del alcalde de San Pedro Manrique, Ayuntamiento al que pertenece ahora el caserío, a descubrir la placa en la fachada de mampostería, me temblaban las manos.

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