Columnistas

La importancia de ser famoso

Entre la miríada de sondeos de cada fin de semana, que yerran más de lo habitual porque hemos tomado la fea costumbre de mentirle al médico y al encuestador, se extrae inmediatamente la (obvia) conclusión de la volatilidad pero también otra certeza: resulta cada vez más claro que no se vota a unas siglas, sino a un líder; y aquí interviene la vieja preeminencia entre la capacidad y la fama. Es decir, que se vota a un líder y que tiene que ser conocido. Se explica así que NC Report, empresa demoscópica de cabecera de esta santa casa, vaticine un lunes el mantenimiento del statu quo en unas hipotéticas elecciones autonómicas y anuncie al siguiente un despegue fulgurante del PP en unas presuntas legislativas, que resultaría imposible sin el concurso de un resultado magnífico para los populares en Andalucía. El votante, es decir, opta por Susana Díaz y por Mariano Rajoy atendiendo a ese pensamiento tan rural, diríamos que casi rupestre, del «más vale malo conocido». He ahí el techo de cristal que debe hacer añicos Moreno Bonilla quien, después de muchos análisis, habrá alcanzado a discernir el motivo por el que se dejó en 2015 casi una veintena de escaños: no lo conocía ni Dios. En su proclamación malagueña, tres años después del dedazo de Soraya y cansado de pedir eso de «llamarmeJuarma», solicitó el concurso del Presidente del Gobierno igual que los nobles en apuros del teatro del Siglo de Oro anhelaban la aparición providencial del Rey en el último acto. Fue la inevitable foto a la vera del famoso tan propia en estos tiempos de frivolidad y selfie, aunque lo que verdaderamente facilitaría un relevo en San Telmo sería un cambio de candidato en el PSOE-A. Mucha gente se juega mucho en las primarias de los socialistas y algunos ni siquiera lo saben.

SIGUENOS EN LA RAZÓN