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La inmediatez del vídeo

Tiempo de lectura 2 min.

30 de junio de 2017. 05:52h

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La ambiciosa exposición que el Guggenheim de Bilbao dedica al videoartista Bill Viola se puede considerar como el gran evento de 2017, en España, dentro del arte contemporáneo. El protagonismo adquirido por Viola en el contexto del videoarte durante los últimos cuarenta años es doble: de un lado, ha sido, junto con Nam June Paik, el encargado máximo de introducir un soporte complicado y marginal como el vídeo en las grandes instituciones artísticas, además de contribuir como nadie a la consolidación de un mercado para él, alcanzando sus obras precios inimaginables en los años 70 y 80; de otro, ha sabido codificar un estilo de enorme profundidad conceptual y espiritual, pero con una factura estética fuertemente hipnótica, capaz de capturar la atención del espectador menos experto. No en vano, si alguna cualidad tienen las obras de Bill Viola es que se trata del único video-creador capaz de ser tildado de «artista de masas». Frente al tenor habitual de las piezas realizadas en este soporte, cuyo visionado suele resultar bastante áspero, las producciones del artista Viola han logrado un equilibrio perfecto entre la contundencia discursiva y la espectacularidad abracadabrante.

A través de una trasposición de conceptos de la filosofía zen, el cristianismo y el sufismo a cuestiones contemporáneas, y del elevado pictoricismo de unas imágenes que, en ocasiones, se convierten en auténticos «tableaux vivants», sus vídeos rompen la relación estática y unidireccional entre espectador y obra generando así una experiencia multisensorial. El ritmo lento con el que acontecen sus realidades se conjuga con el hiperrealismo de unas atmósferas poéticas que envuelven completamente al espectador. Éste ya no se limita a contemplar la pantalla, a escrutar visualmente las imágenes: su piel llega a ser literalmente «acariciada» por ellas; cada uno de los sonidos llega a interiorizarse corporalmente; se generan efectos texturales, olfativos.

La maestría con la que Viola genera enormes estructuras sensoriales para transmitir intrincados conceptos solo es comparable con el caso del indio Anish Kapoor y sus sobrecogedoras «máquinas de seducción».

Pocos autores se muestran tan capaces de conseguir un efecto similar de inmediatez del trabajo artístico. Tanto que, en ciertos casos, se podría pensar en sus vídeos como si se trataran de auténticas «performances» que suceden físicamente en tiempo real delante del espectador. Sin lugar a dudas, la obra de Viola constituye una de las cimas sensoriales del arte contemporáneo y una de las grandes experiencias de las que cualquier aficionado no puede prescindir.

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