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Little Boy

Tiempo de lectura 2 min.

30 de julio de 2017. 22:41h

Comentada
Antonio Pelayo 30/7/2017

Trágica y tristísima la noticia de la muerte de Charlie Gard, el bebé británico cuya historia ha dado la vuelta al mundo, que hubiera cumplido un año el próximo 4 de agosto.

Numéricamente su muerte es insignificante si tenemos en cuenta que cada día en países como Sudán del Sur o Yemen mueren centenares de niños víctimas del hambre, enfermedades (curables) o asesinatos para vender sus órganos.

Pero Charlie ha sido víctima de una «enfermedad» más destructora que el mal congénito con el que fue engendrado; le han matado una burocracia asesina y un error monumental: permitir que la justicia pueda suplir a los padres a la hora de decidir el fin de una vida humana. Que esto haya sucedido en un país de tradiciones tan democráticas como la Gran Bretaña es una advertencia muy alarmante sobre el declive inhumano de nuestras sociedades.

Durante meses los padres de Charlie han luchado contra los jueces que han decretado la muerte del bebé. Han buscado, y encontrado, apoyo en autoridades médicas, asociaciones pro-vida, hospitales de Estados Unidos e Italia como el «Bambino Gesú», propiedad de la Santa Sede, que se han ofrecido en vano a experimentar nuevas técnicas reparadoras y auxilios paliativos. Todo en vano. El juez Nicholas Francis dio su ultimátum que ha sido respetado el viernes pasado con una puntualidad escalofriante.

El único dato positivo de esta macabra historia ha sido el eco mundial después del apoyo manifestado a sus padres por el Papa Francisco e incluso por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Todo en vano. Ahora sólo queda, como ha dicho el Santo Padre, poner al pequeño Charlie en las manos de Dios autor de su vida y de la de todos nosotros.

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