Alfonso Ussía

Piojo

La Razón
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En ocasiones es conveniente escribir también de los piojos, esos insectos diminutos y dañinos. Proliferan en los colegios y en algún ayuntamiento. Existe en el mercado un champú muy eficaz para eliminarlos de las cabezas martirizadas de los niños, pero resulta inválido en los ayuntamientos. El piojo, como todo el mundo sabe, es un insecto hemíptero, anopluro, de dos o tres milímetros de largo, de color pardo amarillento, cuerpo ovalado y chato, carente de alas, con las patas terminadas en uñas y antenas muy cortas, filiformes y con cinco articulaciones, y boca con tubo a manera de trompa que le sirve para chupar.

También es conocido por su aparente insignificancia como «piojillo». Reparen en la cantidad de cosas que caben en dos milímetros.

Patas, uñas, antenas, cinco articulaciones y bocas con tubo a manera de trompa.

El piojo, no obstante, carece de inteligencia y de buena educación. Y es feo. Una cucaracha comparada con un piojo recuerda a Ingrid Bergman. La cucaracha, por otra parte, tiene un sentido muy desarrollado del valor de la familia, en tanto que el piojo es poco dado al trato con sus semejantes. En una cabellera pueden reunirse centenares de piojos, pero entre ellos jamás hay charlita. Cada uno va a lo suyo, y no conceden importancia al trato social. Así, al menos, lo considera Gluckmann, el gran científico naturalista alemán. Su colega ruso Makenkov coincide con su tesis, no así el experto en piojos catalán, y también político, Josep Garganté.

Josep Garganté es el portavoz municipal en el ayuntamiento de Barcelona de la CUP. Lleva más de un decenio quitando piojos a las gentes de su entorno, y es el autor de un notable descubrimiento. El piojo independentista catalán, que sólo se puede hallar en Barcelona. Se trata de un piojo soberanista que en nada se asemeja al piojo español y europeo. Es un piojo que responde al hecho diferencial. El profesor Garganté es calvo, y por ende, su occipucio añorante de frondosidad pilosa no ofrece una cálida hospitalidad a los hemípteros, si bien compensa la bola de billar occipital con una poblada barba que sí está dotada para albergar con plena comodidad y servicios de hotel de cinco estrellas al piojo independentista más exigente. El problema del piojo independentista catalán no es otro que su inclinación al contagio. Es un piojo que chupa por su boca de trompa con tan insistente succión que al cabo del tiempo, si no hay duchita de por medio, convierte al chupado en un piojo más. Y algo así, más o menos parecido, es lo que le ha ocurrido el profesor Garganté, portavoz de la CUP en el Ayuntamiento de Barcelona.

Porque sólo un piojo grosero es capaz de insultar y amenazar de muerte a quien es su Rey y Conde de Barcelona con tan abundante suciedad. Ante una visita del Rey a Barcelona, que no es visita que precise ser autorizada por nadie porque Barcelona es una ciudad de España, Garganté, gran aficionado a la música clásica, ha recordado la estrofilla de una supuesta canción que entona un grupo piojoso, para advertir al Rey del riesgo que asume si visita esa ciudad española de la que Garganté es concejal. «Si el Rey quiere corona,/ corona le daremos,/ que venga a Barcelona/ y el cuello le cortaremos». No hay que conceder excesiva importancia a lo que diga un piojo, pero sí a la reacción de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que sonrió al oír la amenaza piojera y no le exigió retirar lo dicho. Si un concejal de Perpignan se atreve a decir en un pleno municipal que si al Presidente de la República Francesa se le ocurre visitar Perpignan le van a cortar el cuello, se le caería el pelo por amenazas y desacato. Al profesor Garganté de la CUP no se le puede caer el pelo porque no lo tiene, pero tengo entendido que amenazar de muerte al Rey de España en España es un delito, sea el sujeto amenazante persona o piojo.