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Reforma irreversible

Tiempo de lectura 2 min.

27 de agosto de 2017. 22:52h

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Antonio Pelayo 27/8/2017

La «Sacrosanctum Concilium» fue el primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II y es una de sus cuatro grandes Constituciones. El 4 de diciembre de 1963, en la solemne clausura de la segunda sesión, 2.158 padres conciliares dieron su voto positivo al texto y sólo cuatro votaron en contra. Como dijo san Juan Pablo II, «refleja la voz unánime del Colegio episcopal reunido en torno al Sucesor de Pedro y con la asistencia del Espíritu de Verdad».

Sin embargo la reforma litúrgica ha provocado no pocos quebraderos de cabeza al papa Montini, a Karol Wojtyla, a Benedicto XVI y a su sucesor Francisco. Muchos de esos problemas se produjeron por interpretaciones abusivas del texto conciliar que provocaron excesos extravagantes en la vida litúrgica del mundo católico. Ese fue, por ejemplo, uno de los pretextos invocados por el arzobispo ultraconservador Marcel Lefebvre para rechazar las enseñanzas conciliares provocando un cisma todavía hoy no resuelto.

Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI, en su día, tomaron las medidas necesarias para respetar la sensibilidad de quienes seguían vinculados de algún modo al antiguo rito autorizando su uso en determinadas circunstancias. No ha sido suficiente para frenar los impulsos de quienes han pretendido una «reforma de la reforma»; dicho en términos más claros: una vuelta atrás que supondría una desautorización del magisterio conciliar y pontificio.

Bergoglio ha querido poner fin a esta confusión. En un discurso pronunciado el pasado jueves ante los participantes de la Semana Litúrgica italiana, el Papa pronunció estas definitivas palabras: «Después de este magisterio, después de este largo camino, podemos afirmar con seguridad y con autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible» . Es importante notar que el Santo Padre ha puesto en juego su «autoridad magisterial» en esta materia, lo cual significa que no se trata de una opinión sino de un ejercicio de su ministerio como pastor de la Iglesia Universal.

Están pues avisados los que pretendan – incluido algún cardenal- seguir jugando con los equívocos. Del Concilio y de su reforma de la liturgia no se da marcha atrás.

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