Historia

Alfonso Ussía

Sin odio

La Razón
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Fui amigo y discípulo del Padre jesuita Ramón Ceñal. Le unían a mi familia política fuertes lazos de amistad. Me casó con Pilar Hornedo, y bautizó a mis hijos. Era tan frágil que parecía hecho de aire, y tan fuerte que soportaba su compromiso con el esfuerzo sin emitir ni una queja. Místico, teólogo filósofo... Tradujo a Kant, y fue, junto al Padre Alfonso Querejazu, el alma de «Las Conversaciones de Gredos», con José Antonio Muñoz Rojas, Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, Julián Marías, José y Juan Lladó Fernández Urrutia, y demás espíritus libres obsesionados por descubrir los primeros pliegues del Misterio. Autor de muchos ensayos, predicador de hondura más que de palabra fácil, la humildad personificada. De su personalidad, dibuja con palabras y sentimientos un prodigioso texto José Antonio Muñoz Rojas en su libro «Amigos y Maestros».

El Padre Ramón Ceñal tenía otro hermano jesuita, Rafael. Y tuvo cinco hermanos más. Una familia enraizada en la Fe, en la Armada y en la Aviación. El Padre Ceñal jamás dejó escapar de su boca y de su alma ni un resquicio de venganza o de odio. Todo lo contrario. Perdonó a quienes más daño le hicieron con la humildad del silencio. Llevaba detrás, como un peso invisible, un saco de dolores y lágrimas que muy pocos hubieran sobrellevado. Cuando murió, se apagó la abigarrada biblioteca de su celda ignaciana y lo enterraron con su bien más preciado. Un par de zapatos negros que le había comprado Pilar Muguiro días antes para que no fuera dejando las suelas de sus viejos zapatos por la acera de la calle de Maldonado.

Cuando falleció, fue depositado en el suelo con sus nuevos zapatones. Allí era más él que cuando vivía. La síntesis de la paz y de la humildad. Y escribí de él, en varias ocasiones, de su bondad, de su simpatía, de su capacidad de perdonar, de su obsesión por el Misterio. Un día , recibí una carta de su sobrino, el teniente general Emilio García-Conde Ceñal, ilustre aviador y antiguo profesor del Rey en su época de estudios. Transcribo la carta sin ningun objetivo personal. Me ciño a la Memoria Histórica: «Mi querido amigo: Como Jefe de la familia García-Conde Ceñal, me siento obligado a dirigirte estas letras de emocionada gratitud por el sentido homenaje que ayer dedicaste a mi tío el Padre Ramón Ceñal de la Compañía de Jesús. En pocas palabras haces un retrato físico y moral de Ramón tan perfecto, que durante su lectura no pude reprimir una lágrima emocionada. Y aunque doy por seguro que lo que, a continuación te voy a relatar, ya será conocido para ti, dada la tendencia de Ramón a guardar en el fondo de su corazón sus sufrimientos personales para no inspirar sentimientos de admiración hacia él, que podían ofender su incomensurable modestia, no me resisto a contártelo por si él te lo ha silenciado.

En 1936 la familia Ceñal Lorente se componía de Ramón y Rafael, ambos jesuitas, y de sus hermanos Timoteo, Justo, Carlos, Luis, José María y Carmen. Los cuatro últimos, solteros, vivían con su madre viuda. La «escuadrilla del amanecer» visitó su casa las noches del 20 de julio, 25 de agosto, 3 de octubre, y 23 de noviembre de 1936, y arrancó de los brazos de su madre, uno a uno, cada una de esas noches, a cuatro hijos varones de los cuales el último, aún no había cumplido 15 años. Por supuesto, los cuatro fueron vilmente asesinados porque los cuatro afirmaron ante sus verdugos su Fe en Dios. Timoteo se salvo, ya estaba casado, y Carmencita se quedó sola. Excuso decir que la madre se volvió loca y falleció pocas semanas después.

Esta es la espeluznante historia de la familia del Padre Ceñal, que muy pocos conocen. Jamás le oí pronunciar ni una sola palabra de odio o de ira... Porque era y es un verdadero Santo. Muchas gracias, Alfonso, y que Dios te bendiga e ilumine en tu infatigable trabajo. Emilio García-Conde Ceñal. 10 de mayo de 2002».

Por si a cualquier manipulador de la Memoria Histórica le interesa.